La ONU cumple 81 años: entre la esperanza de 1945 y las incertidumbres de nuestro tiempo

24 octobre 2026 - 11:38
La firma de la Carta de las Naciones Unidas en San Francisco, en junio de 1945, sentó las bases de un nuevo orden internacional fundado en la cooperación y el mantenimiento de la paz.

La firma de la Carta de las Naciones Unidas en San Francisco, en junio de 1945, sentó las bases de un nuevo orden internacional fundado en la cooperación y el mantenimiento de la paz.

Hay aniversarios que invitan a celebrar y otros que obligan, sobre todo, a reflexionar. El de Naciones Unidas reúne ambas cosas: el reconocimiento de una esperanza histórica y la inquietud por un mundo que parece alejarse cada vez más de ella.

Hoy, 24 de octubre, la ONU cumple 81 años. Nació en 1945, cuando la humanidad intentaba levantarse de los escombros de la Segunda Guerra Mundial. Millones de muertos, ciudades arrasadas y el horror del exterminio habían demostrado hasta dónde podía llegar la barbarie cuando el poder se imponía al derecho.

Sus fundadores comprendieron entonces que la paz no podía depender exclusivamente del equilibrio entre las grandes potencias. Era necesario construir un espacio común donde los Estados pudieran dialogar, resolver sus diferencias y asumir compromisos que trascendieran sus intereses particulares.

Aquella aspiración sigue siendo, ocho décadas después, una de las mayores conquistas políticas y morales de nuestro tiempo.

Sería injusto olvidar lo que Naciones Unidas ha representado para millones de personas. Sus organismos han contribuido a combatir enfermedades, alimentar poblaciones amenazadas por el hambre, proteger a refugiados, impulsar la educación y defender derechos que hoy consideramos fundamentales.

Detrás de las siglas de la ONU hay médicos que atienden a niños desnutridos, trabajadores humanitarios que atraviesan territorios devastados y profesionales que ayudan a reconstruir comunidades donde la guerra parecía haber destruido cualquier posibilidad de futuro.

Esa es también la historia de Naciones Unidas. Una historia que raramente ocupa las portadas, pero que merece ser recordada.

Sin embargo, celebrar no significa cerrar los ojos.

Las guerras de Ucrania y Gaza, la tragedia humanitaria de Sudán y otros conflictos muestran hasta qué punto el sistema internacional sigue siendo incapaz de garantizar una protección efectiva y equitativa a todas las poblaciones.

El problema resulta especialmente doloroso cuando las normas que deberían defender la dignidad humana parecen aplicarse con distinta firmeza según los intereses políticos de las grandes potencias.

¿Cómo convencer a una familia desplazada de que existe un orden internacional justo cuando las resoluciones se multiplican y su sufrimiento continúa?

Ahí reside una de las grandes contradicciones de Naciones Unidas. Su Carta proclama la igualdad soberana de los Estados, pero el Consejo de Seguridad conserva una estructura en la que cinco potencias disponen de un derecho de veto capaz de bloquear decisiones fundamentales.

La organización tampoco puede escapar a la responsabilidad de sus miembros. Con demasiada frecuencia, los mismos gobiernos que denuncian su impotencia contribuyen a paralizarla cuando sus intereses estratégicos están en juego.

Este aniversario coincide, además, con la preparación del relevo de António Guterres, cuyo mandato termina en diciembre. Entre las candidaturas a la Secretaría General figuran la costarricense Rebeca Grynspan, secretaria general de ONU Comercio y Desarrollo, y la diplomática emiratí Lana Zaki Nusseibeh, antigua representante permanente de Emiratos Árabes Unidos ante Naciones Unidas. Ambas encarnan la posibilidad histórica de que una mujer dirija por primera vez la organización. Sin embargo, más allá del valor simbólico de ese cambio, la verdadera renovación dependerá de la voluntad de los Estados para reformar una institución concebida hace más de ocho décadas.

Porque el mundo de 2026 ya no es el de 1945. África, América Latina y otras regiones reclaman una representación más acorde con su peso demográfico, político y económico. Y los desafíos actuales, desde el cambio climático hasta las desigualdades y las nuevas tecnologías, exigen respuestas que ningún país puede ofrecer en solitario.

La ONU necesita reformas, sin duda. Pero también necesita que recuperemos el sentido de la responsabilidad compartida.

En tiempos de nacionalismos excluyentes, rivalidades geopolíticas y creciente desconfianza, conviene recordar que la cooperación internacional no es una concesión idealista. Es una necesidad.

A sus 81 años, Naciones Unidas sigue encarnando una idea tan sencilla como exigente: ningún pueblo puede construir una paz duradera ignorando el sufrimiento de los demás.

Celebrar su aniversario no debería consistir únicamente en recordar lo que prometimos en 1945.

Debería servir para preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer, hoy, para que aquella promesa siga teniendo sentido mañana.

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