La huida de inmigrantes latinoamericanos del condado de Miami-Dade —en condición irregular, con Estatus de Protección Temporal (TPS) o de solicitantes de asilo—, ya sea hacia otros estados o que optaron por autodeportarse antes de ser deportados o relocalizados en terceros países, gracias a acuerdos negociados por la administración estadounidense para enviar tanto a criminales como a solicitantes de asilo (personas protegidas), mientras que el gobierno da trámite y respuesta a sus solicitudes, ya están impactando el condado. Las consecuencias se sienten en la economía local: el sector inmobiliario —por las casas que han ido quedado vacías y que ni se alquilan ni se venden, y porque consecuentemente la demanda ha bajado—, pero también el sector servicios, cafeterías, restaurantes y hoteles que han perdido parte de su equipo de trabajadores o incluso clientes habituales.
“Ya hay legislación introducida para traer inmigrantes blancos de Sudáfrica y de Europa que se sienten ‘perseguidos’ por las ‘hordas de gente marrón’, entonces, sí: todo esto, está pasando aquí. Y está pasando lo que yo he denominado “el colapso de la empatía”: es decir, los viejos inmigrantes que ya tienen su situación migratoria resuelta —venezolanos, cubanos, colombianos, etc.—, apoyan al presidente Trump y apoyan su política migratoria, incluso si afecta a sus propios parientes”, explica Eduardo Gamarra, profesor titular de ciencias políticas de la Universidad Internacional de Florida (FIU), en entrevista con Clara Riveros.
Clara Riveros: En los últimos meses, la situación de Doral resuena ampliamente en la prensa estadounidense. Esta ciudad ubicada en el condado de Miami-Dade en Florida, conocida coloquialmente como “Doralzuela”, porque ha sido el destino predilecto del exilio venezolano, hoy se erige como una gran paradoja: tras apoyar mayoritariamente la elección de Donald Trump en las elecciones de 2024, la ciudad con algo más de 76.000 habitantes ha ido vaciándose a causa de la política migratoria del presidente Trump. Pero no es solo Doral. Esta postal, absurda y contradictoria, ya se replica o reproduce en otras ciudades del condado de Miami-Dade, como Miami o Miami Beach, y no solo con los venezolanos, con cubanos, colombianos y otros latinoamericanos que también votaron a Trump y hoy están, en cierto modo, arrepentidos y algunos a punto de ver rotas sus familias. ¿Cómo ha impactado a Miami la política migratoria estadounidense, tras el arribo de Donald Trump a la Casa Blanca?
Eduardo Gamarra: Cuando veo en las noticias lo que está sucediendo en Chicago o en Los Ángeles, me refiero a la forma de operar del ICE y a cómo sus agentes han efectuado las redadas, en Miami curiosamente esos operativos no se han visto o no se han informado. Pero el impacto de la política migratoria se siente en Florida y especialmente en Miami-Dade a diferentes niveles. Ahora cuando uno va a un Home Depot o se visitan lugares donde había gran presencia de trabajadores latinoamericanos, muchos de origen mexicano y centroamericano, que realizaban trabajos de ornamentación, jardinería y ofrecían mano de obra para diferentes arreglos en casas e inmuebles, ya no es posible encontrarlos. Obviamente, todo esto tiene un impacto. Pero será con la suspensión del parole humanitario cuando empezará a sentirse mucho más.
A partir del 8 de noviembre, cuando expira el Estatus de Protección Temporal (TPS), mucha gente que no ha logrado resolver su situación, por ejemplo, mediante una solicitud de asilo, quedará sin estatus y sin permisos de trabajo que también expiran y que no van a ser renovados. Hay propietarios de restaurantes, inmuebles, negocios afectados —porque no hay que olvidar que también hay venezolanos que han hecho muchas inversiones, que han invertido en Doral y que al perder su estatus quedarán en un limbo legal, por más propietarios que sean—. Hay familias íntegras que se verán afectadas por todo esto. Después de la explosión económica, gracias a los venezolanos, ahora se vive la crisis. A muchos restaurantes y negocios ya les es difícil conseguir gente con TPS y permisos de trabajo. Todo esto lo vamos a empezar a sentir con más fuerza en los próximos meses.
Y, por otra parte, la política migratoria también está afectando a la comunidad cubana, a pesar de haber sido la más protegida en la historia de la inmigración de los Estados Unidos, también muchos cubanos quedarán en un limbo porque llegaron aquí en años recientes con el parole humanitario.
Hay mucha gente que está siendo deportada y lo veo por la cantidad de abogados que me contactan para hablar sobre la situación de los países de origen de los beneficiarios del TPS y tratar de prevenir que los deporten. La administración estadounidense ha llegado a decir que la situación de esos países (Cuba, Venezuela, Nicaragua) ha mejorado y, por tanto, es viable deportarlos. Afirmaciones que son paradójicas y mentirosas porque la situación no ha cambiado, sino que ha empeorado. Estamos a punto de bombardear Venezuela, pero decimos que la situación allá ha mejorado.
C.R.: Nunca he enfocado mi mirada, como politóloga y analista de política internacional, desde una perspectiva de lucha de clases, estimo que reduce el margen de análisis, pero, a veces, viendo la política migratoria estadounidense tengo la impresión de que el gobierno de Estados Unidos tiene un desprecio manifiesto hacia los inmigrantes y hacia los inmigrantes pobres en particular. Ya no se trata solo de expulsar a los indocumentados y a los criminales. Quienes tienen una medida de protección o están con un trámite de solicitud de asilo hoy están expuestos a ser relocalizados en terceros países mientras el gobierno estadounidense decide su situación y su suerte. En contraste véanse la ‘Golden Visa’ o “Gold Card” y las nuevas medidas para solicitar una visa H-1B. Quien puede pagar una suma cuantiosa tiene su vida resuelta en Estados Unidos (¿Y no se colarán en estas opciones criminales millonarios?). Pareciera, entonces, que hay una clara estigmatización y criminalización de la inmigración y un gran afán por deshacerse de los inmigrantes pobres que, no hay que olvidarlo, también son consumidores y contribuyentes…
E.G.: Creo que hay un abierto rechazo al tipo de inmigrante. Se clasifica. Acá queremos solo inmigrantes que sean personas ‘decentes’ y, lo digo irónicamente, eso significa gente de ciertas características. Ya hay legislación introducida para traer inmigrantes blancos de Sudáfrica y de Europa que se sienten ‘perseguidos’ por las ‘hordas de gente marrón’, entonces, sí: todo esto, está pasando aquí. Y está pasando lo que yo he denominado “el colapso de la empatía”: es decir, los viejos inmigrantes que ya tienen su situación migratoria resuelta —venezolanos, cubanos, colombianos, etc.—, apoyan al presidente Trump y apoyan su política migratoria, incluso si afecta a sus propios parientes.
C.R.: ¿Y a qué se debe ese “colapso de la empatía” y por qué muchos olvidan el camino espinoso que también debieron transitar hasta resolver su situación migratoria?
E.G.: Ahí está presente el resentimiento. Muchos dicen: ‘yo vine acá y trabajé muchísimos años y tuve que pasar por tales y tales cosas antes de poder obtener mi ciudadanía y estos, recién llegados, cruzaron la frontera y al día siguiente ya les dieron todos los beneficios. Hay mucho de ese resentimiento.
Hicimos un estudio a este respecto, a una parte de la comunidad venezolana, y era una manifestación muy clara, pero también lo estamos viendo entre cubanos y lo estamos viendo entre colombianos. Y la retórica del presidente Trump y su asociación de la inmigración con la criminalidad encajan muy bien con esa forma de pensar. Pero esto, por otra parte, no es algo nuevo. En su día, también lo vivió la inmigración italiana, entre otras.