A Richard Vargas, consultor político internacional oriundo de Venezuela, lo conocí hace casi 11 años en África. Coincidimos en un seminario celebrado en Marruecos. Estábamos allí para hablar de los populismos del ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) y para conocer como el castrismo, el chavismo, el correísmo y el evismo habían estirado su larga mano para intervenir en asuntos lejanos y ajenos a América Latina como el dossier del Sáhara Occidental, naturalmente en oposición a Marruecos y por afinidad ideológica respaldando a Argelia y por añadidura a los guerrilleros del Frente Polisario en la disputa territorial norteafricana por el territorio del Sáhara.
Coincidimos algunas veces más durante las sesiones anuales de la Cuarta Comisión de Naciones Unidas en Nueva York. La última vez, finalizando 2017, fue muy peculiar.
Estábamos desayunando en Manhattan, a pocas calles de Naciones Unidas, cuando cometimos el lamentable error de compartir la mesa con otras personas, entre ellos un hombre robusto de halitosis extrema, un intelectual chileno afrancesado e izquierdista tan trasnochado como Jean-Luc Mélenchon. Nunca dejará de sorprenderme como los intelectuales progresistas, por cierto, no se privan de sexualizar a sus colegas. Jamás le oí a ese hombre un comentario positivo sobre mí, como profesional, pero sí sus comentarios machistas y obscenos sobre mi aspecto por los cuales esperaba que sonriera agradecida.
Sin embargo, no fue eso lo que hizo que abandonáramos el lugar, fue justamente el tema de Venezuela. Él pretendía que poseer un título de doctorado de Sorbonne Université le habilitaba para darnos lecciones sobre las bondades de los populismos y las dictaduras latinoamericanas. Lo observamos en silencio, con desprecio, y nos retiramos.
No recuerdo bien si Richard espetó su clásico: “¿Qué te pasa, estúpido?” antes de marcharnos o mientras caminábamos para tomar aire y olvidar tan nauseabunda conversación y desencuentro. Después de eso tuvo lugar la pandemia y perdimos contacto. Se impusieron, tanto para Richard como para mí, los desafíos diarios de la vida en el exilio, el ser inmigrantes.
Naturalmente, tras la operación estadounidense del 3 de enero, me puse en contacto con él. Estaba curiosa por conocer su opinión y saber qué ha sido de su vida en el exilio desde 2017.
Clara Riveros: ¿Cómo te sientes? ¿Cómo estás?
Richard Vargas: Estoy muy bien. Llevo ocho años viviendo en Concepción (Chile). Extraño la situación económica que vivía en Venezuela y que no he podido reeditar aquí, pero imagino que en algún momento lo lograré en otro lugar.
C.R.: Cuéntame de ese proceso, ¿por qué decides dejar Venezuela e ir a Chile?
R.V.: Transcurría 2017 y la vida en Venezuela se había convertido en un acto muy desafiante, incluso para mí que era una persona privilegiada: tenía dinero, recursos y una red amplia de contactos para conseguir comida y lo básico para asegurar el día a día de mi familia (mi esposa y mis tres hijos). Sin embargo, no era fácil, había que hacer muchas cosas en la clandestinidad y estábamos expuestos a robo, extorsiones. Sabían que yo tenía dólares porque trabajaba en Curazao, así que decidí dejar el país. Pero nunca pensé que iba a pasar por tantas cosas como las que he pasado aquí. Termino en Chile por sugerencia de un amigo que me recomienda Concepción, una ciudad universitaria que podría ser interesante…
C.R.: Es muy difícil llegar a otro país y empezar de cero…
R.V.: Sí, comenzar de cero y, además, hacer que reconozcan tu background, peor aún cuando, como en mi caso, se tiene un background muy incómodo que no es muy comercial. Soy un profesional en Relaciones Internacionales, Economía Internacional y Estudios de Desarrollo. Eso no sirve para insertarse profesionalmente como inmigrante más allá de lograr vincularse a un think tank. Entonces, la vida te fuerza a hacer muchas cosas que para uno, desde su formación, son actividades ‘muy profanas’. Luego me reinventé. Pero no ha sido fácil.
C.R.: Creo que esa es la historia de los millones de inmigrantes venezolanos dispersos por el mundo, pero no solo venezolanos, latinoamericanos. La regla no es que uno llega a un nuevo país a ocupar un cargo de responsabilidad y a realizar el trabajo soñado dirigiendo una institución, puede suceder, pero no es la regla y, muchas veces, la necesidad de sobrevivir obliga a hacer trabajos que te confrontan como individuo, porque sabes que profesionalmente estás capacitado para mucho más, que estás sobrecalificado y terminas haciendo lo que muchos llaman ‘trabajos de mierda’…
R.V.: Uno de los primeros trabajos que hice en Concepción, que es una ciudad universitaria, fue en la universidad como asistente administrativo. No era más que una secretaria. Después de la persona de la limpieza yo era el siguiente. En Venezuela había sido profesor, director de cátedra, docente investigador de dedicación exclusiva. Básicamente era mi propio jefe. Los trabajos de ese estilo no terminaron ahí. Incluso, una vez haciendo Uber intentaron asesinarme de una puñalada en la espalda aquí en Chile. He tenido que hacer muchos trabajos y pasar por situaciones que nunca imaginé.
C.R.: ¿No pensaste en dejar Chile y probar en otro lugar?
R.V.: Pensarlo sí, pero, tú no lo sabes porque no tienes hijos ni familia grande, cuando emigras con familia y se asienta en un lugar, uno está desesperado por darle una estabilidad a su familia. Mis hijos necesitaban ir al colegio. Uno arranca el primer año y dice: este año no fue tan bueno, pero el otro será mejor y así va pasando el tiempo.
C.R.: ¿Cómo ha sido el proceso de integración en Chile?
R.V.: Tengo la impresión de que Chile, dentro de todo el universo de países de América Latina, es el más desafiante en términos de integración.
C.R.: Coméntame y cuéntame un poco a ese respecto. Me interesa conocer tu opinión fundamentada en la experiencia. He estado varias veces en Chile, admiro su evolución y desarrollo, pero siempre que he estado allí he sentido un corto circuito que me impide conectar. No es un país que haya considerado para emigrar en ningún momento de mi vida y eso que, en muchos sentidos, podría ser el país más deseable y razonable de la región. Por ejemplo, viví en Buenos Aires y, al día siguiente de llegar, ya era una porteña más, fue amor a primera vista. Y, cuando me fui, casi dos años después, lloré todos los días durante un año. Con todo respeto y franqueza, no me imagino una escena así por Chile. Siempre que estuve allá mi desconexión y falta de feeling fue total.
R.V.: El corto circuito no es solo contigo, es con todos, incluso entre ellos mismos. Podría interpretarse como si el chileno fuera víctima de su propio proceso de crecimiento y evolución. Es muy competitivo, generó mucha insatisfacción, envidia, mal humor, excesivo individualismo. Son víctimas de su propio éxito. Tengo amigos en Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Perú y uno se entiende con todos, pero eso no pasa aquí. Es que casi que ni pasa entre ellos mismos.
C.R.: ¿Y cómo has hecho para adaptarte y permanecer allí ocho años? Lo planteo desde mi ‘estatus’ como inmigrante. Esa es una cantidad de tiempo importante y para uno es importante crear amistades, vínculos profundos, eso ayuda mucho a adaptarse, a soportar la vida y los desafíos cotidianos en el país de acogida…
R.V.: Mi vínculo más grande es y ha sido la logia masónica, a la que pertenecía en Venezuela y ahora en Chile. El año pasado estuve una temporada en Estados Unidos y también fue muy importante como vínculo y contención. Logré insertarme en el ecosistema de la logia de forma maravillosa. De hecho, en Estados Unidos me dieron el grado 32. Ha sido un privilegio extraordinario. Por otra parte, como te decía, mis hijos comenzaron a estudiar en la universidad y no me iba a estar moviendo a otro lado. Pero ahora que ya tenemos más flexibilidad decidimos que nos moveremos a otro país y que este no es el lugar en el que nos vamos a quedar.
- R.: ¿Qué destacarías como factor positivo de tu vida en Chile durante ocho años?
R.V.: Aprendí a ser más resiliente, más humilde. Me conectó de nuevo con los estudios. Me reconcilié con el estudio y eso ha sido muy importante en mi proceso personal. En estos años cursé un doctorado con la Universidad del Táchira y ahora estoy haciendo la tesis. El principal hallazgo ha sido interior. Ahora soy más riguroso en la gestión interna de mis emociones. Aprendí lo que es vivir en la miseria, algo que desconocía, pero que también te da mucho aprendizaje, una experiencia que me hizo reconocer el valor de muchas cosas que antes daba por sentado, entonces, todas estas experiencias hicieron de mí una persona mucho más integral.
La vida aquí también me obligó a pensar y a decidir si quiero quedarme en este lugar y si me veo en este país el resto de mi vida. La respuesta es no. Quiero vivir en el Caribe, allá es donde me siento a gusto y no me veo en otro lugar. Pero me resulta muy difícil volver a Venezuela porque se convirtió en un país muy ordinario. El chavismo también ha sido una enfermedad mental, una enfermedad, por cierto, muy latinoamericana que lleva al pueblo a estar buscando siempre un redentor, un salvador. Por eso me genera mucha inquietud el tema de María Corina y espero que no la vayan a convertir, otra vez, en una especie de fantasía. No me siento listo para volver a Venezuela, pero quiero estar cerca, cerca de mi familia.
C.R.: ¿Has llegado a sentir el desgaste del desarraigo, esa sensación de vivir mucho tiempo en un lugar en el que no tienes ni sientes pertenencia?
R.V.: Tengo una amiga que se llama Javiera, ella llevaba 35 años viviendo en Canadá, hace un tiempo vi en las redes sociales que está de nuevo en Venezuela. Cuando le pregunté que estaba haciendo allá me dijo: “ya pasé mi tiempo de inmigrante”. Ser inmigrante tiene fecha de caducidad, la fecha de vencimiento de estos productos mentales es distinta para cada persona porque cada existencia es distinta, pero tiene fecha de caducidad. Ya sea porque haces tuyo el país de acogida o porque llega un momento en el que sientes que ya has fingido demasiado, porque para poder asumirte como inmigrante tienes que adoptar nuevos personajes y todo eso tiene fecha de caducidad.
En mi caso, soy un extranjero en Venezuela y en cualquier otro país. Pero, en Venezuela, con todo esto que está pasando me desafía el hecho de que hay mucho por hacer, por reconstruir porque es un país que está totalmente devastado y uno siente la responsabilidad moral de ir a aportar algo porque yo viví la Venezuela buena y quisiera que otros la vivan también. Lo más difícil ya ocurrió, que era que cambiara el tablero del juego y para mí esto lo cambió para siempre. Podría llegar el momento en que mi cabeza me diga: ‘soporta la incomodidad de ese país, ve a tu país’.
Es muy pronto para dar respuestas definitivas a ese respecto, de momento sé que iré a algún lugar del Caribe, porque necesito calidad de vida y esa la tengo allá, haciendo las cosas que me gusta hacer, con mi familia y con la gente que quiero estar.
C.R.: ¿Te sientes listo para iniciar otra aventura migratoria o te da miedo asumir un nuevo desafío de esas características?
R.V.: Chile me ha dado un entrenamiento de primer nivel en lo que significa asumir el reto cotidiano de ser inmigrante. Siento que puedo asumir retos mucho más complejos. Tengo una amiga que ahora vive en Serbia. Hablo con ella de vez en cuando y me dice que con la experiencia que hemos tenido aquí, ella también vivió en Chile, ya podemos vivir en cualquier lugar del mundo.