La izquierda populista que gobierna en Colombia pretende terminar con el mérito y la cualificación individuales, como condiciones mínimas para ocupar altos cargos en el Estado, porque al presidente esos criterios le resultan propios de la ‘aristocracia’. Colombia, ante todo, tiene un gobierno popular, popular e ignorante pero no de aristócratas. Aristócrata solo su esposa, tal y como atestigua la vida actual de la primera dama Verónica Alcocer en Suecia, señor presidente.
Gustavo Petro ya había dado señales claras de que perfiles prefiere en la función pública y en la acción diplomática. No busca funcionarios de carrera, formados, con experiencia y con pensamiento crítico que se atrevan a cuestionarlo, aquellos fueron los primeros que removió de sus cargos años atrás. En sus designaciones posteriores, Petro ha promovido gentes cuestionables y sin mérito alguno, ministros y viceministros y altos cargos, sin formación, sin cualificación o que han comprado títulos universitarios en instituciones de garaje, aunque son muy valoradas por su atractivo y ello las habilita al despilfarro de los recursos públicos para su uso personal. Todo ocurre sin pudor alguno y mientras sus fieles aplauden.
Bajo esa lógica, se ha visto como embajadores, cónsules y diplomáticos, sin formación, sin experiencia, sin conocimiento de otras lenguas, hoy ‘representan’ a Colombia en nuestras embajadas y legaciones en el extranjero. Gente que no tiene mérito ni cualificación, salvo la servidumbre y la obsecuencia, la alabanza fácil al líder y el cierre de filas inmediato cuando este es cuestionado por sus reprobables actuaciones dentro y fuera del país.
El viernes la prensa colombiana informaba del decreto que flexibiliza los requisitos para ser embajador y cónsul y que plantea como único requisito tener nacionalidad colombiana, por nacimiento, y ser mayor de 25 años, eliminando así requisitos de idiomas, experiencia y formación académica. Durante el fin de semana el presidente lo corroboró: “Con el nuevo decreto los mismos requisitos para ser ministro, son para ser embajador. Somos una república democrática y no una aristocracia”. De nuevo: aristócrata solo su esposa, señor presidente.
Las redes sociales explotaron, por este y los escándalos siguientes que no nos han dado respiro. ¿Una república democrática, nacional, popular y ‘bananera’? Desde luego, se viralizó el video de ese Petro candidato que prometía promover el mérito y la cualificación como criterios indispensables para la función pública y para ocupar las embajadas y consulados. La plena profesionalización del servicio exterior fue una promesa de campaña de Gustavo Petro.
El lunes, la canciller Rosa Villavicencio, quien como su antecesora no tiene experiencia alguna en diplomacia ni política exterior, pero sí ha sabido obedecer y mostrar obsecuencia, justificaba las movidas recientes del poder, emulando la grandilocuencia de su jefe: “La Cancillería colombiana decidió dar un giro histórico: la política exterior ya no se queda en los escritorios, va al territorio y se construye con la gente gracias a la Academia Diplomática Popular que llega a las comunidades que son el corazón de la diplomacia colombiana y representan la visión del Gobierno del Cambio y el poder del sur global”. “La diplomacia dejó de ser solo para grandes salones: hoy nuestra bandera es la diplomacia comunitaria que democratiza y descentraliza el acceso a la Carrera Diplomática”, afirmaba Villavicencio.
El golpe asestado por Petro es tremendo, pero todo tiene una explicación, naturalmente. El mandatario ha decidido eliminar los palos en la rueda a sus nombramientos y designaciones. Como informó el diario colombiano El Tiempo, el pasado agosto, en tres años del gobierno de Gustavo Petro fueron anulados 45 nombramientos diplomáticos. Muchas veces fueron anulados porque había funcionarios de carrera habilitados para desempeñar esos cargos y, en cumplimiento de la ley, debían ser designados.
La mayoría de los casos en los que la justicia impidió los nombramientos diplomáticos lo hizo porque el gobierno ignoró la disponibilidad de funcionarios de carrera para ocupar los cargos diplomáticos vacantes. Pero el todopoderoso presidente no entiende que se le lleve la contraria y pretende que todos los diplomáticos, embajadores y cónsules, estén al servicio de su ideología, planteamientos y directrices de política exterior que ya han roto con la tradicional política exterior colombiana.
¿Un funcionario de carrera eventualmente podría mostrar mayor reticencia a obedecer y a acatar órdenes presidenciales? ¿Podría ser propenso a mostrar insubordinación frente a los desvaríos presidenciales que tanto han perjudicado a Colombia y a la imagen del país en el exterior?
La decisión judicial que más molestó al jefe de Estado, a este respecto, fue la que afectó en primera instancia a su embajador en Suecia, Guillermo Reyes, en abril de este año, cuando el Tribunal Administrativo de Cundinamarca indicó que Reyes debía acreditar 84 meses de experiencia y sólo tenía la mitad. Además, se dijo que Reyes no tenía forma de probar que tenía un segundo idioma, otro requisito para asumir como embajador. Naturalmente apelaron la decisión y el Consejo de Estado revocó el fallo el pasado septiembre, entre otras cosas, porque la interpretación del Tribunal había sido errónea ya que el cargo de embajador extraordinario es de libre nombramiento y remoción, junto con otros requisitos generales.
Lo que sí quedó claro por esos días, como sugería la prensa, es que los requisitos para las designaciones diplomáticas podrían dejar de existir y que ya había un borrador de resolución para facultar la designación en cargos de carrera diplomática y consular a personas que no pertenecieran a ella, cuando no fuese posible designar funcionarios de carrera diplomática. Y, por supuesto, siempre van a encontrar excusas porque la consigna universal que reza de este lado del mundo es: “hecha la ley, hecha la trampa”.
Ese decreto que salió a la luz el fin de semana y que permite designar cónsules y embajadores sin formación solo contribuirá a un mayor debilitamiento de nuestra política exterior. Los diplomáticos colombianos hoy son objeto de burlas y cuestionamientos en el exterior por su falta de profesionalismo y conocimiento de los mínimos de las relaciones internacionales y la diplomacia, basta con consultar a diplomáticos de otros países, académicos, consultores y expertos que no salen de su asombro ante la degradación que experimenta Colombia en sus embajadas más importantes de Europa y de las Américas y que solo aguardan a un cambio de gobierno que le devuelva la normalidad y la diplomacia profesional y de alto nivel al país.
De la política exterior colombiana hoy se exalta su fragilidad, la debilidad del liderazgo regional de Gustavo Petro, corroborado en la Cumbre CELAC-UE, la irresponsabilidad y las malas maneras del mandatario y el progresivo aislamiento internacional al que está llevando al país. “El huésped de la Casa de Nariño se encuentra ensimismado en su diplomacia personal y sin un plan para Colombia”, escribieron hace pocos días Guillermo Fernández de Soto, presidente del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI) y exministro de Relaciones Exteriores de Colombia, y Andrés Rugeles, vicepresidente del CORI y exembajador de Colombia ante la ONU en Nueva York.
Petro hace declaraciones para su tribuna que se caen por su propio peso al contrastarlas con la realidad, pero que hacen parte de su relato fantasioso, una narrativa que busca instalar “ante el fracaso de la diplomacia y los escasos resultados de gestión del actual gobierno”, sostienen con acierto Fernández de Soto y Rugeles.
“La ignorancia es la fuerza”. Ese es uno de los principios inmutables del Partido en la ficción distópica1984 de George Orwell. Si los mesías latinoamericanos, incluido Petro, no lo han leído, su instinto ha sabido guiarlos con precisión.