El creador de la exitosa serie argentina de Netflix habla para Hoy24 sobre el cierre de ‘División Palermo’, los desafíos de representar la diversidad con autenticidad y el poder transformador del humor inteligente.
Cuando el barrio de Palermo se convirtió en escenario de una de las comedias más innovadoras del audiovisual argentino, pocos imaginaban que esa propuesta local llegaría a trascender fronteras y devenir un éxito internacional. ‘División Palermo’, la serie que Santiago Korovsky creó para Netflix no solo conquistó audiencias globales, sino que estableció un nuevo paradigma sobre cómo abordar la diversidad en pantalla sin caer en lugares comunes.
Con el reciente estreno de su temporada final, el actor y director porteño reflexiona sobre un proyecto que marcó un punto de inflexión en su carrera y en la representación de la discapacidad en los medios. ‘División Palermo’ consolida a Korovsky como una voz fundamental en el panorama creativo argentino. Su apuesta por el humor sin condescendencia ha demostrado que la risa inteligente puede ser el vehículo más poderoso para generar conversaciones necesarias sobre inclusión y diversidad.
¿Cuál fue el punto de partida creativo para desarrollar una comedia centrada en personajes con discapacidad?
Partí de una premisa muy simple: queríamos hacer reír desde la honestidad, no desde la lástima. Me interesaba explorar esas situaciones incómodas que todos vivimos cuando no sabemos exactamente cómo comportarnos frente a la diferencia. En lugar de evitar esa incomodidad, decidimos convertirla en el motor de la comedia. El humor puede iluminar zonas de nuestra humanidad que el discurso políticamente correcto a veces oscurece.
El proceso de selección del elenco fue crucial. ¿Cómo equilibró la autenticidad con las necesidades narrativas?
Desde el principio tuve claro que necesitaba actores que entendieran desde adentro las realidades que queríamos mostrar. No se trataba de hacer casting para «representar» la discapacidad, sino de encontrar intérpretes que pudieran aportar capas de verdad que ningún actor sin esa experiencia podría brindar. Cada miembro del elenco trajo no solo su talento actoral, sino también su perspectiva vital.
La serie logró un tono muy particular entre el humor y la sensibilidad social. ¿Cómo lograron mantener ese equilibrio?
El secreto estuvo en nunca explicar el chiste. Cuando un personaje hace humor sobre su propia condición, no necesita justificarse ni educar al espectador. Esa naturalidad es lo que genera confianza. Construimos un universo donde todos los personajes tienen derecho a ser complejos, contradictorios y hasta un poco ridículos, como cualquier ser humano.
¿Qué cambios percibieron entre la recepción de la primera temporada y las expectativas para la segunda?
La diferencia fue abismal. En la primera temporada éramos completamente desconocidos, lo que nos daba una libertad total. Para la segunda, ya existían expectativas y comparaciones. Eso generó una tensión creativa interesante: teníamos que mantener la frescura original mientras expandíamos el universo narrativo. Fue un desafío estimulante.
Los nuevos personajes que se incorporaron en la segunda temporada añaden complejidad al grupo. ¿Qué criterios siguieron para estas incorporaciones?
Buscábamos personajes que no solo fueran divertidos, sino que también desafiaran la dinámica establecida del grupo. Cada nuevo integrante tenía que aportar una perspectiva diferente sin romper la química coral que ya habíamos construido. Era como agregar instrumentos a una orquesta sin desarmar la melodía principal.
¿Cómo procesaron el reconocimiento internacional, incluyendo el Emmy a mejor comedia?
Fue surrealista. Una serie nacida en Buenos Aires, hablada en argentino, compitiendo y ganando en una categoría internacional. Eso nos confirmó que el humor auténtico trasciende las barreras culturales. Hay algo universal en la risa que no necesita traducción.
La decisión de cerrar la historia en la segunda temporada fue arriesgada. ¿Por qué optaron por ese final?
Prefiero que la gente se quede con ganas de más antes que arriesgar la calidad por estirar una historia. Teníamos claro el arco narrativo desde el principio, y cerrarlo en el momento justo nos parecía más honesto que manufacturar temporadas adicionales. Algunas historias tienen su tiempo natural.

¿Qué reflexiones les dejó trabajar con temas de inclusión desde la ficción?
Aprendimos que la representación auténtica no se logra con buenas intenciones, sino con trabajo riguroso y escucha activa. Cada decisión creativa, desde el guion hasta la dirección, tenía que pasar por el filtro de «¿esto suma o resta dignidad a los personajes?». Fue un ejercicio constante de responsabilidad creativa.
¿Cómo evaluaría el impacto de la serie en las conversaciones sobre diversidad en Argentina?
Espero que hayamos contribuido a normalizar estas conversaciones. No se trata de ser pioneros, sino de sumar voces a un diálogo que ya existía. Si logramos que algunas personas vean la discapacidad con menos prejuicios o más naturalidad, ya valió la pena todo el esfuerzo.
Mirando hacia adelante, ¿qué tipo de proyectos le interesa explorar?
Me atraen las historias que me incomoden como creador. Quiero seguir explorando esos territorios donde el humor y la reflexión social se encuentran. Argentina tiene una riqueza narrativa enorme que merece ser explorada desde miradas contemporáneas y sin complejos.
¿Qué consejo daría a otros creadores que quieren abordar temáticas similares?
Que se rodeen de las voces correctas desde el primer día. La inclusión no es un tema que se pueda resolver desde el escritorio; necesita colaboración real con las comunidades que “querés” representar. Y que no tengan miedo de equivocarse, pero sí de no intentarlo.