La dana Adam ha descargado más de 600 litros por metro cuadrado en un día en la Safor y la Marina Alta, apenas dos años después de la catástrofe del 29 de octubre de 2024. Meteorólogos y climatólogos coinciden en que la repetición de estos episodios responde a un patrón que el calentamiento del agua del mar ha agravado.
La dana Adam se despidió en la madrugada del martes con una última sucesión de tormentas sobre Alicante. Deja un balance provisional de siete muertos en España, a falta de confirmar que todos los fallecimientos guarden relación con el temporal. La Asociación Valenciana de Meteorología (Avamet) califica de históricos sus acumulados, porque algunas poblaciones de la Safor y la Marina Alta superaron los 700 litros por metro cuadrado en 48 horas. En Pego llegaron a caer 138 litros en una sola hora, lo mismo que recoge Santiago de Compostela en todo un mes de marzo.
La comparación con el 29 de octubre de 2024 resulta inevitable. Aquella dana descargó 771 litros en 24 horas en Turís, marcó un registro sin precedentes de 184 litros en una hora y se cobró más de dos centenares de vidas. Lo que entonces se interpretó como un fenómeno casi irrepetible ha vuelto a producirse en apenas dos años. Los expertos sostienen que la coincidencia no es fruto del azar. Detrás de ambos episodios aparecen tres variables comunes y una diferencia decisiva, que explican la violencia de la lluvia y también el lugar donde descargó.
-
Una dana anclada sobre el norte de África
Una dana nace cuando una vaguada de la corriente en chorro se estrangula y deja una bolsa de aire muy frío aislada de la circulación general, en las capas altas de la atmósfera. En los mapas, el proceso recuerda a una gota que se desprende, y de ahí procede el nombre tradicional de gota fría. El pasado fin de semana, una vaguada muy amplia cubrió buena parte de Europa, desde Escandinavia hasta la península ibérica. Al avanzar hacia el sur, acabó generando la dana que la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) bautizó como Adam.
Su efecto depende sobre todo de dónde se sitúa. Cuando se coloca al noroeste de África, su giro contrario a las agujas del reloj empuja hacia la costa mediterránea vientos de levante cargados de humedad. Así ocurrió a finales de octubre de 2024 y así ha vuelto a ocurrir ahora. El fenómeno no es nuevo, y la Aemet documenta más de 50 episodios de graves inundaciones en Valencia entre 1238 y 1957. Lo novedoso es que, desde la tragedia de hace dos años, las danas de gran impacto reciben nombre propio, como los huracanes, para subrayar su peligro.
-
Un mar más cálido como combustible
Si la dana actuó como motor, el Mediterráneo aportó el combustible. Tras un agosto y un septiembre de temperaturas récord, el mar mantiene en octubre anomalías de hasta tres grados sobre la media. Diego Campos, investigador del grupo de Variabilidad y Cambio Climático del Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona, explica que ese calentamiento «favorece la inestabilidad atmosférica». También eleva el contenido de vapor de agua y la evaporación, dos ingredientes que alimentan tormentas severas y precipitaciones extremas cuando coinciden con la configuración atmosférica adecuada.
Hace dos años el escenario fue muy parecido. El Mediterráneo también se encontraba en valores récord, y la energía extra que liberó hacia la atmósfera resultó decisiva para crear una inestabilidad tan explosiva. La repetición de ese patrón apunta a un cambio de fondo. Un mar más cálido no provoca por sí solo una dana, pero multiplica su capacidad destructiva cuando se forma. Con una configuración similar a la de episodios pasados, los efectos son hoy más devastadores porque el aire y el agua acumulan más energía.
-
Las montañas que disparan la lluvia
La orografía completa la ecuación. En la Comunitat Valenciana, un interior muy montañoso obliga al aire húmedo procedente del mar a ascender bruscamente y enfriarse, lo que aumenta su potencial para liberar lluvia. Los meteorólogos llaman a este mecanismo efecto disparo o disparo orográfico. No es casual que la zona cero de Adam hayan sido localidades como Oliva, pegadas a las montañas. En 2024 ocurrió algo similar en Chiva, en el interior de la provincia de Valencia.
Los registros de Avamet reflejan la intensidad del fenómeno. En 24 horas cayeron 620 litros por metro cuadrado en Pego, 548 en Miramar y 530 en Oliva. La propia Oliva conserva el récord de lluvia acumulada en un día, con 817 litros durante la dana de octubre de 1987. Esa memoria demuestra que la vulnerabilidad del territorio es antigua. La diferencia es que unas condiciones que antes se daban de forma excepcional se presentan ahora con una frecuencia que los expertos ya no consideran extraordinaria.
-
El viento que cambió el mapa del desastre
Entre ambos episodios hubo una diferencia en apariencia menor y de impacto enorme. En 2024 el viento sopló del este y empujó el aire húmedo de lleno hacia la provincia de Valencia. La lluvia torrencial cayó en las zonas altas situadas al oeste de la capital, y desde allí el agua bajó por barrancos y cauces hacia los municipios situados aguas abajo. Según el análisis publicado por La Voz de Galicia, el desenlace habría sido distinto si esa misma lluvia hubiera caído a nivel del mar.
Con Adam, el viento llegó del nordeste. Ese giro desplazó las precipitaciones más extremas hacia la costa de Gandía, el sur de la provincia de Valencia y el norte de Alicante. Una pequeña variación en la dirección determina dónde se produce el desastre. El dato obliga a matizar cualquier lectura que atribuya el menor balance de víctimas solo a la gestión de la emergencia. Los avisos anticipados y el confinamiento forman parte de la respuesta, pero la geografía de la lluvia también resultó determinante.
-
Unos modelos superados por el calentamiento
Meteorólogos de Avamet y del Laboratorio de Climatología de la Universidad de Alicante advierten de que la frecuencia de episodios torrenciales vivida en varias comarcas valencianas no se corresponde con la prevista por los modelos. A su juicio, esas herramientas han quedado desfasadas por el cambio climático, que ha elevado de forma significativa la temperatura del Mediterráneo. Los expertos consideran Adam una muestra del futuro que se cierne sobre el territorio. El siguiente episodio de lluvias extremas, advierten, puede llegar en cualquier momento.
El diagnóstico coincide con el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), que da por imposible evitar que el calentamiento supere el umbral de 1,5 °C fijado en el Acuerdo de París. Con las políticas actuales, el aumento alcanzaría los 2,8 °C en 2100. Los planes nacionales solo recortan las emisiones entre un 11% y un 15% para 2035, lejos del 45% necesario para que ese exceso sea el menor posible. «Superar el límite no equivale a rendirse», advirtió el secretario general de la ONU, António Guterres.