Mientras la superficie total anual quemada ha disminuido desde los años 1980, los grandes fuegos que afectan al país son cada vez más virulentos y devastadores. El cambio climático, la despoblación rural y la acumulación de biomasa por falta de gestión forestal han creado un cóctel explosivo que transforma bosques en polvorines. Con el 87% de incendios provocados por el ser humano y 27 detenidos ya este verano, España busca respuestas a una crisis que combina factores naturales, sociales y criminales en proporciones inéditas.
España vive una transformación profunda en la naturaleza de sus incendios forestales que desafía los paradigmas tradicionales de la lucha contra el fuego. Los datos oficiales revelan una aparente contradicción: mientras la superficie total quemada anualmente ha disminuido significativamente desde los años 80 gracias al incremento de medios de extinción, los grandes incendios forestales son ahora más intensos, impredecibles y devastadores que nunca. Esta nueva realidad responde a una compleja combinación de factores que van desde el cambio climático hasta la despoblación rural, pasando por la criminalidad y la mala gestión forestal.
El verano de 2025 ilustra perfectamente esta paradoja. Hasta mediados de agosto, el 69% de los fuegos se habían quedado en conatos, una cifra que refleja la eficacia de los sistemas de extinción españoles. Sin embargo, cuando un incendio supera las primeras líneas de defensa, su comportamiento resulta exponencialmente más destructivo. La oleada actual ha calcinado más de 115.000 hectáreas en apenas una semana, triplicando la superficie quemada durante todo 2024 y confirmando que España ha entrado en la era de los «incendios de sexta generación»: fuegos que crean su propia meteorología y desafían cualquier capacidad de extinción.
Cambio climático: el acelerador de la destrucción
La crisis climática ha alterado radicalmente las condiciones que favorecen los incendios forestales en España. Las olas de calor se han duplicado en el siglo XXI, pasando de 44 episodios entre 1975-1999 a 90 desde el año 2000, con una duración récord de 26 días consecutivos en 2015. Esta nueva realidad térmica no solo incrementa la probabilidad de ignición, sino que transforma por completo el comportamiento del fuego una vez iniciado.
«Las olas de calor disminuyen la humedad del combustible, por lo que el fuego puede arder con más intensidad», explica Víctor Resco de Dios, profesor de Ingeniería Forestal en la Universitat de Lleida. El fenómeno trasciende la simple elevación de temperaturas: el calor extremo seca la hojarasca que conduce el incendio, aumenta la carga de material seco en copas de árboles y matorrales, y permite que zonas normalmente húmedas se conviertan en combustible disponible. La AEMET confirma que la temperatura media española ha ascendido 1,85°C en verano desde 1961.
El Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) proyecta escenarios aún más alarmantes: con solo 1,5°C adicionales de calentamiento, el área quemada en la Europa mediterránea podría incrementarse un 50%. En un escenario de 2,5°C más que en la época preindustrial, los incendios provocados por el calor aumentarían un 14% en el sur de Europa. Estas proyecciones convierten la actual crisis en un adelanto de lo que podría ser la nueva normalidad climática española.
El cambio climático también ha alargado la temporada de incendios y expandido geográficamente las zonas de riesgo. «En el noroeste peninsular, la temporada de incendios se está alargando, por lo que es previsible que sigamos viendo nuevos incendios hasta bien entrado el otoño», advierte Adrián Regos Sanz del MBG-CSIC. Provincias como Cuenca, que registraron solo 8 olas de calor entre 1975-1984, han experimentado 29 episodios en la última década, evidenciando cómo el calor extremo se ha desplazado hacia zonas tradicionalmente templadas.
Despoblación rural: cuando el monte se queda solo
La despoblación rural ha emergido como uno de los factores más determinantes en la nueva ecuación de los incendios españoles. El éxodo hacia las ciudades ha roto un equilibrio milenario entre el ser humano y el territorio que funcionaba como prevención natural contra grandes fuegos. «Al irse toda la gente a la ciudad, se forma un gran continuo vegetativo que no había existido en los últimos siglos», explica Fernando Prieto, director del Observatorio de Sostenibilidad.
El abandono de las prácticas tradicionales ha transformado paisajes en mosaico -con zonas agrícolas, pastoreo y bosques intercalados- en grandes continuos forestales que actúan como autopistas para el fuego. España ha duplicado la cantidad de biomasa forestal por superficie desde los años 70, según Ferran Dalmau-Rovira de la Fundación Pau Costa. «A más madera, más energía acumulada como biomasa que puede liberarse al arder el monte», advierte el experto.
La ausencia de ganado extensivo ha eliminado uno de los mecanismos naturales más eficaces de prevención. «En el monte lo que no se consume o se extrae, se quema», resume Sonia Roig, profesora de la Universidad Politécnica de Madrid y presidenta de la Sociedad Española de Pastos. Las cabras, ovejas y vacas que tradicionalmente mantenían limpios los sotobosques han desaparecido de vastas zonas rurales, permitiendo la acumulación de combustible que alimenta incendios cada vez más virulentos.
El problema se agrava por la falta de inversión en gestión forestal. Los bosques españoles son mayoritariamente privados y en 2018 la inversión en montes fue de apenas 35 euros por hectárea, una cifra irrisoria comparada con otros países europeos. Esta desinversión perpetúa el ciclo de abandono que convierte los bosques en polvorines esperando una chispa.
La eucaliptización: el monocultivo que arde
El caso de Galicia ilustra cómo decisiones económicas a corto plazo pueden crear bombas de relojería medioambientales. La proliferación de plantaciones de eucalipto en Galicia, Asturias, Cantabria y Euskadi ha creado un paisaje especialmente vulnerable al fuego. «El eucalipto es una especie muy invasiva que ocupa amplios espacios y es un caldo de cultivo para que aparezcan incendios forestales», denuncia Fernando Prieto.
El problema trasciende lo ecológico para convertirse en estructural. Los eucaliptos se plantan como monocultivos para pasta de papel con ciclos de corta de 15-20 años, pero tras las primeras extracciones, la rentabilidad disminuye y muchas parcelas quedan abandonadas. «Durante las primeras cortas sí que tiene una producción importante, pero luego la producción es menor, por lo que la gente deja esos campos con un abandono absolutamente terrible», explica Prieto.
Esta industria «casi extractivista» convierte el territorio en rehén de una lógica puramente crematística que ignora los riesgos a largo plazo. Portugal, con un modelo similar, sufrió 117 muertes por incendios en 2017, evidenciando las consecuencias letales de priorizar beneficios económicos inmediatos sobre sostenibilidad territorial. «Puede que arde este año o el que viene o el siguiente, pero en un plazo de 20 a 30 años, arderá», pronostica Prieto sobre estas plantaciones.
Factor humano: entre la imprudencia y el delito
Los datos oficiales del Ministerio de Transición Ecológica son contundentes: el 87% de los incendios forestales en España tienen causas humanas, mientras que solo el 4,92% se deben a fenómenos naturales como los rayos. Esta estadística coloca al factor humano en el centro del problema, pero con matices importantes que van desde la negligencia hasta la criminalidad organizada.
Desde el inicio del verano 2025, las fuerzas de seguridad han detenido a 27 personas por provocar incendios y han investigado a otras 83. Los casos documentados revelan la diversidad de motivaciones detrás de estos actos: desde trabajadores forestales que provocan fuegos para obtener empleo en extinción, hasta ladrones que queman cables para robar cobre, pasando por pirómanos que actúan por motivos psicológicos complejos.
El caso más paradigmático es el de un bombero forestal detenido en Ávila que confesó haber provocado intencionadamente el incendio del Barranco de las Cinco Villas para obtener trabajo en extinción durante la temporada de fuegos. Este episodio ilustra cómo la precariedad laboral en el sector forestal puede crear incentivos perversos que alimentan el ciclo destructivo. Los bomberos forestales denuncian condiciones lamentables: jornadas de hasta 21 horas por salarios cercanos al mínimo interprofesional.
La Fiscalía General del Estado aporta datos que matizan la narrativa oficial: de todos los incendios que resultaron en detención o investigación entre 2019 y 2023, solo el 24% correspondían con incendios verdaderamente intencionados. El 76% restante se debía a negligencias, imprudencias o accidentes, lo que sugiere que el problema no es solo la criminalidad sino también la falta de concienciación sobre los riesgos. Esta distinción resulta crucial para diseñar políticas de prevención efectivas que aborden tanto la educación como la persecución penal.
Extinción versus prevención
España destina entre el 60% y 70% de su presupuesto forestal a extinción, mientras que la prevención recibe migajas presupuestarias. Esta lógica reactiva resulta no solo más cara económicamente -extinguir un incendio cuesta 20.000 euros por hectárea frente a los 2.000 de la prevención-, sino que perpetúa un modelo insostenible que prioriza apagar fuegos sobre evitarlos.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente recomienda dedicar dos tercios del gasto a planificación, prevención, preparación y recuperación, y solo un tercio a extinción. España opera exactamente al revés: «En la actualidad, la respuesta directa a los incendios forestales suele recibir más de la mitad de los gastos correspondientes, mientras que la planificación recibe menos del 1%», denuncia el informe de la ONU.
Esta estrategia de extinción masiva ha creado una paradoja: mientras España cuenta con operativos «muy buenos para apagar incendios», según reconocen los expertos, los grandes fuegos «ya no se apagan con más medios». Víctor Resco de Dios advierte que el 75% de las descargas aéreas de agua «son ineficientes y se podrían ahorrar», cuestionando la eficacia de una respuesta que privilegia el espectáculo mediático sobre la efectividad real.
La acumulación de combustible derivada de décadas de extinción exitosa amenaza con revertir los logros conseguidos. «Es muy probable que el descenso en el área quemada sea solo un espejismo y que pronto veamos un rebote y aumente la superficie quemada por el aumento en la intensidad», pronostica Resco de Dios, citando los precedentes de Australia y Canadá donde esta dinámica ya se ha materializado.
España se encuentra en una encrucijada histórica donde debe elegir entre perpetuar un modelo reactivo cada vez más costoso e ineficaz, o apostar por una transformación radical que priorice la prevención, la gestión territorial y la adaptación al cambio climático. Los incendios de 2025 han evidenciado que el tiempo de las soluciones cosméticas se ha agotado: o España cambia su relación con el fuego, o el fuego cambiará España.