Una ola de calor sin precedentes ha paralizado esta semana Francia, Alemania, el Reino Unido y Bélgica con temperaturas que baten récords históricos para el mes de junio. París ha registrado las noches más calurosas desde que existen registros. En Londres se han cerrado colegios y suspendido trenes. En Bruselas, un ministro ha negado la emergencia desde su barbacoa. Un informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente advierte que Europa no se está adaptando a la velocidad necesaria.
La ola de calor que azota Europa desde finales de junio ha dejado imágenes inéditas en países acostumbrados a combatir el frío: parisinos zambulléndose en las turbias aguas del canal Saint Martin, parques abiertos de noche en la capital francesa para acoger a los insomnes, tramos de autopista cerrados en Alemania por miedo a que el asfalto ceda, el 90% de los hospitales del Reino Unido sin capacidad para gestionar el calor extremo. El episodio ha puesto en evidencia una realidad que los científicos llevan años documentando: Europa no está preparada para las consecuencias del cambio climático que ella misma está contribuyendo a generar. «No nos estamos adaptando a la velocidad que deberíamos», señala Pedro Zorrilla, responsable de cambio climático de Greenpeace España, que subraya que el aumento de temperaturas extremas es justamente el impacto del calentamiento global para el que resulta más evidente que hay que prepararse.
Un informe publicado en febrero por la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), titulado Sobrecalentados y mal preparados, recogía ya la magnitud del problema a partir de encuestas realizadas a 27.000 personas en 27 países de la Unión Europea (UE). El documento concluía que el continente presenta déficits graves en tres ámbitos: las características térmicas de las viviendas, la ausencia de espacios públicos refrigerados y la falta de normas técnicas de edificación adaptadas al calor. La ola de esta semana ha convertido ese diagnóstico en experiencia cotidiana para millones de europeos que no tienen persianas en sus ventanas, no disponen de aire acondicionado y viven en edificios construidos hace más de un siglo para conservar el calor, no para expulsarlo.
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El calor que bate récords y paraliza países enteros
Francia vive las noches más calurosas desde que existen registros meteorológicos. A la medianoche, el parque Buttes Chaumont de París marcaba 31 grados. El episodio es comparable al que sacudió el país en 2003, cuando una ola de calor de dos semanas de duración provocó la muerte de 15.000 personas. En esta ocasión, las consecuencias inmediatas han incluido el cierre de 13.500 centros escolares o la adaptación de sus horarios, la cancelación de exámenes, la supresión de un 10% de los trenes por averías en los sistemas de climatización y el cierre anticipado de monumentos como la Torre Eiffel y el Museo del Louvre. Los parques de la capital han permanecido excepcionalmente abiertos durante la noche para acoger a quienes no podían dormir en sus apartamentos.
En Alemania se ha batido el récord de la noche más calurosa registrada en cualquier mes del año, con 26,2 grados en Bad Bergzabern, en Renania-Palatinado. La ola ha obligado a cerrar tramos de la autopista A2 entre Berlín y Hannover por riesgo de deformación del asfalto, ha paralizado la Feria del Libro de Berlín y ha forzado a muchos centros educativos a aplicar la normativa conocida como Hitzefrei, que permite reducir las horas lectivas cuando la temperatura en un aula representativa alcanza los 26 grados antes de las once de la mañana. En el Reino Unido, el viernes se registró la temperatura más alta jamás medida en un mes de junio: 36,9 grados en la localidad de Wattisham, al sureste de Inglaterra.
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Las viviendas europeas, construidas para el frío
El déficit de adaptación más extendido en los países del norte y centro de Europa es el de las viviendas. Construidas durante décadas para retener el calor en inviernos largos y fríos, estas edificaciones carecen de los elementos básicos para gestionar las temperaturas extremas de verano: persianas que bloqueen la radiación solar directa, sistemas de ventilación cruzada y aislamiento adaptado a condiciones de calor. En Letonia, el 88% de los hogares no dispone de aire acondicionado ni ventiladores; en Alemania, el porcentaje es del 85%; en Francia, el 72%. En contraste, países mediterráneos como Malta tienen solo un 18% de hogares sin climatización y España un 63%, según los datos de la AEMA.
En París, tres cuartas partes de los tejados son de zinc, un material que absorbe y conduce el calor con eficacia. En los últimos pisos de los edificios haussmanianos del centro de la ciudad, la temperatura puede alcanzar los 38 o 40 grados durante una ola de calor sin que el aire acondicionado esté disponible. Charline Thevenin, que vive con su marido y dos hijos en el octavo distrito bajo uno de esos tejados de zinc, relata que durante los últimos días la temperatura media en su hogar ha sido de 38 grados y se ha visto obligada a ceder el cuidado de su bebé a una tercera persona y a llevar a su hijo de ocho años a su oficina por las tardes porque la temperatura en el aula alcanzaba los 35 grados con sensación térmica de 40. En Berlín, Zeno, un alemán del sur residente en el barrio de Kreuzberg, explica que los edificios de construcción antigua de más de cien años «no suelen tener persianas» y que cuando la luz solar da directamente sobre una ventana «se produce un auténtico efecto invernadero».
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Transportes, hospitales y colegios al límite
Las infraestructuras diseñadas para climas templados o fríos han mostrado sus límites con una claridad que dificulta cualquier eufemismo. En Londres, apenas el 40% de los trenes del metro dispone de aire acondicionado; las líneas más antiguas de la red, como Bakerloo, Jubilee, Victoria o Piccadilly, han convertido los vagones en espacios de sufrimiento durante las horas punta. Los autobuses de la capital británica han registrado condiciones similares. La red ferroviaria del Reino Unido, no preparada para temperaturas extremas, ha suspendido trayectos por riesgo de deformación de los carriles. En Francia se ha suprimido un 10% de los servicios de tren por averías en los sistemas de climatización y problemas en la infraestructura.
El sistema sanitario ha sido otro de los eslabones débiles. En el Reino Unido, el 90% de los hospitales del país no está preparado para el calor extremo. Muchos centros han pedido a la ciudadanía que no acuda a urgencias salvo necesidad estricta y que, de hacerlo, eviten ir acompañados, ya que cada persona adicional en el interior de los edificios contribuye a elevar la temperatura. Los centros educativos han reproducido el mismo patrón en todos los países afectados: cierres, reducción de horarios y improvisación ante una situación que se repetirá con mayor frecuencia e intensidad en los próximos años. El alcalde de París anunció la compra de 1.200 climatizadores para las 600 escuelas de la capital, aunque precisó que eran «soluciones temporales».
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La respuesta política: de la improvisación a la negación
La gestión política de la emergencia ha variado entre la improvisación tardía y la negación abierta. El Gobierno francés, en el centro de las críticas, ha admitido que el país no está preparado para estas condiciones. La ministra de Sanidad, Stéphanie Rist, intentó matizar las expectativas ante la falta de climatización en los hospitales con una fórmula que generó controversia: «Hay que salir de la caricatura de que hay que climatizarlo todo. El aire en todos sitios no es la solución óptima», señaló. En Bélgica, el episodio más llamativo fue la reacción del ministro de Defensa, Theo Francken, del partido nacionalista flamenco Nueva Alianza Flamenca (N-VA), que al comienzo de la ola se burló públicamente de las alertas meteorológicas y prometió fotos desde su piscina con una cerveza fría y su barbacoa. Sus palabras se volvieron contra él cuando el impacto de la emergencia se hizo evidente y una activista convocó a concentrarse frente a su domicilio, cuya dirección quedó expuesta públicamente.
El diario belga Le Soir resumió en un editorial la actitud de las autoridades del país con una expresión que circuló ampliamente: el mensaje principal parecía ser «apañáoslas». El primer ministro no compareció públicamente durante los días más críticos, el ministro-presidente de Flandes declaró que se negaba a sumarse al alarmismo y el Gobierno valón desapareció del debate. La indignación generada en Bélgica ilustra una tensión que recorre toda Europa: los gobiernos han tardado décadas en incorporar la adaptación climática como prioridad de gestión, y cuando la emergencia llega, la distancia entre el discurso y la capacidad de respuesta resulta difícil de ocultar.
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La adaptación que llega tarde
El informe de la AEMA publicado en febrero identificaba dos medidas de adaptación cuya implantación en Europa es todavía insuficiente: la plantación de árboles y la mejora de espacios verdes, y la creación de espacios públicos refrigerados. En el primer caso, los países con mayor porcentaje de ciudadanos que afirman que sus administraciones han actuado son Hungría (59%) y Rumanía (44%); España se sitúa en el 29% y Francia en el 19%. En el segundo, Finlandia lidera con el 45% y Francia alcanza también el 45%, mientras que España registra el 20%. Alemania, con solo el 7% en espacios públicos refrigerados, presenta uno de los peores resultados del continente pese a ser la mayor economía de la UE.
Zorrilla, de Greenpeace España, señala que el aumento de temperaturas extremas es «uno de los impactos más claros» del cambio climático, pero que «ni aún así» se está respondiendo con la urgencia necesaria. El desfase entre el conocimiento científico disponible y la velocidad de la adaptación política y urbanística es el nudo central del problema. La ola de calor de esta semana no es una anomalía: es la nueva normalidad que los modelos climáticos llevan años anticipando. Europa tiene el conocimiento para adaptarse. Lo que le falta, como demuestran los tejados de zinc de París, los vagones sin climatizar del metro de Londres y las escuelas de Berlín sin persianas, es la voluntad política y la inversión pública para hacerlo antes de que la próxima emergencia vuelva a sorprenderla sin estar preparada.