Un nuevo informe de la Agencia Internacional de la Energía advierte que las emisiones de metano del sector fósil siguen en niveles muy altos, poniendo en cuestión la eficacia real de la transición energética global.
El dato no solo confirma una tendencia estancada, sino que cuestiona una narrativa dominante: la de una descarbonización en marcha. En realidad, la producción récord de energías fósiles sigue alimentando un volumen de emisiones que apenas ha variado respecto a años anteriores.
El metano, menos visible que el CO₂ pero mucho más potente en términos de calentamiento a corto plazo, representa cerca del 30 % del aumento de la temperatura global desde la revolución industrial. Su impacto es inmediato, aunque su vida en la atmósfera sea más corta. Precisamente por eso, su reducción se considera una de las palancas más eficaces para frenar el calentamiento en el corto plazo.
Sin embargo, la paradoja es evidente. Mientras gobiernos y empresas multiplican compromisos climáticos, no hay señales claras de descenso en las emisiones vinculadas a la energía. El sector petrolero lidera estas emisiones, seguido del carbón y del gas, en un reparto que refleja la persistencia estructural del modelo fósil.
El problema no es únicamente tecnológico, sino también político. Según la propia AIE, cerca del 30 % de estas emisiones podrían evitarse sin coste neto, mediante la captura y reutilización del gas que actualmente se pierde en fugas o se quema en antorchas. Es decir, no se trata de una limitación técnica, sino de falta de incentivos o de voluntad.
En un contexto de tensión energética agravado por la situación en Oriente Medio, la recuperación de ese metano podría incluso reforzar el suministro global. La AIE estima que permitiría inyectar hasta 200.000 millones de metros cúbicos de gas adicionales al mercado, una cifra que ilustra la magnitud del desperdicio actual.
Este contraste —entre discurso climático y realidad industrial— revela una de las contradicciones más profundas de la transición energética: se avanza en renovables sin reducir de forma proporcional la dependencia de los combustibles fósiles.
Reducir el metano no exige grandes revoluciones tecnológicas, sino decisiones concretas y rápidas. Y ahí reside el verdadero desafío: pasar de los compromisos a la ejecución.