Portugal se alinea con España en el Sáhara marroquí

30 septembre 2025 - 09:23

La votación del 26 de julio en el Parlamento portugués no fue un trámite. La propuesta presentada por CHEGA —partido de extrema derecha liderado por André Ventura y convertido en segunda fuerza parlamentaria— buscaba un reconocimiento explícito de la soberanía marroquí sobre el Sáhara. El texto fue rechazado, pero el debate dejó al descubierto algo más profundo: la política exterior de Lisboa ya ha cambiado de rumbo y mira en la misma dirección que Madrid.

El intento de CHEGA de forzar un reconocimiento explícito de la soberanía marroquí sobre el Sáhara quedó superado por la realidad diplomática. André Ventura buscaba capital político con una iniciativa que reproducía la misma línea que su partido defendió el año pasado. El problema para él es que el gobierno portugués ya había tomado posición meses antes y por cauces oficiales. La propuesta fue rechazada, pero el rechazo no significó distancia con Rabat, sino todo lo contrario.

El PSD, hoy en el poder, desactivó el texto subrayando que partía de una premisa equivocada. La resolución daba por hecho que Portugal mantenía contactos con la RASD, algo que nunca ocurrió, y obviaba que la diplomacia lusa ya había reconocido el plan de autonomía marroquí como la base más seria y viable dentro del marco de Naciones Unidas. En enero de este año, el gobierno fijó esa posición y la confirmó en la declaración conjunta firmada el 22 de julio entre Nasser Bourita, ministro de Exteriores de Marruecos, y Paulo Rangel, jefe de la diplomacia portuguesa. Lo que CHEGA pretendía exigir ya estaba incorporado en la agenda exterior portuguesa.

El PSD utilizó el rechazo como escenificación de autoridad institucional. Presentó el voto como una defensa de la coherencia del Estado y como señal de compromiso con un socio estratégico. La maniobra frenó el intento de protagonismo de CHEGA y consolidó al gobierno como interlocutor fiable ante Rabat. La diplomacia, en este caso, no respondió a una presión parlamentaria sino a una decisión que se venía preparando desde hace dos años.

El Partido Socialista fue el que peor leyó el momento. Quiso justificar su voto apelando al precedente de Timor Leste y acabó atrapado en su propio discurso. Esa comparación no responde al escenario actual ni a la estrategia que el propio PS empezó a construir durante el mandato de António Costa. En 2023, con la Reunión de Alto Nivel Portugal–Marruecos, se abrió un ciclo de acercamiento que desembocó en la posición actual. La dirección socialista podía haberse presentado como precursora del giro, pero eligió un tono defensivo que transmite desconexión y falta de confianza en su propio legado.

El episodio parlamentario sirvió para ordenar el mapa interno. CHEGA quiso aparecer como fuerza pionera, pero su propuesta quedó retrasada respecto a los hechos. El PSD se afirmó como arquitecto del cambio y como garante de la palabra del Estado. El PS mostró sus contradicciones y dejó escapar una oportunidad para reivindicar su papel histórico. Cada bloque enseñó su sitio y su intención.

Para España, el movimiento portugués supone algo más que una coincidencia diplomática. Desde que el Ejecutivo español respaldó en 2022 el plan marroquí de autonomía, la cuestión dejó de generar fricciones en la península ibérica. Alemania, Países Bajos y otros gobiernos europeos avanzan en el mismo sentido y observan el triángulo Madrid-Lisboa-Rabat como una pieza de estabilidad en el Mediterráneo occidental. Portugal, que hasta ahora mantenía un equilibrio discreto, consolida así su alineamiento con una estrategia que ya tenía socios y horizonte.

Lisboa no se mueve por inercia, porque su giro responde a intereses concretos vinculados a la energía, la seguridad y la gestión migratoria. El peso de Marruecos en África Occidental y su papel en los corredores atlánticos cuentan más que los discursos ideológicos que algunos partidos agitan todavía para consumo interno. Portugal busca afirmarse en el espacio mediterráneo y atlántico, y la sintonía con España y Rabat le permite situarse con mayor claridad en ese escenario.

El rechazo de la iniciativa de CHEGA, lejos de cerrar el tema, lo ha ordenado. El Parlamento portugués no discutió si apoyar o no al Sáhara marroquí, porque lo que hizo fue confirmar que la posición ya estaba fijada. CHEGA intentó reactivar un debate que había perdido actualidad, y el PSD aprovechó ese terreno para usar el voto como gesto de autoridad política. El PS exhibió dudas que reflejan un problema de identidad más que de contenido. La escena internacional entendió el mensaje sin necesidad de estridencias.

Portugal entra en una etapa donde el alineamiento con Madrid ya no se disimula. La política exterior ibérica gana una coherencia que durante décadas fue intermitente. El Sáhara marroquí se ha convertido en una pieza de esa construcción. Lo que se votó el 26 de julio no fue una resolución perdida, sino la confirmación de un viraje que Lisboa ya había hecho y que ahora adquiere visibilidad pública.

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