Europa occidental vivió en 2026 el verano más cálido jamás registrado

02 octobre 2026 - 02:55

La temperatura media alcanzó los 21,7 ºC entre junio y agosto, 2,5 grados por encima del promedio de 1991-2020 y por encima incluso del histórico verano de 2003. El balance de Copernicus dibuja una estación excepcional no solo por el calor: sequía generalizada, ríos en mínimos, mares anormalmente cálidos e incendios forestales convirtieron el verano de 2026 en una sucesión de extremos climáticos que afectaron al transporte, la energía, los ecosistemas y la salud.

Europa occidental acaba de cerrar el verano más cálido desde que existen registros. La temperatura media entre junio y agosto alcanzó los 21,7 ºC, 2,5 grados por encima de la media del periodo 1991-2020, según el balance presentado por Copernicus.

La cifra supera el récord que permanecía vigente desde 2003, el verano de la histórica ola de calor que golpeó buena parte del continente. Pero el récord de 2026 no se explica únicamente por algunos episodios extremos: uno de los rasgos más destacados de esta temporada ha sido precisamente la persistencia y extensión geográfica de las altas temperaturas.

Durante 17 días, al menos el 60 % del territorio de Europa occidental registró temperaturas superiores a los 30 ºC. En 2003 fueron once jornadas y en 2025 apenas siete.

En el conjunto de Europa, hasta un 52 % del territorio llegó a estar expuesto hacia finales del verano a un estrés térmico considerado «muy intenso», asociado a una sensación térmica de 38 ºC o más.

Mucho más que un récord de temperatura

El balance climático del verano revela, sin embargo, un fenómeno mucho más amplio. Las sucesivas olas de calor coincidieron con una sequía generalizada, caudales fluviales excepcionalmente bajos y temperaturas del mar inusualmente elevadas.

La combinación de estos factores multiplicó los efectos sobre numerosos sectores. La disponibilidad de agua disminuyó en varias regiones, los sistemas energéticos afrontaron dificultades, el transporte fluvial se vio condicionado y los ecosistemas quedaron sometidos a un fuerte estrés.

La salud humana también aparece entre los ámbitos directamente afectados por unas temperaturas que, además de alcanzar valores extremos durante el día, se mantuvieron elevadas durante periodos prolongados.

Copernicus advierte de que estos fenómenos deben analizarse cada vez más como riesgos interconectados. El calor extremo agrava la sequedad del suelo; la falta de humedad favorece a su vez temperaturas más elevadas y aumenta la vulnerabilidad de la vegetación, mientras la escasez de agua repercute sobre la agricultura, la energía y otras actividades económicas.

Los grandes ríos europeos, bajo mínimos

Una de las imágenes más reveladoras del verano estuvo en los grandes ríos del continente. El Rin, el Danubio, el Loira y el Ródano registraron caudales excepcionalmente bajos, con consecuencias directas sobre el transporte y la producción energética.

En el conjunto de Europa, los caudales estivales fueron los más bajos desde que comenzaron en 1992 los registros del Sistema Europeo de Alerta de Inundaciones.

La falta de agua dejó así de ser exclusivamente una cuestión medioambiental. Los bajos niveles de los ríos dificultaron el transporte de mercancías y afectaron tanto a la producción hidroeléctrica como al funcionamiento de instalaciones nucleares que necesitan grandes cantidades de agua para sus sistemas de refrigeración.

La situación volvió a mostrar la vulnerabilidad de determinadas infraestructuras europeas frente a periodos prolongados de calor y sequía.

Un Mediterráneo excepcionalmente cálido

El calor tampoco quedó confinado a tierra firme. Buena parte de las costas atlánticas europeas y del Mediterráneo occidental y central registraron temperaturas superficiales del mar récord o próximas a sus máximos históricos.

Las temperaturas anormalmente elevadas del agua constituyen otro indicador de un sistema climático sometido a fuertes anomalías y pueden ejercer presión sobre los ecosistemas marinos, además de influir sobre las condiciones atmosféricas de las zonas costeras.

La simultaneidad es precisamente uno de los elementos que distingue el verano de 2026: mientras amplias áreas del continente soportaban sucesivas olas de calor y sequía, los grandes ríos perdían caudal y los mares que rodean Europa acumulaban también un exceso considerable de temperatura.

España y Francia, especialmente afectadas por los incendios

El calor y la sequía crearon además condiciones particularmente favorables para la propagación de los incendios forestales.

A 2 de septiembre, la superficie quemada en la Unión Europea era casi el doble del promedio registrado para esas fechas durante el periodo 2006-2025. España y Francia se situaron entre los países con una actividad especialmente intensa.

La vegetación reseca, las temperaturas extremas y la escasa humedad transformaron extensas zonas en terrenos altamente vulnerables al fuego, aumentando tanto la velocidad de propagación de algunos incendios como la dificultad para contenerlos.

Los incendios fueron así una de las expresiones más visibles de una estación marcada por fenómenos que se reforzaron mutuamente.

El verano de los extremos conectados

Los 21,7 ºC de temperatura media constituyen el dato que coloca al verano de 2026 en los registros históricos, pero cuentan solo una parte de lo sucedido.

La principal característica de estos meses ha sido la coincidencia de varios extremos: temperaturas excepcionalmente altas, sequía, disminución de los caudales fluviales, calentamiento del mar e incendios forestales.

Sus consecuencias tampoco quedaron limitadas al medio ambiente. Alcanzaron el transporte, la producción energética, la disponibilidad de agua, los ecosistemas y la salud pública.

El récord de 2026 deja así una advertencia que va más allá del termómetro: el desafío europeo no consiste únicamente en soportar veranos cada vez más cálidos, sino en preparar sus ciudades, infraestructuras y sistemas productivos para riesgos climáticos que pueden producirse simultáneamente y amplificar sus efectos.

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