Barcelona reúne a la izquierda global para blindar la democracia frente al desorden internacional

19 avril 2026 - 09:29

Pedro Sánchez, Lula, Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y otros líderes progresistas se reunieron en la capital catalana para reivindicar una alternativa política frente al deterioro del multilateralismo, el auge de la ultraderecha y la creciente normalización de la fuerza como herramienta diplomática.

Barcelona quiso presentarse este fin de semana no como una capital de protesta, sino como una capital de resistencia política. Mientras en Milán la ultraderecha europea exhibía músculo ideológico, en la ciudad condal varios líderes progresistas intentaban construir el relato opuesto: el de una democracia que no se resigna a convertirse en un vestigio decorativo.

Pedro Sánchez abrió la IV Reunión en Defensa de la Democracia con una advertencia que ya no suena retórica sino urgente: “La democracia no puede darse por sentada”. El presidente del Gobierno español denunció los ataques crecientes contra el sistema multilateral, la erosión del derecho internacional y la peligrosa banalización del uso de la fuerza en la escena global.

No era una cumbre menor ni una fotografía protocolaria. Junto a Sánchez estuvieron Luiz Inácio Lula da Silva, Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y Cyril Ramaphosa, entre otros dirigentes que comparten una misma preocupación: la erosión de las reglas internacionales y el avance de discursos que convierten la fuerza en sustituto de la diplomacia.

Aunque las diferencias con Donald Trump flotaban en el ambiente, los participantes evitaron definir el encuentro como una cumbre anti-Trump. Gustavo Petro insistió en que se trataba de “una alternativa para el mundo, no contra alguien”. La formulación no es menor: la izquierda internacional intenta recuperar iniciativa narrativa sin quedar atrapada en la lógica reactiva que impone Washington.

Sánchez fue más allá y defendió la necesidad de una profunda reforma de Naciones Unidas. No solo habló de renovar la ONU, sino de replantear su legitimidad y su liderazgo, proponiendo incluso que la organización sea dirigida por una mujer. Lula, en la clausura, reforzó esa idea al reclamar la restitución de la credibilidad de Naciones Unidas, debilitada —según sus palabras— por la irresponsabilidad de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Pero la cumbre también sirvió para escenificar otro movimiento diplomático: el deshielo entre España y México. La presencia de Claudia Sheinbaum en Europa, la primera desde su llegada al poder, simbolizó una voluntad de recomposición tras años de tensiones por la exigencia mexicana de reconocimiento histórico sobre los abusos de la conquista.

Felipe VI ya había dado una señal en marzo al admitir públicamente esos abusos, y Sheinbaum respondió rebajando la tensión: “No hay crisis diplomática, nunca la ha habido”. Una frase diplomática, sí, pero también una manera de cerrar una etapa sin necesidad de teatralizar la reconciliación.

En paralelo, el mensaje más repetido fue el viejo lema pacifista: no a la guerra. Sánchez volvió a insistir en su rechazo a la escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán, una posición que le ha valido reproches directos de Trump, pero que también lo consolida como una de las voces europeas más incómodas para Washington.

Trump, fiel a su estilo, respondió con desdén y volvió a atacar a España por su negativa a elevar el gasto militar, calificando además su situación económica de “horrenda”. La respuesta, en realidad, confirma el peso político de la disidencia: cuando Washington critica, suele ser porque escucha.

Barcelona no resolvió el desorden del mundo, pero intentó al menos ponerle nombre. Y en tiempos de ruido global, eso ya empieza a parecer una forma de resistencia.

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