Hace pocos días llegó a mis manos un libro del escritor marroquí Tahar Ben Jelloun titulado La primavera árabe. El despertar de la dignidad. Fue publicado por Alianza Editorial en 2011. Ben Jelloun escribe aquí al calor de los acontecimientos que estaban teniendo lugar en diferentes países del mundo árabe: Túnez, Egipto, Argelia, Yemen, Libia y Marruecos.
Han transcurrido casi quince años desde que todo ello tuvo lugar y, si bien devoré el libro en apenas un par de días —es un texto corto y bien escrito—, me dejó una sensación de pesadumbre y hondo pesar. Sigo rumiando algunas líneas que me causan desazón, especialmente por lo que ocurre actualmente en esos países.
Este es el primer libro que leo de Tahar Ben Jelloun, aunque no es un escritor desconocido para mí. He leído muchas de sus columnas de opinión en la prensa marroquí desde hace varios años. Sus observaciones, críticas y comentarios en torno a la laicidad, la modernidad, la ciudadanía, el civismo, las libertades y la individualidad se asemejan bastante a las mías cuando hablo de la sociedad colombiana o de ciertos aspectos vinculados con el populismo en América Latina, región heredera de la cristiandad hispánica.
Pero, mientras leía este libro, me asaltó constantemente la inquietud de si quizá muchos intelectuales en su día pensaron con el deseo. ¿Sería apropiado decir sintieron? Miraron aquellos acontecimientos con demasiada esperanza y sobrevaloraron su alcance.
Como ciudadana latinoamericana, desconfío de las revoluciones. Los revolucionarios en América Latina nos han curtido en la desconfianza frente a esos procesos y sus resultados. La sentencia de Orwell, respecto a que la revolución se hace para instaurar una dictadura, la llevo atravesada en la piel.
Pero, ¿se puede juzgar la esperanza y el legítimo anhelo de libertad de unas sociedades pobres y oprimidas? Sería una gran injusticia hacerlo. Porque sí, los ciudadanos de estos países tenían demasiadas razones para levantarse contra esos regímenes. ¿Quiénes vendrían después de derrocar a los tiranos? ¿Otros nuevos tiranos?
Ben Jelloun lo describe con gran claridad y ayuda al lector a situarse en el espacio y el tiempo. Es muy ilustrativo para quienes no pertenecemos a esta región del mundo. Sin embargo, por lo mismo que él describe, habida cuenta de los antecedentes y de las largas décadas de esas tiranías, sobresale que estos países y sus sociedades carecían de cimientos, materiales y bases para asegurar transiciones exitosas que condujeran, tras la horrible noche, a la instauración de la democracia y al establecimiento de sistemas políticos modernos con libertades plenas y universalidad de los derechos humanos.
El fin de semana, durante una comida con un amigo e intelectual marroquí octogenario —a quien guardo mucha estima y respeto por su dilatada experiencia y trayectoria en Naciones Unidas, en todos estos países árabes y también en los del continente africano—, le enseñé el libro y le dije que me había gustado leerlo, pero que el balance de todo este proceso parecía poco alentador.
Él fue lacónico: “La primavera árabe que no fue ni primavera ni árabe”.
Abrí los ojos tanto como pude y él agregó: “Esa fue una decisión, invención e intervención foránea, extranjera. Era evidente que iba a fracasar”.
Maticé: ¿Cómo dices eso? Las causas que describe Ben Jelloun y que motivaron los levantamientos eran demasiadas. Los pueblos árabes habían soportado durante muchas décadas sufrimientos y humillación por parte de esas élites poscoloniales que se dedicaron al saqueo de la riqueza, convirtieron estas naciones en sus feudos y se apoltronaron en el poder para siempre. Desde luego, sostenidas por Occidente, como bien describe el autor con citas incontestables en donde queda evidenciado el cinismo de algunos personajes y figuras de la política europea, su connivencia y contubernio, entre otros, con el repugnante dictador Gadafi.
Cuando el autor describe el terrible caso de Mohamed Buazizi, en Túnez, y otros que quisieron emularlo —25 intentos de inmolación por el fuego en Argelia—, cualquier lector, sin ser un experto en el mundo árabe, puede ponerse en los zapatos de estas poblaciones y entender la desesperación de estos hombres y de otros miles como él. Estaban exhaustos de tanta injusticia y difícilmente podían estar obedeciendo órdenes de un canciller o de un presidente americano, entre otras cosas, porque en su lucha por la supervivencia diaria, entre las ventas ambulantes, las mercancías confiscadas y la extorsión de serviles funcionarios de esos regímenes, leer la prensa y enterarse de qué decían los políticos occidentales no era prioridad.
El caso de Túnez es para mí el más interesante porque este país contaba con antecedentes de modernidad: el legado modernizador y autoritario de Burguiba, antes de la dictadura de Ben Ali. Y hasta hace unos años era el ejemplo más ponderado de la llamada primavera árabe. No obstante, hoy ese panorama se ha vuelto incierto. El caos de Libia y la era de Abdelfatah el Sisi en Egipto hablan por sí mismos. Yemen parece otro mundo y el chiste que registra allí Ben Jelloun da mucho que pensar. En Argelia los militares continúan al frente del poder desde la independencia en 1962. Y Marruecos: a la luz de la realidad, en todos estos casos, salió bien librado del desastre. No hubo revolución: el país ya estaba en medio de un proceso de transición y de democratización desde arriba. Hubo reformas, importantes sí, aunque quizá no fueron tan lejos como demandaban los sectores más modernistas, pero en ese contexto de pugna con posiciones conservadoras y oscurantistas, se lograron avances. Marruecos se mantiene estable y con instituciones en pie.
Desconozco si el escritor marroquí ha publicado algún nuevo libro a este respecto. Le diría que me encantó leerlo, pero que debería escribir algo nuevo, matizando y reescribiendo las conclusiones, porque en algunos casos cesó la brutalidad de unos para reaparecer con otros liderazgos igualmente crueles y, en muchos países, los pueblos siguen sometidos, dominados y humillados.
Tahar Ben Jelloun: los dictadores, viejos o nuevos, continúan pisoteando la dignidad de los árabes. Entonces, ¿cuál es su lectura y balance de la primavera árabe transcurridos casi quince años?