Benjamin Netanyahu acaba de nominar a Donald Trump para el Premio Nobel de la Paz. Le entregó la carta de nominación en mano durante una cena privada en la Casa Blanca. Al recibirla, Trump sonrió y dijo que viniendo de Netanyahu, era un gesto “muy significativo”.
Visto desde América Latina, donde los premios Nobel de la Paz escasean y la palabra “paz” se pronuncia con el respeto de quien ha visto demasiadas guerras internas, esta nominación suena irónica. La paz según Trump fue la paz de los Acuerdos de Abraham: normalizar relaciones entre Israel y países árabes como Marruecos, Bahréin y Emiratos. Para muchos analistas, estos acuerdos consolidaron alianzas geopolíticas más que procesos de reconciliación social.
Netanyahu sabe manejar los símbolos. Nominar a Trump no solo es un acto de gratitud diplomática; también es un mensaje interno y externo. Interno, porque recuerda a su base que Trump siempre apoyó su política sin matices. Externo, porque es un gesto de presión en un contexto donde Israel busca apoyo irrestricto frente a Irán y Hamas. En la misma cena se discutía un alto el fuego en Gaza, un territorio donde la paz siempre termina escribiéndose con pólvora.
En América Latina, la figura de Trump divide aguas. Para algunos gobiernos fue un aliado pragmático. Para otros, un impulsor de políticas migratorias y comerciales que afectaron vidas y economías. Pero más allá de las simpatías o rechazos, su nominación al Nobel de la Paz revela un viejo principio de la geopolítica: la paz, cuando se otorga como premio, casi siempre obedece a equilibrios de poder.
El Nobel de la Paz ha galardonado en el pasado a líderes que impulsaron procesos reales de reconciliación: Mandela, Rigoberta Menchú, Pérez Esquivel. Hoy, cuando el mundo observa con escepticismo los conflictos en Gaza, Ucrania o Haití, la nominación de Trump parece menos un homenaje a la paz y más un recordatorio de que la política internacional sigue premiando la fuerza antes que la justicia.
En América Latina, donde la paz sigue siendo un horizonte incompleto, este gesto de Netanyahu se ve con una mezcla de asombro y resignación. Una vez más, la diplomacia global nos recuerda que la paz no siempre es la ausencia de guerra, sino la decisión de silenciarla cuando conviene.