Mediocracia al mando: la excelencia bajo sospecha

28 juillet 2025 - 11:58

Hay épocas que coronan a los valientes y otras que prefieren a quienes se adaptan sin sobresaltos. Vivimos en estas últimas. La mediocridad asciende gracias a su apariencia de sensatez, funcionalidad y buena educación. Alain Deneault articula con claridad una sospecha que atraviesa nuestras sociedades.

«Mediocre y sabiendo arrastrarse, uno llega a todas partes». Con esa ironía brutal, Beaumarchais parece haber anticipado la médula de nuestro presente. Alain Deneault, filósofo canadiense, ha transformado esa intuición en una tesis incómoda: vivimos bajo una mediocracia, un régimen donde el poder ya no busca la excelencia, sino la neutralidad funcional. Su libro Mediocracia. Cuando los mediocres toman el poder no es tanto una denuncia como una radiografía de una época que se ha vuelto experta en disimular su renuncia a lo mejor.

Deneault no escribe para la nostalgia de las élites ilustradas, ni para la arrogancia meritocrática. Su crítica apunta más hondo: desmonta cómo el sistema económico, político y profesional ha vaciado de contenido a las palabras «mérito», «eficiencia», «liderazgo». Lo que emerge es una forma de poder que premia a quien no incomoda, a quien ejecuta sin cuestionar, a quien se adapta a las normas sin pasión ni proyecto. En lugar de los mejores, ascienden los más administrables.

A primera vista, podría parecer un ensayo sobre Canadá o Francia. Pero basta mirar a América Latina —y especialmente a sus burocracias, universidades, medios y partidos— para sentir que nos están hablando al oído. ¿Cuántas veces hemos visto ascender a los que «no hacen olas»? ¿Cuántas veces se ha confundido la cortesía con la competencia, la obediencia con la capacidad?

En el mundo latinoamericano, donde los vínculos personales aún pesan más que los criterios objetivos, la mediocracia encuentra terreno fértil. Pero sería un error culturalista. Deneault diagnostica una lógica global que atraviesa todos los sectores y estructura el funcionamiento de nuestras sociedades. Quien destaca, desnivela el orden que la mediocridad necesita para sostenerse. Por eso la lógica del sistema la neutraliza: la expulsa o la trivializa. El ideal del «buen profesional» se ha desplazado hacia alguien que sepa «encajar», no quien tenga una visión incómoda o demasiado lúcida.

El libro va más allá de la crítica superficial al conformismo. Lo que plantea es una transformación estructural del poder: ya no se trata de mandar con grandeza, sino de gestionar sin sobresaltos. Y eso tiene consecuencias. La creatividad se sospecha; el pensamiento crítico se encasilla en informes; la política se convierte en branding; la cultura en espectáculo. La mediocracia no reprime: disuelve. Lo hace con buenos modales, con comités, con estándares y con encuestas de satisfacción.

Frente a esto, Deneault no propone una cruzada de genios ni una épica del talento individual. Su apuesta es más sobria y más radical: recuperar el juicio ético en nuestras elecciones cotidianas. Preguntarnos si premiamos a los mejores o a los más convenientes. Si nuestras instituciones promueven el coraje o la simulación. Si, en definitiva, queremos vivir rodeados de lo simplemente aceptable, o aspiramos a algo que todavía se parezca a lo admirable.

¿Y si la mediocracia no fuera solo una patología del poder, sino una pedagogía involuntaria? Nos enseña —sin decirlo— a bajar la vara, a normalizar lo insípido, a resignarnos al mínimo común denominador. La excelencia, entonces, no se elimina de golpe: se vacía de sentido. Se vuelve sospechosa. Excesiva. Inviable.

El reto está lanzado. La crítica de Deneault incomoda porque no señala solo a los de arriba. También nos implica a nosotros: lectores, docentes, editores, votantes. ¿Cuántas veces hemos preferido al «correcto» por sobre el brillante? ¿Cuántas veces hemos temido que la excelencia «divida», que el genio «comprometa»?

Quizás ha llegado el momento de invertir la sospecha. Más que temer a lo brillante, deberíamos preguntarnos por qué seguimos eligiendo lo cómodo. Como escribió el propio Deneault: “El mediocre no tiene malas intenciones; simplemente colabora sin pensar”.

El día que dejemos de premiar la conformidad como virtud, quizá empiece a terminar el reinado amable —pero asfixiante— de los mediocres.

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