La diplomacia, sus vías, formas y canales tradicionales han sufrido daños considerables en Colombia en los últimos tres años, por cuenta del presidente Gustavo Petro.
Petro es un presidente que cree saber y pretende influir en cuestiones que lo exceden, exhibiendo a menudo su desconocimiento, maniqueísmo e hiperideologización. Esta semana devino en editorialista, justamente él, quien ha atacado y hostigado inmisericorde al periodismo crítico y a los medios que no se pliegan a sus verdades ni a su manera errática y binaria de interpretar la realidad.
El mandatario colombiano no solo se acostumbró a gobernar a golpe de tuits, ahora red social X, también pontifica sobre temas variados de política exterior, osa dar lecciones a Emmanuel Macron, y ha dicho que escribe de su puño y letra todo lo que le dice a Estados Unidos —y la verdad, nadie lo pone en duda.
Gustavo Petro ha hecho temblar la relación con Estados Unidos gracias a los desmanes de su inspiración bajo el efecto, uso o abuso de sustancias en la madrugada. Cree, además, que va a solucionar conflictos y guerras enrevesadas en regiones lejanas del mundo, mientras su “paz total” fracasa estruendosamente, el país se incendia y la violencia se desborda por cuenta de acciones de terroristas y criminales que él creyó que iba a desmovilizar.
En su día, la designación de su tercera canciller, Laura Sarabia, fue cuestionada por la ausencia de mérito para el cargo y su inexperiencia en la cartera de Exteriores. Pero Sarabia mostró, además de lealtad, gran proactividad, siempre presta a limpiar el desorden de un presidente que no solo hace ruido sino que genera desastres, porque pierde el control sobre sus actos en determinadas circunstancias, desestimando su investidura y convirtiendo estas circunstancias en eventos cada vez más frecuentes.
Los escándalos del petrismo en visitas oficiales (o no) por Europa generan inquietud, pero también hay preocupación por el rol de sus embajadores en algunas de las principales capitales europeas. La preocupación por la probidad y mérito de los representantes de Colombia en el exterior es entendible. Las designaciones en las embajadas más importantes carecieron de mérito y se asignaron por lealtad, amistad y cercanía con el presidente o con la primera dama, Verónica Alcocer.
Sarabia confirmó su salida de la Cancillería esta semana y en su reemplazo asumió Rosa Villavicencio, otra canciller que no habla inglés y no tiene credenciales para el cargo. Pero, además, Villavicencio no ha estado exenta de la polémica. Ahora que su nombre cobra visibilidad en el país, sobresalen su afinidad con el chavismo y su defensa y simpatía para con el dictador Nicolás Maduro. En la fraudulenta elección del año pasado, cuando el mundo presenció cómo el régimen chavista se robó las elecciones, ella defendió que “el pueblo eligió”. ¿Hacia dónde van la diplomacia y la política exterior colombianas bajo la conducción de Petro?
La salida de Sarabia se produjo por la polémica con la extensión del contrato a la firma Thomas Greg & Sons, dedicada a la impresión de pasaportes, y el anuncio presidencial y de su vocero y jefe de despacho presidencial, Alfredo Saade, de iniciar operaciones con Portugal a partir del 1 de septiembre.
Ahora la Cancillería ha debido reconocer que se precisan unos nueve meses para hacer ese movimiento, por tanto, es “inviable” iniciar operaciones con Portugal en esa fecha. De hecho, todavía no existe un acuerdo firmado con Portugal ni un cronograma oficial.
Desorden, caos e improvisación son ya signos indefectibles de este gobierno.