El artículo más popular este lunes en The Atlantic es el de Anne Applebaum, periodista, historiadora, columnista y escritora estadounidense, quien analiza la propaganda autoritaria moderna y cómo la administración Trump se vale de esta para distorsionar la realidad y generar apatía. La propaganda autoritaria moderna que se producirá desde el Pentágono a partir de sus recientes cambios, y quizás desde otras agencias gubernamentales, no está diseñada para generar verdaderos creyentes ni movimientos de masas, sino para generar apatía y desconfianza, sostiene Applebaum.
Ese sería el modelo preferido y adoptado por la administración Trump, no únicamente en el Pentágono, sino también en la Casa Blanca y en otras instancias, dice, para “desconcertar al público”. Para ello cuentan chistes, mentiras, historias divertidas, y publican vídeos siniestros creados por IA. Estas expresiones no están orientadas a que los estadounidenses crean las declaraciones del gobierno; más bien buscan generar caos, duda, opacidad y desconfianza, nublando y confundiendo la realidad.
Applebaum señala este lunes que, si se imaginan los medios de comunicación en una dictadura, es posible visualizar algo aburrido y gris. Podría un lector recordar algún pasaje de la narración de George Orwell en 1984. Applebaum menciona, a efectos gráficos, un programa de la televisión estatal soviética ensalzando la cosecha anual, entre otras imágenes que ayudarían a construir una postal nítida.
Sin embargo, advierte que, si se imagina la propaganda de ese modo, la percepción está desfasada, porque hoy en día la propaganda de los autócratas y líderes autoritarios es variada, colorida e incluso fascinante. Por ejemplo, Hugo Chávez ofrecía su puesta en escena en la televisión durante varias horas, en las que cantaba, charlaba y hasta entrevistaba celebridades. El sitio web que hoy amplifica y reproduce la voz del aparato ruso —el Kremlin de Vladimir Putin— ofrece diversidad de historias, entre ellas una sobre “las hermosas mujeres que atraen a los moscovitas a estafas de citas”, seguida de un relato alarmista sobre cómo Ucrania “está siendo convertida en un campo de entrenamiento para el ejército de la UE”.
Esos esfuerzos y piezas comunicativas no tienen como objetivo único desinformar, sino también generar desconfianza. No hay una forma unificada de propaganda para los regímenes autoritarios modernos. Hay, en cambio, versiones diversas y contradictorias de la realidad: pueden ser intelectuales o vulgares, serias o absurdas, con una parte de verdad y una gran dosis de falsedades.
El efecto que se busca es confundir a los ciudadanos respecto de lo que realmente está sucediendo. Se infiere también, a partir de lo que plantea la autora, que las fake news pueden parecer tan reales y certeras que será difícil para el ciudadano identificar cabalmente que son invenciones construidas desde el autoritarismo del poder con el propósito de confundir.
Y aquí viene la peor parte. Dice Applebaum que, por primera vez en la historia, el Departamento de Defensa de Estados Unidos se ha estado preparando cuidadosamente para ofrecer a los estadounidenses algo similar: “no información, sino entretenimiento, escándalo, adulación y chistes”.
A principios de este mes, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, exigió que todos los corresponsales de medios de comunicación del Pentágono firmaran un documento en el que se acordaban nuevas restricciones para la circulación de los periodistas y, lo que es más importante, que se les prohibía publicar información que contradijera las versiones oficiales. Una restricción que, según algunos, corría el riesgo de criminalizar el periodismo común.
Ante tal anuncio, docenas de periodistas abandonaron el edificio, incluidos reporteros de The Atlantic, pero también representantes de Newsmax y Fox News. Muchos profesionales con años de experiencia en esa área dejaron el lugar. Ahora llegarán sus reemplazos, y se advierte que son marcadamente diferentes. La escritora hace una pertinente aclaración: aunque se los describe ampliamente “de derecha”, como si fueran conservadores, la mayoría son realmente “teóricos de la conspiración, propagandistas nacionales e internacionales y otros con poco conocimiento institucional”. Incluso han llegado a traer corresponsales —¿expertos?— que anteriormente trabajaron para empresas financiadas por RT, el medio estatal ruso. Este será el nuevo cuerpo de prensa, y ninguno tiene reputación de ser experto en asuntos militares, precisa la autora.
“Estos medios podrían, por supuesto, producir propaganda a favor de Trump. Pero lo más importante, producirán confusión. En un momento de múltiples crisis internacionales, en un momento en que Estados Unidos está a punto de involucrarse en algún tipo de acción militar en Venezuela, mientras la Guardia Nacional está siendo enviada a ciudades estadounidenses contra la voluntad de los gobernadores, las posiciones oficiales del Pentágono serán retransmitidas por Timcast, The Epoch Times, LindellTV y Gateway Pundit, lo que significa que muchas personas simplemente dejarán de creer en absoluto las declaraciones del Pentágono”, puntualiza.