Una voz familiar y una foca robot: la tecnología busca su lugar en el cuidado del alzhéimer

20 septembre 2026 - 08:08

El robot Paro durante una actividad de acompañamiento. Fotografía de contexto; no corresponde necesariamente a las sesiones del hospital Broca descritas en el artículo.

Centros franceses prueban asistentes conversacionales y robots para acompañar a personas con deterioro cognitivo. Las experiencias exploran cómo favorecer la conversación, estimular la memoria y aliviar la agitación, siempre bajo supervisión humana.

Una mujer de 83 años recibe un teléfono de manos de una auxiliar de enfermería. Cree conversar con su nieto Bastien, pero quien responde es una inteligencia artificial que reproduce su voz. Durante unos diez minutos, la residente habla de asuntos cotidianos, hasta que se cansa y cuelga. La escena, recogida en un reportaje de AFP, ilustra una de las vías que empieza a explorar la tecnología en el acompañamiento de personas con alzhéimer.

El dispositivo se llama Livana y está siendo probado en la residencia La Septfontoise, en el suroeste de Francia. Según su fundador, Nicolas Raulin, las conversaciones se personalizan con información aportada por la familia y con la participación de la psicóloga del centro. Los recuerdos felices y los episodios de la vida de cada persona sirven de apoyo para construir un diálogo cercano.

El equipo de la residencia describe situaciones en las que la herramienta ayuda a tranquilizar a personas agitadas. Se trata, sin embargo, de observaciones de una experiencia en curso: el reportaje no aporta resultados clínicos que permitan afirmar que Livana reduce de forma general la necesidad de medicación. La directora, Ghislaine Verines, insiste en que el sistema no sustituirá al profesional.

No todos quieren hablar con un robot

En el hospital Broca de París, el Broca Living Lab estudia otras formas de interacción. Su responsable, Maribel Pino, investiga cómo reaccionan las personas mayores con dificultades cognitivas o pérdida de autonomía ante robots humanoides y robots con apariencia de animales.

Uno de ellos es Miroki, un personaje de grandes orejas y rostro animado. Una residente de 72 años, identificada con el nombre ficticio de Michèle, conversa con él y sugiere que podría leer libros a quienes ya no pueden hacerlo. La psicóloga e ingeniera de investigación Léa Vecchioni explica que lo utilizan como apoyo en actividades de memoria, atención y lenguaje.

La respuesta cambia de una persona a otra. Ginette, de 99 años y también identificada con un nombre ficticio, rechaza a Miroki porque sus manos le parecen demasiado largas. En cambio, acepta colocar sobre sus rodillas a Paro, un robot con aspecto de cría de foca que responde mediante movimientos y sonidos al contacto y a otros estímulos.

Paro se emplea para favorecer el sosiego y facilitar intercambios durante las sesiones. Algunas investigaciones han observado resultados prometedores en contextos concretos, aunque sus autores reclaman estudios más amplios y prolongados para precisar los beneficios. Estudio clínico sobre Paro.

La relación humana sigue en el centro

Estas experiencias también plantean preguntas sobre cómo informar a las personas atendidas, proteger sus datos y respetar su voluntad, especialmente cuando una voz artificial se presenta como la de un familiar. La aceptación de la familia no elimina la necesidad de observar la comodidad o el rechazo de quien utiliza el dispositivo.

La tecnología puede ofrecer un recurso adicional para iniciar una conversación o acompañar una actividad. Su utilidad depende de la persona, del contexto y de la supervisión. En Broca, recuerdan las investigadoras, es el terapeuta quien dirige la sesión.

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