El abuso de las pantallas se asocia a millones de años de vida saludable perdidos entre los jóvenes

07 octobre 2026 - 08:38

Una de las mayores revisiones realizadas hasta ahora sobre el impacto de los medios digitales advierte de su posible coste para la salud de niños y jóvenes. Los investigadores calculan que pasar más de dos horas diarias frente a las pantallas podría estar asociado, a escala mundial, con 2,8 millones de años de vida saludable perdidos por depresión y otros 240.000 por obesidad cada año. Los autores subrayan, sin embargo, que se trata de una estimación ilustrativa y no de una relación causal demostrada.

El debate sobre el uso de móviles, redes sociales, videojuegos y otros medios digitales entre niños y adolescentes adquiere una nueva dimensión sanitaria. Una serie de tres trabajos elaborada por 13 expertos internacionales y publicada por The Lancet plantea que el entorno digital debería comenzar a considerarse un determinante de la salud pública y no únicamente una cuestión de hábitos individuales o responsabilidad familiar.

La investigación que sustenta esta advertencia tiene una amplitud poco habitual. Una revisión global ha analizado 121 revisiones científicas anteriores que, en conjunto, abarcan 2.790 estudios y datos de más de nueve millones de personas menores de 25 años.

Los resultados muestran asociaciones relativamente consistentes entre el uso problemático de los medios digitales y una mayor incidencia de problemas de salud mental, alteraciones del sueño y reducción de la actividad física. Los investigadores distinguen, además, entre simplemente pasar tiempo delante de una pantalla y desarrollar un patrón problemático de utilización, caracterizado por comportamientos compulsivos o difíciles de controlar.

2,8 millones de años: qué significa realmente la cifra

Uno de los datos más llamativos procede de una estimación sobre la carga sanitaria potencial. Los investigadores calculan que una exposición superior a dos horas diarias podría estar asociada globalmente con alrededor de 2,8 millones de años de vida saludable perdidos anualmente por depresión, a los que se sumarían aproximadamente 240.000 por obesidad.

La cifra no significa que las pantallas resten literalmente 2,8 millones de años de esperanza de vida. El cálculo utiliza el concepto de años de vida saludable perdidos, una medida epidemiológica destinada a cuantificar conjuntamente enfermedad, discapacidad y mortalidad prematura.

Y existe otra precaución fundamental: los propios investigadores advierten de que esas cifras no deben interpretarse como una medición exacta del daño provocado por las pantallas. La evidencia disponible presenta una certeza limitada y no permite establecer que el uso digital sea directamente responsable de la depresión o la obesidad.

La relación puede funcionar además en ambos sentidos. Un adolescente con síntomas depresivos, problemas de integración o menor actividad física puede pasar más tiempo conectado, de la misma manera que determinados patrones de utilización digital pueden desplazar horas de sueño, ejercicio o interacción presencial.

Más allá de contar las horas

El estudio introduce precisamente una distinción importante en un debate que durante años se ha concentrado en preguntar cuántas horas pasa un menor frente a una pantalla. Los investigadores consideran que también importa qué hace el joven durante ese tiempo, qué plataforma utiliza y cómo está diseñada.

El desplazamiento infinito de contenidos, la reproducción automática, las notificaciones constantes o los sistemas algorítmicos destinados a mantener la atención forman parte de un entorno muy diferente al de utilizar una pantalla para estudiar, hablar con familiares, crear contenidos o realizar una actividad física mediante un videojuego.

De hecho, la revisión también encuentra posibles beneficios asociados al uso digital moderado y relaciones positivas entre los videojuegos activos y determinados indicadores de bienestar y estilos de vida saludables.

Una generación prácticamente conectada

La dimensión del problema aumenta por la universalización del acceso. Datos de la OCDE muestran que el 93 % de los niños de alrededor de diez años dispone de conexión a internet y aproximadamente el 70 % ya tiene su propio teléfono inteligente. Entre los jóvenes de 15 años, el acceso a dispositivos digitales es prácticamente universal.

Los autores reclaman por ello que el debate deje de descansar exclusivamente sobre padres y menores. Entre sus propuestas figuran exigir a las empresas tecnológicas evaluaciones de los posibles riesgos de nuevos productos y funcionalidades, facilitar a investigadores independientes el acceso a datos actualmente en poder de las plataformas y avanzar hacia mecanismos internacionales de gobernanza digital.

La principal conclusión científica resulta así más matizada que el simple mensaje de que «las pantallas son perjudiciales». El tiempo importa, pero también importan el tipo de uso, el contenido, el diseño de las plataformas y aquello que la actividad digital desplaza —sueño, ejercicio o relaciones sociales— en la vida cotidiana de niños y adolescentes.

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