Desde la guerra hispano-estadounidense de 1898 hasta las actuales discrepancias entre Pedro Sánchez y Donald Trump, las relaciones entre Madrid y Washington han alternado entre la cooperación estratégica y los enfrentamientos políticos. La Guerra Fría, la invasión de Irak, el conflicto en Gaza o las recientes tensiones con Irán han puesto a prueba una alianza que, pese a las diferencias, sigue sustentándose en intereses militares, económicos y geopolíticos compartidos. La negativa del Gobierno español a facilitar el uso de su espacio aéreo para operaciones estadounidenses ha reabierto un debate que acompaña a ambos países desde hace más de siete décadas.
De la guerra de 1898 a los Pactos de Madrid: el origen de una alianza estratégica
Las tensiones entre España y Estados Unidos no son un fenómeno nuevo. Su primer gran enfrentamiento se remonta a 1898, cuando ambos países libraron la guerra que puso fin al imperio colonial español en América y el Pacífico.
El conflicto comenzó después de que el Congreso estadounidense reconociera la independencia de Cuba y exigiera la retirada de las tropas españolas de la isla. Madrid respondió declarando la guerra a Washington, pero la superioridad naval estadounidense resultó decisiva. En apenas unos meses, España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas, las últimas grandes posesiones de ultramar que conservaba.
Aquella derrota dejó una profunda huella en la sociedad española. Más que un revés militar, fue interpretada como el símbolo del declive definitivo de una potencia que durante siglos había dominado vastos territorios en varios continentes. El llamado «Desastre del 98» alimentó un intenso debate político e intelectual sobre el futuro del país y consolidó un sentimiento de desconfianza hacia Estados Unidos que perduró durante décadas.
Sin embargo, la historia dio un giro inesperado tras la Segunda Guerra Mundial.
El régimen de Francisco Franco quedó inicialmente aislado por las potencias vencedoras debido a su cercanía con la Alemania nazi y la Italia fascista. Aunque España se declaró oficialmente no beligerante durante la mayor parte de la guerra, el envío de la División Azul al frente soviético y la afinidad ideológica con el Eje provocaron el rechazo de buena parte de la comunidad internacional.
En los primeros años de la posguerra, Washington apostó por mantener el aislamiento diplomático del franquismo. La posibilidad de que España se integrara en las nuevas instituciones internacionales parecía remota y el régimen afrontaba una delicada situación económica y política.
Pero el inicio de la Guerra Fría cambió por completo las prioridades de Estados Unidos.
La creciente rivalidad con la Unión Soviética convirtió la posición geográfica de España en un activo estratégico de enorme valor. Situada entre el Atlántico y el Mediterráneo y muy próxima al norte de África, la península ibérica pasó a ser considerada una pieza clave para la defensa del flanco sur de Europa.
A finales de la década de 1940, Washington abandonó progresivamente su política de aislamiento y comenzó a favorecer un acercamiento con Madrid. El objetivo ya no era juzgar el carácter del régimen franquista, sino impedir que la expansión soviética encontrara nuevos espacios de influencia en Europa occidental.
Ese cambio culminó en 1953 con la firma de los Pactos de Madrid, tres acuerdos económicos y militares que marcaron el nacimiento de la alianza estratégica entre ambos países.
Gracias a esos pactos, Estados Unidos obtuvo autorización para instalar bases militares en territorio español, entre ellas las de Rota (Cádiz) y Morón (Sevilla), que con el tiempo se convertirían en dos de sus principales plataformas militares en Europa y el Mediterráneo.
A cambio, el régimen franquista recibió ayuda económica, asistencia militar y, sobre todo, el respaldo político que necesitaba para romper el aislamiento internacional que había sufrido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Aunque España seguía fuera de la OTAN y de las principales instituciones europeas, los acuerdos con Washington marcaron un punto de inflexión en su política exterior y consolidaron una relación estratégica que perdura hasta nuestros días.
De la Transición a la guerra de Irak: una alianza reforzada, pero no exenta de tensiones
La muerte de Francisco Franco, en noviembre de 1975, abrió una nueva etapa en las relaciones entre España y Estados Unidos. Para Washington, la prioridad consistía en preservar las bases militares instaladas en territorio español mientras acompañaba la transición hacia un sistema democrático estable.
En plena Guerra Fría, la Península Ibérica seguía siendo una pieza clave en la estrategia occidental. Las revoluciones en Portugal, la inestabilidad en el Mediterráneo y la creciente influencia soviética en distintas regiones reforzaban el interés estadounidense por mantener a España dentro de su esfera de aliados.
Con ese objetivo, ambos gobiernos firmaron en 1976 un nuevo Tratado de Amistad y Cooperación, que sustituyó los acuerdos anteriores y garantizó la continuidad de las instalaciones militares estadounidenses en Rota, Morón, Torrejón y Zaragoza. Al mismo tiempo, Washington respaldó al rey Juan Carlos I como garante de una transición pacífica hacia la democracia.
La consolidación democrática abrió la puerta a un paso decisivo: la integración de España en las estructuras políticas y de defensa occidentales.
En 1982, el Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo impulsó el ingreso del país en la OTAN, una decisión que dividió profundamente a la sociedad española. Mientras los partidos de centro y derecha defendían la adhesión como una garantía de seguridad y modernización de las Fuerzas Armadas, buena parte de la izquierda denunciaba una excesiva dependencia de Estados Unidos bajo el conocido lema de «OTAN, de entrada no».
Paradójicamente, fue el socialista Felipe González quien terminó consolidando esa integración. Tras llegar al poder en 1982, moderó la posición de su partido y convocó el referéndum de 1986, en el que una mayoría de españoles respaldó la permanencia en la Alianza Atlántica. Ese mismo año, España ingresó también en la entonces Comunidad Económica Europea, completando su incorporación al bloque occidental y reforzando aún más sus vínculos con Washington.
Durante la década de 1990, la política exterior española ganó peso internacional. Madrid acogió en 1991 la Conferencia de Paz sobre Oriente Próximo y, pocos años después, una cumbre de la OTAN, reflejo del nuevo papel que España desempeñaba como socio fiable tanto para Estados Unidos como para Europa.
Aznar y Bush: el momento de mayor cercanía
El mayor acercamiento entre Madrid y Washington llegó con la llegada al poder de José María Aznar y George W. Bush.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos lanzó la llamada «guerra contra el terrorismo». Aznar decidió alinearse plenamente con la estrategia de la Casa Blanca convencido de que esa relación privilegiada reforzaría la influencia internacional de España.
La sintonía entre ambos dirigentes fue extraordinaria. Aznar mantuvo una relación directa con Bush y situó a España entre los principales aliados de Estados Unidos dentro de la Unión Europea, una posición que generó importantes diferencias con Francia y Alemania, contrarias a la invasión de Irak.
El momento culminante llegó en marzo de 2003 durante la Cumbre de las Azores, donde Bush, Tony Blair, José María Aznar y el primer ministro portugués José Manuel Durão Barroso escenificaron el respaldo político a la invasión de Irak.
Aquella fotografía se convirtió en uno de los símbolos más representativos de la política exterior española de comienzos de siglo.
Sin embargo, la estrategia del Gobierno chocó frontalmente con la opinión pública. Las manifestaciones contra la guerra reunieron a cientos de miles de personas en las principales ciudades del país y las encuestas reflejaban un rechazo mayoritario a la intervención militar.
Pese a ello, Aznar mantuvo el apoyo político a Washington hasta el final de su mandato.
El 11-M y el giro con Zapatero
Los atentados del 11 de marzo de 2004 marcaron un punto de inflexión.
Las explosiones en varios trenes de Cercanías de Madrid causaron 192 muertos y cerca de dos mil heridos, en el peor atentado terrorista de la historia de España. La gestión política de aquellas horas y el debate sobre la autoría de los ataques influyeron decisivamente en las elecciones celebradas tres días después.
La victoria del PSOE llevó a José Luis Rodríguez Zapatero a la presidencia del Gobierno y abrió una nueva etapa en la política exterior española.
Una de sus primeras decisiones fue ordenar la retirada de las tropas españolas de Irak, cumpliendo una de sus principales promesas electorales. El Ejecutivo apostó por reforzar la cooperación con la Unión Europea y recuperar una política exterior más centrada en el multilateralismo y el Mediterráneo, lo que provocó un enfriamiento de las relaciones con Washington.
No obstante, la cooperación estratégica nunca llegó a romperse.
Las bases militares estadounidenses continuaron funcionando con normalidad y ambos países mantuvieron una estrecha colaboración en materia de defensa, inteligencia y lucha contra el terrorismo internacional.
De Obama al regreso de Trump: una relación bajo presión
Las relaciones entre Madrid y Washington recuperaron cierta estabilidad durante la presidencia de Barack Obama. Aunque ambos gobiernos mantuvieron diferencias en algunos asuntos internacionales, la cooperación en materia de defensa, inteligencia y lucha contra el terrorismo siguió fortaleciéndose.
España incrementó su participación en las misiones internacionales de la OTAN y Obama escenificó la normalización de los vínculos con una visita oficial a Madrid en 2016, la primera de un presidente estadounidense en quince años. Parecía que la crisis abierta tras la guerra de Irak había quedado definitivamente atrás.
La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca volvió a alterar ese equilibrio.
Durante su primer mandato, Washington reclamó a los aliados europeos un mayor esfuerzo en defensa y exigió que todos los miembros de la OTAN elevaran su gasto militar hasta el 2 % del PIB. España figuraba entre los países más alejados de ese objetivo.
Aunque el Gobierno de Mariano Rajoy mantuvo unas relaciones fluidas con la Administración estadounidense, la llegada de Pedro Sánchez al poder en 2018 abrió una nueva etapa. El Ejecutivo socialista defendió que la contribución española a la seguridad internacional no debía medirse únicamente por el gasto militar, sino también por su participación en operaciones de paz y misiones internacionales.
Las diferencias fueron creciendo a medida que avanzaba el mandato de Trump. Washington observó con recelo la entrada de Unidas Podemos en el Gobierno de coalición en 2020 y mostró preocupación por algunas posiciones del Ejecutivo español en política internacional. Al mismo tiempo, Madrid criticó los aranceles impuestos por Estados Unidos a productos europeos y trató de preservar una mayor autonomía en su política exterior.
La llegada de Joe Biden rebajó temporalmente la tensión, aunque las relaciones no recuperaron de inmediato la cercanía de otras etapas. Solo después del firme apoyo de España a la estrategia occidental frente a la invasión rusa de Ucrania ambos gobiernos estrecharon nuevamente la cooperación.
El nuevo pulso entre Sánchez y Trump
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha vuelto a situar la relación bilateral en uno de sus momentos más delicados desde la guerra de Irak.
Las discrepancias ya no se limitan al gasto en defensa. También afectan a algunos de los principales conflictos internacionales, especialmente la guerra en Gaza y las operaciones militares estadounidenses contra Irán.
Pedro Sánchez ha endurecido su discurso en defensa del derecho internacional y ha sido uno de los dirigentes europeos más críticos con la ofensiva israelí en Gaza. Esa posición también se ha trasladado a la respuesta española frente a la escalada con Irán.
Uno de los episodios que mejor simboliza este distanciamiento fue la negativa del Gobierno español a autorizar el uso de su espacio aéreo para determinadas operaciones militares estadounidenses. Madrid argumentó que el acuerdo bilateral de defensa exige autorización expresa cuando las misiones no se desarrollan en el marco de la OTAN o de compromisos específicos entre ambos países.
Aunque la decisión fue presentada como un hecho excepcional, no constituye un precedente absoluto. En 1986, el Gobierno de Felipe González ya había rechazado que Estados Unidos utilizara las bases españolas para bombardear Libia, obligando a la aviación estadounidense a modificar el recorrido de su operación militar.
Una alianza que ha sobrevivido a todas las crisis
Pese a los desencuentros políticos, pocos analistas creen que la actual tensión vaya a romper la alianza estratégica entre ambos países.
Las bases de Rota y Morón siguen siendo fundamentales para el despliegue militar estadounidense en el Mediterráneo, el Atlántico y el norte de África. Desde ellas se apoyan operaciones navales, misiones aéreas y buena parte del sistema de defensa antimisiles de la OTAN.
A esa dimensión militar se suma una estrecha relación económica. Estados Unidos continúa siendo uno de los principales inversores extranjeros en España, mientras numerosas empresas españolas mantienen una presencia consolidada en el mercado estadounidense en sectores como las infraestructuras, la energía, las telecomunicaciones o los servicios.
Esa red de intereses explica por qué las diferencias políticas nunca han desembocado en una ruptura duradera.
Desde la derrota española en 1898 hasta la Guerra Fría, desde los Pactos de Madrid de 1953 hasta la entrada en la OTAN, pasando por la guerra de Irak, el 11-M, la retirada de las tropas españolas o las actuales discrepancias sobre Gaza e Irán, la relación entre Madrid y Washington ha atravesado numerosas crisis.
Cada generación ha vivido su propio momento de tensión entre ambos aliados. Sin embargo, todas esas etapas han terminado confirmando la misma realidad: los gobiernos cambian, las prioridades políticas evolucionan y los desacuerdos se suceden, pero la alianza entre España y Estados Unidos ha demostrado una extraordinaria capacidad para adaptarse a los cambios del escenario internacional.
Hoy, Pedro Sánchez y Donald Trump protagonizan un nuevo capítulo de esa larga historia. Un episodio marcado por profundas diferencias sobre política exterior, pero también por la conciencia de que, más allá de las disputas coyunturales, ambos países siguen compartiendo intereses estratégicos que difícilmente podrán ignorar en un contexto internacional cada vez más inestable.