La 80ª Asamblea General de Naciones Unidas arranca en Nueva York en un contexto de tensiones crecientes, guerras simultáneas y crisis globales que ponen en cuestión la utilidad del multilateralismo. El esperado discurso de Donald Trump anticipa un choque con las instituciones internacionales.
La semana de alto nivel de la Asamblea General de la ONU es cada año un termómetro del estado del mundo. En esta edición número 80, la temperatura es elevada: conflictos en Gaza y Ucrania, tensiones diplomáticas entre bloques y una crisis de confianza hacia las instituciones multilaterales. En ese marco, el discurso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se perfila como el momento más polémico. Según adelantó, criticará lo que denomina “instituciones globalistas”, reforzando su visión de un mundo guiado por intereses nacionales antes que por compromisos colectivos.
Frente a esta posición, voces de Europa, América Latina y África buscan reivindicar la necesidad de un multilateralismo renovado. Emmanuel Macron insistirá en la reforma del Consejo de Seguridad; Luiz Inácio Lula da Silva apelará a la solidaridad global en materia de desarrollo; mientras que mandatarios de Chile y Colombia pondrán sobre la mesa los desafíos de desigualdad y migración. Turquía, por su parte, insistirá en su papel de mediador en conflictos regionales.
El multilateralismo atraviesa una crisis de credibilidad, pero no es claro que estemos ante su final. Más bien, podría tratarse de una transformación: los países emergentes exigen mayor representatividad y eficacia, y reclaman un sistema internacional sensible a problemas como la deuda, el clima o los derechos humanos. Si la ONU logra incorporar estas demandas, puede salir fortalecida.
En este escenario, los países hispanoamericanos tienen una oportunidad. Su agenda común en materia de desigualdad, cambio climático y migración puede encontrar eco si se articula con fuerza en el foro global. Marruecos, desde su perspectiva, aprovechará la cita para reforzar su diplomacia: su papel en el mundo islámico, su defensa del Sahara marroquí y su apuesta por el diálogo interreligioso y la cooperación Sur-Sur serán ejes de intervención.
La 80ª Asamblea General será un examen sobre la capacidad de la ONU para responder a un mundo fragmentado y desigual. De su resultado dependerá si sigue siendo un espacio de esperanza o se convierte en un escenario de declamaciones sin consecuencias.