Un grupo de expertos de Naciones Unidas ha reclamado a la FIFA y a la UEFA la suspensión de la selección israelí como respuesta a lo que califican de genocidio en Gaza, llevando la causa palestina al terreno más global de todos, el fútbol.
El comunicado firmado por ocho relatores de la ONU, entre ellos Francesca Albanese, relatora para Palestina, abre un debate que atraviesa fronteras diplomáticas y deportivas. No se trata de una recomendación cualquiera, pues recuerda que la Comisión de Investigación de la ONU concluyó hace apenas una semana que Israel está cometiendo genocidio en Gaza, mientras que la Corte Internacional de Justicia ha señalado que los Estados tienen la obligación de actuar frente a un crimen de esa magnitud. En este marco, la exigencia de suspender a Israel de las competiciones internacionales adquiere un peso simbólico y práctico que incomoda a las instancias futbolísticas.
La historia del deporte internacional está plagada de momentos en los que la política se filtró por la puerta grande. El caso de Sudáfrica durante el apartheid sigue siendo un precedente que pesa como ejemplo de cómo la exclusión deportiva se convierte en un arma de presión moral. Más recientemente, la exclusión de Rusia de torneos internacionales tras la invasión de Ucrania mostró la capacidad de la FIFA y la UEFA para actuar con rapidez cuando la condena global es unánime. Lo que se plantea ahora con Israel revela la dificultad de aplicar la misma vara de medir, ya que la política internacional aparece dividida y la presión sobre los organismos deportivos no cuenta con la homogeneidad que se vio en los episodios anteriores.
El comunicado de los expertos insiste en que la medida debe dirigirse contra el Estado y sus selecciones, no contra los jugadores individuales. La precisión resulta importante porque los futbolistas, como individuos, no pueden cargar con las decisiones de un gobierno. La recomendación apunta al símbolo, la camiseta de una selección que representa a un Estado señalado por la ONU por violaciones masivas de derechos humanos. Esa distinción abre una brecha de discusión en el interior de las instituciones deportivas, que tradicionalmente han defendido la idea de neutralidad, aunque esa neutralidad muchas veces se erosiona frente a situaciones de violencia extrema.
La cuestión de fondo es hasta qué punto la FIFA y la UEFA estarán dispuestas a escuchar un clamor que trasciende los estadios. Los expertos recuerdan que las federaciones deportivas no pueden actuar como si nada ocurriera cuando sus plataformas sirven para normalizar injusticias. El riesgo de banalizar la violencia a través del deporte es precisamente lo que los relatores intentan evitar. Para ellos, permitir que Israel compita en los mismos torneos mientras Gaza sigue devastada equivale a enviar un mensaje de impunidad.
El impacto de esta petición va más allá de los despachos de Zúrich o Nyon. Un veto contra Israel en competiciones europeas transformaría el tablero político y deportivo, pues significaría un respaldo institucional al diagnóstico de genocidio en Gaza. El efecto multiplicador sería evidente: Estados anfitriones, federaciones nacionales y clubes se verían obligados a posicionarse ante un asunto que rompe la frontera entre deporte y derechos humanos. Esa posibilidad explica la incomodidad de la UEFA, que gestiona un ecosistema donde conviven intereses comerciales millonarios y una narrativa oficial de valores universales que queda puesta a prueba en situaciones de crisis.
La credibilidad del deporte como espacio que afirma sostener principios de respeto, igualdad y juego limpio se pone a prueba cuando los organismos deciden qué conflictos merecen sanción y cuáles se silencian. El recuerdo de Rusia o del apartheid sirve de contraste, pero lo que hoy pesa es la constatación de que Naciones Unidas ha calificado de genocidio la situación en Gaza. En ese escenario, seguir compitiendo sin consecuencias deja al descubierto la dimensión política del fútbol internacional.
La propuesta de los expertos no garantiza que la FIFA o la UEFA actúen de inmediato, pero coloca al deporte en el centro de la discusión diplomática. Que la pelota siga rodando o no para Israel dependerá de decisiones que exceden el terreno de juego. Lo cierto es que la presión sobre los organismos deportivos aumenta y, con ella, la sensación de que el fútbol, lejos de ser un refugio, se ha convertido en un escenario donde se miden responsabilidades históricas.