El anuncio de que Mercosur y Canadá volverán a la mesa de negociación reabre una discusión olvidada desde 2019: hasta qué punto América del Sur puede diversificar sus vínculos comerciales más allá de Washington y Bruselas.
El comunicado conjunto de Brasilia y Ottawa llega en un momento cargado de señales contradictorias. Por un lado, Estados Unidos endureció su ofensiva arancelaria con un 50% de sobretasas sobre productos brasileños, pese a que mantiene superávit con la mayor economía latinoamericana. Por otro, el Mercosur, bajo la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva, intenta mostrar vitalidad en un escenario global donde los grandes bloques imponen sus reglas y las alianzas tradicionales se resquebrajan.
No es la primera vez que se habla de un acuerdo con Canadá. En 2019, después de siete rondas, las negociaciones quedaron congeladas, víctimas de la inercia diplomática y de la falta de consenso interno en el propio Mercosur. La novedad es que ahora la presión externa actúa como incentivo: con Washington aplicando castigos comerciales y la Unión Europea mostrando reticencias frente al acuerdo pendiente con el bloque suramericano, mirar hacia Ottawa parece una apuesta pragmática.
La narrativa oficial habla de “compromiso histórico con el comercio abierto, justo y sostenible”. Pero la verdadera pregunta es cuánto margen real tienen países como Argentina, Paraguay, Uruguay o Bolivia para aprovechar un eventual acuerdo. Canadá ofrece acceso a un mercado de alto poder adquisitivo y puede diversificar exportaciones agrícolas y energéticas, aunque la competencia con productores locales en sectores sensibles —lácteos, carnes, granos— no será menor.
Para Brasil, el cálculo es estratégico. Lula necesita demostrar que el Mercosur no es un club anquilosado, atrapado en disputas internas, sino un actor capaz de sentarse con interlocutores diversos y negociar con cierta autonomía frente a Washington y Pekín. En ese sentido, la cita prevista para octubre con negociadores canadienses tiene más valor político que económico inmediato: proyectar una imagen de apertura en tiempos de crecientes bloqueos comerciales.
El contexto tampoco ayuda a la diplomacia brasileña. La sombra de Jair Bolsonaro, procesado por intento de golpe, sirve de excusa a Donald Trump para justificar nuevos aranceles. La disputa se trasladará a la OMC, pero el clima internacional no es favorable a los mecanismos multilaterales. La tendencia global se inclina hacia acuerdos bilaterales o regionales que responden más a equilibrios de poder que a normas universales.
De aquí a octubre, Mercosur y Canadá hablarán también de inversiones y cooperación en sectores estratégicos. Toronto será escenario de reuniones bilaterales que intentarán abrir espacio a negocios concretos. El reto para el bloque suramericano será evitar que la negociación quede en un gesto simbólico, como tantas veces ocurrió en el pasado.
En definitiva, el regreso al diálogo con Canadá refleja una búsqueda de oxígeno en medio de tensiones con las grandes potencias. Mercosur necesita diversificar para sobrevivir y legitimarse. Canadá, por su parte, encuentra en Sudamérica un socio potencial que le permite equilibrar su dependencia de Estados Unidos y China. El pacto sigue en suspenso, aunque el trasfondo no admite dudas: frente a las guerras comerciales, la diplomacia económica deja de ser un lujo para convertirse en instinto de supervivencia.