Cuando se anunció que el Reino Unido abandonaba el proyecto de interconexión eléctrica con Marruecos, pocos imaginaron que la decisión abriría la puerta a una competencia europea por el mismo sueño: transportar energía solar marroquí a través de miles de kilómetros submarinos para abastecer a millones de hogares europeos.
El plan original nació con Xlinks, una empresa británica fundada en 2019 por un grupo de empresarios que saben moverse entre consultoras, gigantes de la energía y multinacionales. Al frente está Simon Morrish, acompañado por Sir Dave Lewis (ex Tesco y Unilever), Paddy Padmanathan (quien hizo de ACWA Power un gigante saudí) y Sir Ian Davis (ex Rolls-Royce y Johnson & Johnson). Un equipo de ejecutivos acostumbrado a pensar en grande.
El proyecto consistía en instalar parques solares en Guelmim y Tan-Tan y llevar esa electricidad hasta el Reino Unido a través de un cable submarino de 4.000 kilómetros, uno de los más largos del mundo. Para Londres, en su momento, era una apuesta estratégica: asegurar electricidad limpia para ocho millones de británicos y garantizar rentabilidad a los inversores con contratos fijos.

Con ese respaldo, Xlinks atrajo a nombres de peso como TotalEnergies, TAQA (Emiratos Árabes Unidos), Africa Finance Corporation y General Electric. Hasta ahora, se estima que ya se invirtieron unos 150 millones de dólares en estudios, terrenos y pasos iniciales.
Pero en junio de 2025 Downing Street dio un portazo inesperado. ¿Las razones? Seguridad: el temor a vulnerabilidades del cable en alta mar. Y soberanía energética: toda la electricidad debe producirse dentro del Reino Unido. Dos argumentos que desinflaron, de un plumazo, un proyecto con sello de “interés nacional”.
La respuesta de Xlinks fue inmediata: pausar y mirar a otro lado. Alemania aparece como posible destino de la electricidad marroquí, mediante un plan similar —Sila Atlantique— que se cocina en paralelo. Y Túnez juega en la misma liga con otro cable submarino hacia Italia, aunque sin Xlinks en el timón.
Pero quien se adelantó fue Francia. Emmanuel Macron aprovechó una visita oficial a Marruecos para proponer un giro: un cable bidireccional entre ambos países. La idea es simple: Marruecos exporta electricidad limpia de sol y viento y Francia, con su parque nuclear (aceptado en Bruselas como “energía limpia”), devuelve suministro cuando el reino lo necesite.
La propuesta francesa no es exclusiva de Xlinks. Se prevé una licitación abierta, donde entrará en escena Qantara Med y otros actores, creando alianzas y competencia en torno a un proyecto que, de concretarse, consolidaría a Marruecos como exportador de energías verdes en el Mediterráneo.
Más allá de la infraestructura, esta historia deja varias lecciones. Primero, la geopolítica de la transición energética no depende solo de paneles solares y cables submarinos. Depende de decisiones políticas, seguridad, soberanía y acuerdos que se revisan de un día para otro. Segundo, Marruecos está bien posicionado para aprovechar esta pugna europea, pero necesita reforzar su marco regulatorio, dar garantías a los inversores y acelerar reformas claves como el hidrógeno verde.
Que Londres se baje y París se suba muestra que la nueva carrera por la energía limpia se libra metro a metro y contrato a contrato. Y que el sol del sur, si se sabe negociar, puede alumbrar a toda Europa.