Yo quiero, cuando me muera,
Sin patria, pero sin amo,
Tener en mi losa un ramo
De flores –¡y una bandera!
—José Martí
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Cuba inspiraba. Inspiraba a los jóvenes, a los poetas, a los exiliados, a los indignados del mundo. En las paredes desgastadas de La Habana Vieja se leían aún versos de Martí y ecos del Che. La Revolución, con todos sus errores, aún mantenía una pátina de heroísmo. Hoy ya no. Hoy Cuba no es ni faro ni vanguardia. Hoy, apenas resiste.
Cuba no colapsa de golpe, sino que se desangra lentamente. Se va la luz, se va la comida, se va la juventud. Según cálculos recientes, entre 2022 y 2023 la isla perdió el 18% de su población. Muchos no huyen del comunismo, sino del vacío: un país sin pan, sin planes, sin voz. Un país sin promesas. Lo que queda son ruinas dignas, murales sin fe y ancianos que venden monedas del Che a cambio de un poco de leche en polvo.
No hay épica en los apagones, ni dignidad en mendigar antibióticos. Mientras tanto, una nueva casta de empresarios emergentes se codea en restaurantes dolarizados, y los hoteles vacíos gestionados por firmas extranjeras parecen mausoleos de una modernidad imposible. ¿Para quién se construyen esos edificios, si ya nadie viene y casi todos se van?
La desesperanza no se mide en discursos ni en editoriales. Se ve en el rostro de la señora que ofrece sexo frente a la Bodeguita del Medio. En los ojos de los jóvenes que escriben en una escultura de madera sus deseos de irse «al yuma». Se escucha en el silencio de la Plaza de Armas, donde ya no se venden libros. Ni siquiera panfletos.
La Revolución, ese relato de justicia y soberanía, hoy solo sobrevive en murales decolorados y consignas que nadie cree. La realidad no admite eufemismos: hay hambre, hay miedo, hay represión, hay abandono. Y lo peor: ya ni siquiera hay relato. Solo una población que sobrevive entre la resignación, la fuga o el cinismo.
Martí escribió que deseaba morir sin patria, pero sin amo. Hoy muchos cubanos ya no tienen ni una ni otra cosa. Solo una losa invisible sobre la que pesan décadas de ilusiones traicionadas.
Quizás Martí no reconocería su patria. Pero si alzara la voz desde su tumba, tal vez repetiría con la misma firmeza con que lo escribió:
“Yo quiero, cuando me muera, / Sin patria, pero sin amo, / Tener en mi losa un ramo / De flores –¡y una bandera!”