East Rutherford vibró con un espectáculo que confirma lo que muchos intuíamos: este PSG de Luis Enrique no tiene adversarios a su altura. Con un 4-0 que humilló al Real Madrid, el campeón de Europa dejó claro que no viajó a Estados Unidos a pasear su corona, sino a convertir este primer Mundial de Clubes de 32 equipos en su vitrina definitiva.
En apenas nueve minutos, el Madrid ya estaba arrodillado. Fabián Ruiz, con un doblete de manual, y Ousmane Dembélé, con su velocidad letal, desarmaron la defensa merengue sin miramientos. Al final, Gonçalo Ramos selló la goleada que deja a los blancos sin consuelo.
Luis Enrique celebró el triunfo con la serenidad de quien sabe que está a punto de firmar una temporada histórica: Liga, Copas y Champions, y ahora una final de Mundial contra el Chelsea que parece más un trámite que un desafío. “Intentaremos terminar este campeonato de la mejor manera, ganándolo”, dijo Ruiz. Frase corta, pero cargada de confianza.
Del lado del Madrid, las caras largas contaban todo. Un equipo torpe, sin ideas ni garra, superado desde el pitazo inicial. Errores infantiles de Raúl Asencio y Antonio Rudiger en la salida regalaron los primeros goles. El resto fue un entrenamiento de lujo para un PSG que jugó con la intensidad de un campeón hambriento, incluso bajo los más de 30 grados que abrasaban el MetLife Stadium.
Fabián Ruiz, elegido mejor jugador del partido, habló de un “partido perfecto” y no exagera. El PSG presionó, dominó, golpeó y no dejó respirar a su rival. El Real Madrid nunca encontró respuestas, ni en sus figuras ni en su banquillo.
Ahora, París mira a Londres. El Chelsea espera en la final. Un choque franco-inglés que, en teoría, debería ser parejo, pero este PSG ha dejado claro que la teoría en fútbol solo sirve para llenar minutos de tertulias. En la cancha manda el talento, y este equipo rebosa calidad y carácter.
Luis Enrique sueña con cerrar la temporada con broche de oro. Y si algo nos ha demostrado este PSG es que no se conforma con soñar: sale a devorar títulos.