Hoy24- Buenos Aires
Arranca en Estados Unidos el torneo que Gianni Infantino llevaba años prometiendo: el nuevo Mundial de Clubes con 32 equipos y formato calcado al de la Copa del Mundo. Es su joya personal, su gran apuesta institucional. La FIFA lo presenta como un paso natural hacia la globalización definitiva del fútbol de clubes. Pero detrás del espectáculo, el experimento deja dudas.
La idea no es nueva. Se arrastra desde los tiempos en que la FIFA intentaba reducir la distancia entre sus confederaciones y acercar a los clubes fuera del eje Europa-Sudamérica. Lo nuevo es la escala: más países, más partidos, más dinero. Los números impresionan. Más de 900 millones de euros en premios, 150 para el campeón, transmisión gratuita en todo el mundo, y una puesta en escena tecnológica con cámaras en el cuerpo de los árbitros y decisiones del VAR retransmitidas en directo. Pero ¿basta eso para dotar de sentido deportivo a un torneo así?
En el fondo, lo que está en juego no es un título, sino un relato. La FIFA quiere construir una narrativa global que involucre a clubes de Asia, África, América y Europa, en un mismo escenario. Por eso eligieron Estados Unidos: neutral, predecible, potente. No hay aquí pasión futbolera, pero sí estadios gigantes, audiencias abiertas al consumo y una maquinaria comercial que funciona.
Desde América Latina, la historia se ve con ambivalencia. Participan seis clubes sudamericanos, en teoría con chances reales. Pero el escenario —distante, artificial, sin hinchadas propias— no ayuda. Es un torneo que se juega lejos de las emociones que siguen marcando la diferencia en el fútbol de esta parte del mundo. Las camisetas pesan, sí, pero pesan menos a cinco mil kilómetros de casa.
En el calendario ya saturado, muchos se preguntan qué lugar ocupará esta competición. ¿Importa tanto un Urawa–Monterrey a la madrugada? ¿Tiene sentido ver a los clubes europeos jugar un torneo más, a mitad de temporada, con el freno de mano puesto? ¿Qué clase de Mundial es este, donde los equipos viajan sin alma y sin público propio?
Quizá la clave está en lo que viene después. El fútbol parece avanzar hacia un modelo de torneos-show, pensados para plataformas globales más que para estadios. En ese nuevo orden, la conexión afectiva entre hinchas y equipos se diluye. Y eso, más allá de las cifras, tiene un precio.
El experimento Infantino apenas comienza. Las cámaras están listas. El dinero ya circula. El futuro del fútbol, sin embargo, se juega en otro campo: el del vínculo entre el juego y quienes lo sostienen con su lealtad cotidiana.