Calor, césped y lecciones: lo que dejó el Mundial de Clubes de EE. UU.

15 juillet 2025 - 11:09

Lo que debía ser un torneo de exhibición terminó siendo un severo llamado de atención. El Mundial de Clubes 2025, celebrado por primera vez con 32 equipos, fue más que una antesala de la Copa del Mundo 2026: fue una radiografía de las tensiones logísticas, climáticas y organizativas que plantea llevar el fútbol a un país-continente como Estados Unidos.

Como aficionado latinoamericano que sigue con escepticismo el modelo de megaeventos deportivos, no me sorprendió que el principal enemigo del espectáculo haya sido el calor. Partidos jugados en hornos urbanos, con temperaturas que rozaban los 30 °C, pusieron en riesgo la salud de los jugadores. No lo digo yo, lo dijeron ellos: Enzo Fernández habló de “peligro real”, y el sindicato mundial de futbolistas no tardó en calificarlo de alerta roja. En un fútbol cada vez más esclavo del calendario y del negocio, jugar a plena luz del sol en julio es una decisión que roza la irresponsabilidad.

Y luego está el césped. Un elemento básico del juego —el terreno, la superficie, la piel del campo— convertido en obstáculo. La imagen de estadios con gramilla traída de madrugada en camiones refrigerados puede parecer cómica, pero retrata un problema estructural. Cuando el césped se convierte en el protagonista negativo, es señal de que algo está mal. Lo dijo con sobriedad el propio encargado de los gramados: “Ahora estamos mejor que hace 35 días”. Algo es algo, pero no es suficiente.

A pesar de estas fallas, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ofreció un discurso moderado y —para sorpresa de muchos— autocrítico. Admitió que el calor es un desafío global y anunció que, para 2026, los estadios con cobertura y climatización serán clave en los partidos diurnos. No es poca cosa. La FIFA parece estar dispuesta a corregir el rumbo antes de que el barco se hunda en medio del show.

¿Y qué hay del espectáculo? Lo hubo. Chelsea ganó con autoridad, el público respondió en las grandes ciudades, y Estados Unidos, como anfitrión, dejó claro que logística, tecnología y marketing no le faltan. Pero el fútbol no vive solo de eso. Vive, sobre todo, de las condiciones humanas y materiales que permiten que el juego florezca. Y en eso, aún estamos lejos.

Este Mundial de Clubes fue una advertencia, un ensayo con errores que no pueden repetirse. La Copa de 2026 promete ser la más grande de la historia. Ojalá no sea también la más torpe.

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