Sarah Mullally: la primera mujer que rompe el techo de cristal en la Iglesia de Inglaterra

03 octobre 2025 - 11:50

 La elección de Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury marca un antes y un después en la historia de la Iglesia anglicana. Su nombramiento simboliza la apertura de una institución marcada por siglos de jerarquía masculina y las heridas recientes de los abusos encubiertos.

El Reino Unido ha sido escenario de un hecho histórico: por primera vez, una mujer estará al frente de la Iglesia de Inglaterra. Sarah Mullally, hasta ahora obispa de Londres, asumirá el cargo de arzobispa de Canterbury y se convierte así en la jefa espiritual de los anglicanos en todo el mundo. Su nombramiento abre un capítulo nuevo en una institución marcada por tensiones entre tradición y modernización.

Con 63 años y una trayectoria singular —pasó de enfermera a sacerdotisa a mediados de la década de 2000—, Mullally recoge un legado plagado de contradicciones. Sustituye a Justin Welby, quien dimitió presionado por el escándalo de abusos sexuales vinculados a John Smyth, un abogado que durante décadas cometió agresiones contra más de un centenar de jóvenes en Reino Unido y África. La investigación interna acusó a la jerarquía anglicana de encubrir los hechos y de haber callado durante más de treinta años.

El contexto no puede ser más desafiante. La Iglesia anglicana vive una crisis de fieles —apenas un millón de practicantes habituales entre veinte millones de bautizados— y enfrenta una fractura de confianza por los abusos silenciados. Mullally lo sabe y su primer mensaje ha sido claro: “Como Iglesia, con demasiada frecuencia hemos fallado en reconocer o tomar en serio los abusos de poder en todas sus formas”.

Su nombramiento enlaza con una tendencia mundial que cuestiona las jerarquías religiosas y reclama un lugar protagónico para las mujeres en su seno. Si bien el catolicismo sigue vedando el acceso femenino al sacerdocio, el anglicanismo lo permitió recién en los años noventa. Hoy, más de 40 de los 108 obispos en Inglaterra son mujeres. La llegada de una mujer al máximo cargo eclesiástico representa un paso más en esa lenta apertura.

El primer ministro británico, Keir Starmer, celebró el nombramiento señalando que la nueva arzobispa desempeñará un papel clave en la vida nacional. La frase revela que, más allá de su carácter espiritual, la Iglesia de Inglaterra forma parte del tejido político y cultural del Reino Unido.

La elección de Mullally no resuelve las tensiones internas ni el declive de fieles, pero ofrece un símbolo poderoso en tiempos de desencanto religioso. Representa la posibilidad de que las instituciones, incluso las más antiguas, puedan reinventarse. En su figura se cruzan la memoria de los abusos, la urgencia de transparencia y la reivindicación de igualdad de género.

El desafío para la nueva primada será monumental, ya que devolver la confianza a una Iglesia herida, reconciliar tradición y cambio, y demostrar que el liderazgo femenino puede abrir caminos también en los espacios donde parecía imposible.

La historia que empieza en Canterbury con Sarah Mullally tiene un eco más amplio: nos recuerda que ninguna institución sobrevive sin renovarse y que la fe, para mantenerse viva, necesita ser habitada por la dignidad de todos.

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