El sobrino del emperador Naruhito cumplió 19 años y fue investido como adulto en una ceremonia cargada de simbolismo. Su entrada en la línea directa de sucesión vuelve a poner en el centro la exclusión de las mujeres, en un país donde nueve de cada diez ciudadanos apoyan una reforma.
El príncipe Hisahito, único hijo del príncipe Akishino y la princesa Kiko, se ha convertido oficialmente en el segundo en la línea de sucesión al trono del Crisantemo. La ceremonia celebrada en el Palacio Imperial de Tokio incluyó los rituales tradicionales: primero vistió un traje amarillo reservado a los menores, luego recibió una cofia de seda negra que simboliza la madurez y finalmente adoptó la vestimenta oscura destinada a los adultos de la familia imperial.
Acompañado del emperador Naruhito y de la emperatriz Masako, el joven príncipe desfiló en carruaje tras pronunciar unas palabras solemnes: «Cumpliré con mis deberes, consciente de mis responsabilidades como miembro adulto de la familia imperial». El acto subrayó la continuidad de una dinastía que, aunque carente de poder político, sigue siendo un pilar simbólico para la identidad japonesa.
Pero esta continuidad no está exenta de tensiones. La princesa Aiko, única hija del emperador, queda excluida de la sucesión por ser mujer, en virtud de la norma de 1947 que limita el acceso al trono a los varones. La paradoja es evidente: mientras la sociedad japonesa se ha modernizado en casi todos los ámbitos, la sucesión imperial sigue anclada en reglas de posguerra que impiden a una mujer convertirse en emperatriz.
La contradicción se hace aún más patente si se tiene en cuenta la opinión pública. Según una encuesta de la agencia Kyodo, nueve de cada diez japoneses se muestran favorables a que una mujer pueda heredar el trono. La brecha entre la norma legal y la voluntad ciudadana refleja la dificultad de armonizar tradición y modernidad en un país donde la monarquía es símbolo histórico pero también espejo de los cambios sociales.
Hisahito, como único heredero varón de su generación, concentra sobre sus hombros la responsabilidad de asegurar la continuidad dinástica. Este peso individual pone en evidencia la fragilidad de una institución que depende de un solo descendiente masculino. El futuro del trono del Crisantemo ya no se juega solo en los rituales de palacio, sino en la capacidad de Japón para reformar una tradición que, sin adaptarse, corre el riesgo de perder legitimidad ante su propio pueblo.
La ceremonia de mayoría de edad del príncipe Hisahito, más que un acto protocolario, ha sido una metáfora de ese dilema: celebrar la permanencia de la monarquía japonesa mientras se posterga el debate de fondo sobre la igualdad de género y la modernización institucional.