La inauguración del mayor proyecto hidroeléctrico de África marca un hito histórico para Etiopía, pero mantiene abiertas las disputas con Egipto y Sudán sobre el reparto de las aguas.
Este martes 9 de septiembre, Etiopía inaugura la Gran Presa del Renacimiento, una obra monumental de 5.150 megavatios que ha requerido casi quince años de construcción. Para Addis Abeba, representa una conquista nacional: acceso a energía abundante, posibilidad de exportar electricidad a los países vecinos y, sobre todo, la afirmación de su soberanía. Para África, simboliza la emergencia de proyectos financiados y ejecutados por los propios Estados, sin depender enteramente de organismos externos.
Sin embargo, la euforia etíope convive con la inquietud regional. El Nilo, que atraviesa diez países, sigue siendo fuente de tensiones desde el acuerdo de 1959 que otorgó a Egipto y Sudán el uso exclusivo de sus aguas, marginando a Etiopía. El país africano nunca reconoció ese tratado, al que considera un legado colonial injusto, y hoy reivindica su derecho legítimo sobre el Nilo Azul, que aporta cerca del 85 % del caudal total del río.
Las tensiones se dispararon en 2011, cuando comenzaron las obras. Egipto y Sudán temen una reducción del caudal indispensable para el riego y el consumo humano. Aunque en 2015 los tres países firmaron un acuerdo de principios en Jartum, comprometiéndose a un uso equitativo del agua, las negociaciones posteriores se estancaron. Etiopía continuó de manera unilateral las fases de llenado del embalse, aumentando la desconfianza. El Cairo llegó incluso a advertir que “defenderá su agua y su seguridad nacional”.
Más allá del pulso diplomático, el proyecto revela un desafío central para África: la seguridad hídrica en tiempos de crecimiento demográfico y cambio climático. El potencial energético de la presa podría transformar la economía etíope y beneficiar a toda la región. Pero sin un marco de cooperación sólido, este logro corre el riesgo de convertirse en un foco de nuevas rivalidades.
De África a América Latina, los grandes proyectos hídricos revelan que el control de los recursos naturales define tanto el desarrollo como las tensiones políticas. Son instrumentos de desarrollo, pero también palancas de poder. La pregunta es si la Gran Presa del Renacimiento servirá para unir a los países del Nilo en torno a un destino compartido o si se consolidará como otro motivo de fractura en un continente que busca afirmarse en el escenario global.