¿La inteligencia artificial nos está embruteciendo? ¿ChatGPT nos vuelve idiotas? El debate se extiende, alimentado por estudios que miden el cerebro como quien mide clics: menos actividad neuronal, menos memoria, menos creatividad. La idea es inquietante: delegamos tanto en la máquina que ya no pensamos. O pensamos menos. O pensamos mal.
Pero el problema no está en la herramienta. Está en la renuncia.
En América Latina, la relación con la tecnología suele ser ambivalente: entusiasmo por el acceso, temor al desplazamiento. Nos faltan recursos, pero también nos falta tiempo para pensar cómo usamos lo que tenemos. Las escuelas celebran tener conexión, pero pocas enseñan a usarla críticamente. Muchos jóvenes escriben con ChatGPT sin saber reescribir lo que reciben. La máquina responde. Ellos entregan.
Lo peligroso no es la IA. Es la pasividad.
No hay pensamiento sin esfuerzo. Y no hay creación sin duda. ChatGPT puede sugerir una idea, pero no puede discernir si es justa, si es propia, si es contradictoria. Puede ordenar el lenguaje, pero no puede generar conciencia. Si lo usamos como oráculo, nos infantiliza. Si lo usamos como espejo, nos uniforma. Pero si lo usamos como herramienta de confrontación, puede expandir el horizonte.
Los intelectuales del Norte temen que la IA aplane el pensamiento. Pero en el Sur, lo que debería preocuparnos es otra cosa: que ni siquiera haya pensamiento que aplanar. Que aceptemos sin discutir. Que consumamos sin reelaborar. Que nos dejemos hablar, en lugar de tomar la palabra.
La idiotez digital no es nueva. Solo ha cambiado de forma. Antes copiábamos enciclopedias. Hoy copiamos respuestas automáticas. Lo que falta es educación crítica, no prohibiciones. Lo que urge es enseñar a discutir con la máquina, no a callarla. La pregunta no es si usaremos IA. Es si sabremos leerla con distancia y responderle con criterio.
No, la inteligencia artificial no nos vuelve idiotas. Lo que nos vuelve idiotas es creer que pensar es un lujo opcional.