Hace unos días me invitaron a reflexionar en torno al papel de la academia y de la sociedad civil en la transformación de la Cooperación Sur-Sur, considerando las dinámicas emergentes o en ebullición que inciden y moldean el futuro geopolítico del Sur global. Es un tema de enorme relevancia y valoro la oportunidad de compartir algunos puntos de vista o de que se me solicite opinar al respecto.
Me dedico al análisis político y al periodismo. Opté por la investigación, los datos y las cifras, y decliné el activismo y la militancia en torno a cualquier causa. Valoro, en cambio, la suma de individualidades, el trabajo en equipo, el intercambio de ideas y experiencias, la socialización del saber y la transmisión de conocimiento y, por supuesto, el diálogo y la potencialidad de la conversación.
En ese sentido, es preciso explorar nuevas vías de cooperación en el tratamiento de los fenómenos y temas que marcan los desafíos y retos actuales de los países en desarrollo.
Si se quiere repensar la Cooperación Sur-Sur, lo primero es saber de qué se trata y qué se entiende con este concepto. La Cooperación Sur-Sur ha sido concebida como el intercambio de experiencias y conocimientos entre países en vías de desarrollo. Esta cooperación excede las cumbres regionales y las relaciones intergubernamentales.
Lo anterior significa que tanto el sector privado, los grupos empresariales como las organizaciones de la sociedad civil, a diferentes niveles (las organizaciones internacionales, la academia, los think tanks), también tienen la oportunidad, la posibilidad e incluso el desafío de hacer parte de esa comunicación transversal y deben desempeñar un papel que redunde en e incida en esa cooperación.
Se entiende, entonces, que la cooperación y el intercambio transversal entre los países del Sur resultan fundamentales para llevar a la práctica real y efectiva esa Cooperación Sur-Sur, así como para avanzar en la concreción de la Agenda 2030 de desarrollo sostenible, con objetivos variados y ambiciosos. Se aspira a responder a las necesidades básicas de las poblaciones, pero también a la ampliación de derechos, libertades, paz, seguridad, a contrarrestar el cambio climático y, desde luego, a la evolución de la gobernanza en nuestros países. Hablamos de la lucha contra el hambre y la pobreza, del acceso a salud, educación, justicia y agua, pero también de la necesidad de mejores instituciones e igualdad de género.
Todo ello es importante y, cada día, se suman nuevos desafíos que plantean la necesidad de una comprensión y conocimiento exhaustivos para entender y atender los retos que son producto y consecuencia de que esos objetivos de la Agenda 2030 no se hayan concretado ni conseguido de manera satisfactoria en 2025.
Dentro de los temas de política internacional que sigo con atención, preocupación e interés, estimo que el relativo a las migraciones, con todas sus causas y consecuencias, es un tema central y fundamental que obliga a repensar la Cooperación Sur-Sur, a generar cambios de fondo, ideas, planes, programas y proyectos, para hacer que las voces de los ciudadanos de estos países incidan globalmente y que sus gobiernos sean actores que impulsen el desarrollo y el bienestar de sus sociedades. Con ello se evitaría, en alguna medida, que muchos de sus ciudadanos opten por la inmigración ilegal cargada de tantos riesgos y sufrimientos. Esta no es mi idea. En realidad, este es el planteamiento que he oído de muchos ciudadanos, académicos y diplomáticos de los países del Sur que he entrevistado en estos años. Desde África hasta América Latina, el reclamo es el mismo.
En el intercambio y la socialización de experiencias entre países con los que, unas veces, se comparten realidades históricas y otras, aunque con diferencias, hoy se enfrentan desafíos similares, como las crisis migratorias, también estamos haciendo, cooperando, explorando, indagando e innovando como sociedad civil.
Por último, el diálogo Sur-Sur es pertinente, pero en un mundo globalizado e interconectado, el intercambio de experiencias transversales y globales, la transferencia de saberes, de conocimientos, del saber hacer, son pertinentes, tienen enormes potencialidades y exceden geografías. Por ello, tampoco se debería desestimar la importancia de la Cooperación Triangular y del Diálogo Sur-Norte, a nivel de sociedad civil, a partir del diálogo con organizaciones internacionales, universidades y centros de pensamiento para el intercambio de información, puntos de vista, análisis e investigaciones y para la realización de diagnósticos y el planteamiento de escenarios con dimensiones más amplias. En ese proceso de retroalimentación, la comunicación sucede de manera horizontal, se mantiene un diálogo entre iguales y se hablan idiomas similares sobre problemáticas comunes incluso si se tienen lenguas distintas.
La cooperación innovadora tiene que darse a partir del conocimiento, la investigación y la delimitación de los fenómenos y problemas que se quieren tratar, y hago énfasis en esto porque, en ocasiones, queda la impresión de que estas condiciones iniciales fallan o no se precisan ni se delimitan con claridad y, en esa medida, el impacto y las posibilidades de incidencia se trastocan o se ven mermadas.