Donald Trump ha convertido las negociaciones comerciales en el principal escenario de su política exterior y, al mismo tiempo, en una herramienta de campaña. En Madrid, proclamó avances con China y anticipó un acuerdo sobre TikTok, plataforma que hace apenas unos años demonizaba. En Nueva Delhi, prepara una nueva ronda con India tras haber castigado a su socio estratégico con aranceles del 50 % por la compra de petróleo ruso. Dos episodios distintos que forman parte de un mismo tablero: el comercio global utilizado como instrumento de poder, geopolítico y electoral a la vez.
La fotografía que Trump quiso transmitir desde Madrid fue la de un presidente capaz de encarrilar una relación con Pekín marcada por desconfianzas mutuas y múltiples rondas fallidas. Con letras mayúsculas, como acostumbra en sus mensajes digitales, aseguró que la reunión “salió MUY BIEN” y sugirió un acuerdo para “una empresa que los jóvenes querían salvar”. Nadie dudó de que se trataba de TikTok, la aplicación que utiliza más de un centenar de millones de estadounidenses y que se había convertido en símbolo de la disputa tecnológica entre Washington y Pekín.
En un giro que ilustra las contradicciones de su estilo, el presidente que convirtió a TikTok en enemigo público la transforma hoy en trofeo político y en guiño a los jóvenes votantes. La red social, acusada de ser caballo de Troya de la inteligencia china, pasa a ser defendida por Trump como herramienta de conexión electoral. Con este giro, el presidente transforma un conflicto comercial en un gesto de proximidad con una generación que suele mostrarse escéptica ante su figura.
Bajo la superficie política se despliega una trama comercial que resulta determinante. Desde agosto, Estados Unidos y China mantienen una tregua arancelaria que redujo algunos gravámenes y extendió la suspensión de nuevas tarifas hasta noviembre. Las delegaciones en Madrid buscaban consolidar ese respiro y abordar cuestiones espinosas como los controles de exportación o la estabilidad de las cadenas de suministro. La elección de Madrid como sede revela hasta qué punto Europa funciona como espacio de negociación que rara vez controla, un territorio logístico y diplomático donde se proyectan las fracturas del comercio mundial.
Al otro extremo de Asia, la partida con India se juega con otras cartas, pero dentro del mismo juego. El representante comercial adjunto de Estados Unidos para el Sur y el Centro de Asia, Brendan Lynch, se reúne en Nueva Delhi con autoridades indias en la sexta ronda de conversaciones bilaterales. El objetivo declarado es alcanzar el primer tramo de un acuerdo antes de noviembre. El contexto sigue cargado de tensiones, pues en agosto Trump impuso a India un incremento arancelario del 50 % en represalia por la compra de petróleo ruso por parte de Nueva Delhi
En esta escena emergen dos contradicciones que marcan el pulso de la relación. Por un lado, Trump presenta a India como “amigo cercano y socio natural” en la narrativa estratégica que busca contrarrestar a China. Por otro, no duda en sancionarla cuando sus decisiones energéticas desafían la línea dura contra Moscú. El pulso se extendió al frente europeo, con Trump reclamando a Bruselas que duplique sus gravámenes hasta el 100 % para India y China a fin de cortar el oxígeno financiero de Rusia. Washington combina así la promesa de asociación privilegiada con la amenaza de sanciones, confirmando que el comercio se utiliza como mecanismo de disciplina geopolítica.
La India de Narendra Modi tampoco se limita a aceptar el guion. Ante el aumento de tensiones, intensifica sus contactos con Rusia, China, Japón, la Unión Europea o Catar. Nueva Delhi busca diversificar sus opciones y afirmarse como actor autónomo en un mundo que dejó de girar exclusivamente en torno a Washington y Pekín. En ese multipolarismo emergente, India juega a varios lados a la vez: mantiene su relación con Estados Unidos, pero protege su margen de maniobra acercándose a otros polos de poder.
Lo que une a los dos episodios —Madrid con China y Nueva Delhi con India— es el uso de las herramientas comerciales como palanca política. En el caso de TikTok, el mensaje se dirige tanto a Pekín como al electorado juvenil estadounidense. En el caso de India, la presión arancelaria busca disciplinar un comportamiento estratégico vinculado a Rusia y, al mismo tiempo, mostrar firmeza ante los aliados europeos. En ambos frentes, Trump convierte el comercio en teatro de poder, donde cada decisión arancelaria o tecnológica tiene resonancia electoral y geopolítica.
Para América Latina y Europa, lo que ocurre entre Asia y Estados Unidos se traduce en tensiones que condicionan cadenas de suministro, precios energéticos y flujos de inversión con efectos directos en sus economías. La disputa por TikTok anticipa debates sobre soberanía digital y control de datos que también afectan a nuestros países. La presión sobre India recuerda hasta qué punto los alineamientos internacionales se juzgan en clave comercial y energética.
Trump muestra avances con China y endurece su pulso con India, y en ambos frentes el hilo conductor es el mismo, el comercio convertido en campo de batalla donde Madrid y Nueva Delhi representan escenarios distintos de una misma disputa que ya no gira en torno a tarifas ni aplicaciones sino a la arquitectura del poder global, con algoritmos, rutas energéticas y cadenas de valor como ejes de la agenda del siglo XXI.