Hay imágenes que atraviesan el pensamiento como una cuchilla suave. Una de ellas: el escarabajo que se alimenta de excremento y, sin embargo, fabrica belleza. Wajdi Mouawad, dramaturgo de raíz libanesa, recoge esa escena y la convierte en una metáfora feroz: el artista, dice, es como ese insecto. Vive de lo que los demás desechan. Se alimenta del malestar, del residuo, del fracaso. Y desde ahí produce algo que puede inquietar, conmover o deslumbrar.
El escarabajo no compite por la cima. Se arrastra. Hace lo suyo en silencio, bajo la mirada indiferente o burlona de quienes no perciben su tarea. Pero esa tarea —en apariencia menor, casi repulsiva— consiste en descomponer la porquería del mundo y transformarla en materia útil, en arte vivo. El escarabajo no niega lo que es. Lo metaboliza.
Hay en esta comparación algo que se resiste al elogio fácil del arte por el arte. Aquí no hay romanticismo. No hay aura. No hay altar. El artista no es un iluminado, sino un organismo sensible que detecta lo que se pudre en su entorno y, con paciencia, lo convierte en otra cosa. No limpia el mundo. Lo procesa. Lo dice. Lo convierte en forma. En color. En lenguaje.
El caparazón del escarabajo —verde jade, púrpura brillante, negro azabache, oro imposible— no es una decoración. Es el resultado de un sistema digestivo extremo, afinado, delicado. Una alquimia oscura. Mouawad nos recuerda que hay belleza que nace en la sombra. Y que el arte, cuando no se contenta con imitar la superficie, se adentra en lo más denso y lo más bajo de la condición humana.
En muchas culturas, el escarabajo ha sido símbolo de tránsito, muerte, renovación. En Egipto, se asociaba al dios Ra y al ciclo solar: rodaba el sol como una bola de estiércol sagrado. En Mesoamérica, fue símbolo de guerra, fertilidad, conexión entre mundos. En Oriente, se lo relaciona con la perseverancia y la fortuna. Pero en todas partes, el escarabajo es aquello que actúa desde lo escondido.
El artista también. No como héroe, sino como médium. Su obra no emerge de un lugar claro, sino de una fricción con lo inasimilable. El dolor colectivo, la injusticia, el exilio, la violencia, la banalidad —todo eso que otros apartan, callan o normalizan— es lo que el artista recoge con sus mandíbulas invisibles y convierte en una pieza que, si es verdadera, perturba.
Quizás por eso el arte incomoda. Porque no viene del cielo. Viene de abajo. Porque no ofrece respuestas. Expone preguntas. Porque no embellece el mundo. Lo desnuda. Y en ese desnudamiento puede haber algo profundamente liberador.
Wajdi Mouawad lo dice sin eufemismos: el artista se alimenta de la mierda del mundo. La frase golpea. No porque sea vulgar, sino porque acierta. ¿De qué otra cosa se podría nutrir el arte que no sea del conflicto, de la pérdida, de lo inacabado? ¿Y qué sería de nosotros si no hubiera quien hiciera ese trabajo ingrato y necesario?
En su Historia del escarabajo, Vicente Aleixandre lo decía de otro modo:
“El suave escarabajo,
más negro que el silencio que transcurre después de alguna muerte,
pasa borrando apenas las huellas de los carros…”
Ese escarabajo que pasa sin ruido borra con su cuerpo las marcas del daño. No las niega. Las procesa. Ese puede ser también el lugar del artista: no un celebrante de la belleza, sino un habitante de lo residual. Alguien que, sin pretensiones de redención, muestra lo que otros no quieren mirar. Y si tiene suerte, lo transforma.
Mouawad no eleva al artista. Lo ubica. Lo sitúa en la cadena. Lo hermana con un ser oscuro, tenaz, discreto. Lo obliga a elegir entre el adorno y el trabajo sucio. Y nos deja con una imagen difícil de olvidar: que entre la mierda del mundo hay quienes aún encuentran algo que vale la pena ser dicho.