Trump, entre silbidos y trofeos: fútbol, política y escenografía en el MetLife

14 juillet 2025 - 09:07

El balón rodó en la final del Mundial de Clubes, pero el espectáculo también transcurrió fuera del césped. Donald Trump, presidente de Estados Unidos en su segundo mandato, fue el invitado estelar en el MetLife Stadium durante el triunfo del Chelsea sobre el PSG (3-0). Lo que debía ser una ceremonia de cierre deportiva se convirtió, brevemente, en termómetro político.

Trump descendió al campo escoltado por cámaras y vítores, pero también recibió una andanada de abucheos mientras caminaba hacia el podio de premiación. El estadio, repleto con más de 80.000 asistentes y nutrida presencia latinoamericana, lo recibió con una mezcla tensa de aplausos y rechazos. La música ambiente subió de volumen. Las cámaras, incómodas, desviaron el encuadre. La escena, aunque fugaz, bastó para revelar las tensiones políticas latentes incluso en los rituales deportivos.

Ajeno o indiferente a los silbidos, Trump aplaudió a los jugadores del Chelsea, entregó el Balón de Oro al joven inglés Cole Palmer y posó sonriente con la copa junto a los árbitros y al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Todo esto mientras afirmaba, en declaraciones previas, que el fútbol es “un deporte tremendo” y que Estados Unidos está entrando en su «Era de Oro».

No es solo entusiasmo deportivo. Trump ha entendido, como otros líderes antes que él, que el fútbol puede ser palanca de legitimidad, escaparate de poder blando y proyección nacional. La final fue su ensayo general de cara al Mundial de 2026, que Estados Unidos coorganizará con Canadá y México. De hecho, el presidente ya instaló un grupo de trabajo en la Casa Blanca para garantizar que el torneo no sufra sobresaltos. La Copa del Mundo coincidirá con el 250º aniversario de la independencia estadounidense. El marco simbólico es tan potente como útil para la narrativa de su gobierno.

El presidente no dejó pasar la ocasión para recordar su vínculo sentimental con el fútbol. Evocó la época en que asistía de joven a ver jugar a Pelé con el Cosmos de Nueva York y lo comparó —a su manera— con Babe Ruth. Nostalgia y propaganda, todo en el mismo paquete.

Trump ha tejido una relación cercana con Gianni Infantino, actual mandamás de la FIFA, quien lo ha visitado más de una vez en la Casa Blanca. En marzo, incluso dejó en exhibición el trofeo del Mundial de Clubes en el Despacho Oval. La FIFA, por su parte, tiene claro el objetivo: conquistar al público estadounidense con el deporte más popular del planeta, un proyecto que necesita visibilidad, inversión y figuras.

 Las políticas migratorias del presidente generan recelo entre parte de la afición internacional. Organismos humanitarios y colectivos latinos han advertido que podrían dificultar el acceso de aficionados a Estados Unidos durante el Mundial, precisamente en un deporte que, por esencia, cruza fronteras y no habla un solo idioma.

Trump, entre silbidos y flashes, parece decidido a aprovechar el fútbol como vitrina. Pero la pregunta no es si Estados Unidos está preparado para recibir al mundo en 2026, sino si el mundo querrá venir.

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