Sebta y Melilia: españoles por ciudadanía, marroquíes por sus raíces y unidos a Marruecos por el cordón umbilical del islam

14 octobre 2026 - 15:13
Mezquita Muley Mehdi en Sebta

Mezquita Muley Mehdi en Sebta

El hispanista marroquí Fikri Soussan propone una reflexión sobre la identidad de las comunidades musulmanas de Sebta y Melilia a raíz de la visita de los reyes de España a ambas ciudades. En esta tribuna, el autor analiza la compleja convivencia entre ciudadanía española, raíces marroquíes y pertenencia espiritual, y plantea un desafío al nuevo Gobierno de Marruecos: transformar los vínculos históricos, culturales y religiosos en políticas concretas que permitan preservarlos a lo largo de las generaciones.

La visita de Felipe VI a Sebta y Melilia reabre un debate que trasciende la controversia territorial: el de la identidad de sus comunidades musulmanas. Detrás de la nacionalidad española que muchos de sus miembros poseen, y de la pertenencia nacional que algunos reivindican, persisten vínculos religiosos, culturales y familiares con Marruecos. ¿Cómo preservar ese legado y qué debería hacer el nuevo Gobierno marroquí para impedir que, con el paso de las generaciones, termine reducido a un recuerdo?

La visita de los reyes de España, Felipe VI y Letizia, a Sebta y Melilia los días 13 y 14 de octubre plantea una cuestión que va mucho más allá de la escenificación institucional de la presencia española en dos ciudades cuya soberanía reivindica Marruecos. Se trata de la identidad de sus comunidades musulmanas, muchas de cuyos integrantes poseen la nacionalidad española y algunos de los cuales consideran su pertenencia a España una convicción nacional, no simplemente una condición jurídica. Sin embargo, sus raíces familiares, culturales y religiosas siguen hundiéndose, en numerosos casos, en la sociedad marroquí.

En Melilia no resulta extraño encontrar a un musulmán que habla español en su trabajo, rifeño —una variante del amazigh— en su hogar y mantiene estrechos vínculos familiares con Nador y otras localidades del Rif. En Sebta, la dariya marroquí sigue presente en numerosas familias, junto con costumbres, celebraciones y tradiciones religiosas compartidas con las ciudades del norte de Marruecos. No son vínculos nacidos exclusivamente de la proximidad geográfica. Los han tejido siglos de relaciones familiares, matrimonios, intercambios comerciales, desplazamientos y convivencia humana.

La persistencia de esos lazos no significa, naturalmente, que todos los musulmanes de ambas ciudades compartan un mismo sentimiento nacional. Sus condiciones sociales y jurídicas han cambiado profundamente y la identidad española se ha consolidado entre generaciones sucesivas. Comprender esta realidad exige distinguir tres dimensiones que no siempre coinciden: la nacionalidad, que determina la relación jurídica y política del individuo con el Estado; la identidad cultural, que se construye en el entorno familiar y social; y la referencia religiosa, cuyas raíces pueden remontarse a épocas anteriores a las fronteras políticas actuales.

El islam marroquí: unas raíces más profundas que las fronteras

El islam constituye uno de los principales elementos de continuidad histórica entre las comunidades musulmanas de Sebta y Melilia y Marruecos. No hablamos del islam únicamente como religión universal, sino de su expresión histórica marroquí, construida a lo largo de los siglos mediante tradiciones jurídicas, espirituales y culturales propias, entre las que destacan la escuela malikí, la doctrina teológica asharí y el sufismo suní.

A este legado se han incorporado las particularidades locales del Rif y del norte de Marruecos, enriqueciendo una tradición religiosa que ha adquirido expresiones lingüísticas, familiares y sociales reconocibles.

Surge aquí una pregunta esencial: ¿la adquisición de la nacionalidad española implica necesariamente una modificación de las referencias religiosas e históricas heredadas de generaciones anteriores?

A lo largo de su historia, el islam ha conocido diferentes escuelas y experiencias regionales. Las tradiciones andalusí y marroquí, por ejemplo, desarrollaron rasgos jurídicos y culturales específicos dentro de un mismo horizonte religioso. Cambiar de nacionalidad, o haber nacido bajo una determinada administración, no supone automáticamente renunciar a ese patrimonio.

Desde esta perspectiva, la expresión «musulmán español» no plantea contradicción alguna en términos de ciudadanía. La cuestión aparece cuando se presupone que la nacionalidad española debe llevar aparejada la renuncia al legado religioso de los antepasados. Un ciudadano español puede continuar identificándose con la escuela malikí y conservar prácticas culturales y religiosas arraigadas en el espacio marroquí sin considerar que ello entre en conflicto con su pertenencia nacional.

Ahora bien, sería ingenuo pensar que estos vínculos están protegidos de las transformaciones sociales. Las nuevas generaciones se educan en instituciones españolas, conviven con diversas influencias culturales y religiosas y pueden mantener con las tradiciones marroquíes una relación muy distinta de la que conocieron sus padres y abuelos.

Por eso, la continuidad de este patrimonio necesita algo más que evocaciones nostálgicas: requiere transmisión de conocimientos, espacios de encuentro y relaciones humanas vivas.

La Comandancia de los Creyentes y la cuestión de la autoridad espiritual

No es posible abordar esta dimensión religiosa sin mencionar la institución de la Comandancia de los Creyentes —Imarat al Muminin—, una de las singularidades históricas y constitucionales del Estado marroquí.

El rey Mohamed VI, en su condición de Comendador de los Creyentes, desempeña un papel central en la protección de la referencia religiosa del Reino y en la organización de sus instituciones islámicas. Este modelo se apoya en una larga tradición histórica que vincula la legitimidad religiosa con la autoridad política, y se expresa mediante instituciones dedicadas a la formación de imanes, la orientación religiosa y la gestión de las mezquitas.

En Sebta y Melilia, sin embargo, la cuestión adquiere una dimensión distinta. Sus habitantes están sujetos a las leyes y a la administración españolas, mientras que determinados sectores de sus comunidades musulmanas mantienen tradiciones religiosas históricamente vinculadas a Marruecos.

Esta situación plantea interrogantes sobre la formación de los imanes, las referencias doctrinales utilizadas en las mezquitas, la preservación de la escuela malikí y las relaciones científicas y espirituales que algunas instituciones religiosas locales mantienen con el ámbito marroquí.

Conviene introducir aquí una precisión fundamental: reconocer la existencia de una tradición religiosa marroquí no supone afirmar que todos los musulmanes de Sebta y Melilia acepten la autoridad espiritual del Comendador de los Creyentes. Sus sensibilidades religiosas son diversas y sus identidades nacionales también. Pero sería igualmente difícil estudiar la historia del islam en ambas ciudades ignorando la influencia de una tradición marroquí que sigue presente en determinadas familias y comunidades.

Esta cuestión adquiere particular relevancia en la prevención del extremismo religioso. La experiencia marroquí, articulada en torno al malikismo, el pensamiento asharí y el sufismo suní, ofrece instrumentos intelectuales y pedagógicos que pueden resultar útiles frente a los discursos extremistas y excluyentes.

Ello no significa que la pertenencia a una escuela jurídica o teológica garantice, por sí sola, la moderación. La prevención de la radicalización exige imanes bien formados, una enseñanza religiosa rigurosa y espacios de diálogo capaces de responder a las preguntas e inquietudes de los jóvenes.

Una referencia espiritual marroquí bajo administración española

El debate requiere distinguir entre la autoridad administrativa existente y las referencias espirituales heredadas.

España ejerce la administración y las competencias legales, judiciales y de seguridad en Sebta y Melilia. Marruecos, por su parte, mantiene su reivindicación histórica de soberanía sobre ambas ciudades, que considera parte de su territorio.

El reconocimiento de la realidad administrativa actual no obliga a Marruecos a abandonar su posición territorial, del mismo modo que la existencia de esa administración no debería impedir que los musulmanes interesados en ello conserven libremente sus tradiciones religiosas marroquíes.

Aquí aparece una comparación que merece una reflexión serena.

España, pese al carácter aconfesional de su Estado, mantiene relaciones históricas e institucionales con la Iglesia católica, cuya máxima autoridad espiritual se encuentra en Roma, fuera del territorio español. ¿Por qué debería resultar extraño que determinados musulmanes de Sebta y Melilia quisieran conservar vínculos espirituales con instituciones religiosas marroquíes, incluida la Comandancia de los Creyentes, siempre que esa relación fuera libremente elegida y respetara la legislación española?

Naturalmente, las situaciones jurídicas e históricas de la Iglesia católica y de la institución marroquí no son idénticas. La comparación no pretende equipararlas, sino recordar un principio elemental: las referencias espirituales no siempre coinciden con las fronteras políticas.

Además, el islam no es ajeno a la memoria histórica de España. Durante siglos, Al-Ándalus constituyó una de las experiencias culturales, intelectuales y religiosas más importantes de la península ibérica. Los sabios, juristas y pensadores marroquíes mantuvieron estrechos contactos con ese universo, contribuyendo a la circulación del conocimiento entre ambas orillas.

No se trata de proyectar retrospectivamente sobre Al-Ándalus la institución marroquí actual de la Comandancia de los Creyentes, sino de recordar que las relaciones religiosas y culturales entre Marruecos y la península ibérica son anteriores a la configuración de los Estados contemporáneos.

Esta memoria compartida podría convertirse en un instrumento de cooperación en lugar de constituir una fuente permanente de controversia. La colaboración voluntaria entre asociaciones y mezquitas interesadas en la formación religiosa marroquí puede ser compatible, en principio, con el respeto al ordenamiento español y a la libertad de conciencia.

La prevención del extremismo violento constituye, además, un ámbito de interés compartido para Marruecos y España. La cooperación religiosa y educativa podría complementar la colaboración policial y judicial, siempre que se evite identificar el islam con una amenaza para la seguridad.

Españoles por ciudadanía, marroquíes por memoria

La cuestión más delicada concierne a quienes, siendo musulmanes y teniendo raíces familiares marroquíes, se sienten plenamente españoles.

Una persona nacida en Sebta o Melilia, educada en el sistema escolar español, integrada en la vida pública y titular de los derechos civiles y políticos correspondientes puede desarrollar un sentimiento profundo de pertenencia a España. No sería justo reducir esa convicción a una identidad impuesta o a un simple cálculo de conveniencia por el hecho de que sus antepasados procedan de Marruecos.

Sin embargo, reconocer esa realidad tampoco significa que las raíces marroquíes hayan perdido toda relevancia. Un ciudadano orgulloso de su nacionalidad española puede mantener vínculos familiares, culturales y espirituales muy estrechos con Marruecos. Y esos vínculos pueden variar considerablemente incluso dentro de una misma familia.

La lengua desempeña aquí un papel esencial. El amazigh rifeño en Melilia y la dariya marroquí en Sebta no son únicamente medios de comunicación. Constituyen vehículos de memoria: transmiten historias familiares, expresiones religiosas, tradiciones sociales y formas de entender el mundo.

Pero su transmisión tampoco está garantizada. La creciente presencia del español en la enseñanza, el trabajo y la vida cotidiana puede debilitar progresivamente el uso de las lenguas familiares entre las generaciones más jóvenes.

Preservar la memoria marroquí exige, por tanto, algo más que recordar los apellidos o los lugares de origen. Requiere promover la enseñanza de las lenguas, facilitar los encuentros familiares, estimular el conocimiento de la historia de las regiones de procedencia y mantener abiertos los espacios culturales y religiosos que los propios interesados deseen conservar.

Porque las raíces no son una condena a permanecer anclados en el pasado. Son una posibilidad de enriquecimiento cultural que cada generación debe poder interpretar libremente.

Un mensaje al nuevo Gobierno marroquí: de la evocación de las raíces a una política para preservarlas

Marruecos no puede limitarse a recordar a las comunidades musulmanas de Sebta y Melilia cada vez que un responsable español visita ambas ciudades para olvidarlas cuando termina la actualidad diplomática.

Los vínculos históricos que han sobrevivido a profundas transformaciones políticas necesitan hoy una política gubernamental clara, constante y dotada de recursos. Más aún cuando surgen nuevas generaciones cuya vida transcurre principalmente en el entorno social español y que pueden alejarse progresivamente de las referencias culturales de sus antepasados.

El nuevo Gobierno marroquí debería elaborar un programa específico de cooperación humana, religiosa, cultural y económica dirigido a los habitantes de ambas ciudades que deseen mantener o reforzar sus relaciones con Marruecos.

Ese programa debería asentarse sobre medidas concretas, respetar las diferentes situaciones jurídicas y nacionalidades de sus posibles beneficiarios y evitar tanto las promesas genéricas como las iniciativas improvisadas al calor de una crisis diplomática.

Formación religiosa y cooperación frente al extremismo

La referencia religiosa marroquí podría ocupar un lugar relevante dentro de ese programa mediante oportunidades de formación para imanes, actividades culturales y religiosas desarrolladas con asociaciones interesadas y proyectos educativos dirigidos a los jóvenes.

La experiencia marroquí en la gestión del ámbito religioso representa un patrimonio del que pueden extraerse enseñanzas útiles para la prevención de la radicalización, sin caer en la idea simplista de que la adhesión a una determinada tradición doctrinal basta para neutralizar cualquier manifestación extremista.

Se trata de una responsabilidad compartida que puede beneficiar a Marruecos y España. La lucha contra el terrorismo no se limita a las operaciones policiales: requiere prevenir los procesos de captación, combatir los discursos que legitiman la violencia y atender las situaciones de vulnerabilidad que pueden explotar las organizaciones extremistas.

Todo ello debe desarrollarse desde el respeto a la libertad religiosa y sin convertir a las comunidades musulmanas en objeto de sospecha por razón de su fe.

Una ventanilla única para facilitar la vida de las familias

Una de las iniciativas más inmediatas y útiles consistiría en crear ventanillas únicas de atención administrativa en los municipios marroquíes próximos a ambas ciudades, especialmente en Fnideq y Beni Ensar.

Estos servicios facilitarían a las personas legalmente habilitadas la obtención de documentos del registro civil, certificados, libros de familia y otros trámites relacionados con la administración marroquí.

La iniciativa podría acompañarse de plataformas digitales, sistemas de cita previa y mecanismos transparentes para presentar reclamaciones y conocer el estado de los expedientes.

Las relaciones con la tierra de origen no deberían convertirse en una interminable peregrinación entre oficinas y administraciones. La calidad de los servicios públicos también construye confianza, cercanía y sentido de pertenencia.

Una administración accesible y respetuosa puede hacer más por mantener determinados vínculos humanos que una multitud de declaraciones oficiales sobre la historia compartida.

Empleo, inversión y acceso a la vivienda

La dimensión económica debería constituir otro pilar de esta política.

Los jóvenes con títulos académicos o cualificaciones profesionales obtenidas en España que deseen trabajar en Marruecos necesitan procedimientos más ágiles de homologación y reconocimiento de competencias. También sería conveniente ofrecer orientación y acompañamiento para crear pequeñas y medianas empresas, especialmente en los territorios marroquíes próximos a Sebta y Melilia.

Los proyectos productivos podrían beneficiarse de incentivos cuidadosamente diseñados, sujetos a criterios claros de viabilidad económica, transparencia e igualdad de oportunidades.

Merece igualmente una reflexión seria la posibilidad de promover cooperativas de vivienda y de actividad económica destinadas a familias y jóvenes con ingresos modestos, particularmente en las áreas de Fnideq y Beni Ensar.

El acceso a suelo urbanizado en condiciones adecuadas y a mecanismos de financiación responsables podría favorecer iniciativas que generen vínculos estables con Marruecos.

Una vivienda adquirida o construida por una familia, una pequeña empresa creada por un joven o un proyecto profesional desarrollado entre las dos orillas pueden contribuir a consolidar relaciones sociales y económicas mucho más duraderas que las visitas ocasionales.

Unas fronteras que no rompan los lazos familiares

Los pasos fronterizos constituyen un elemento decisivo en las relaciones cotidianas entre Sebta, Tetuán, Fnideq, M’diq y Tánger, y entre Melilia, Nador y Beni Ensar.

Estos intercambios no se limitan al comercio. Incluyen vínculos de parentesco, matrimonios, desplazamientos laborales, estudios, asistencia sanitaria y relaciones sociales construidas durante generaciones.

Cada obstáculo administrativo innecesario termina repercutiendo sobre la vida de las familias y debilitando la comunicación natural entre comunidades vecinas.

Por ello, Marruecos y España deberían estudiar, mediante sus mecanismos de cooperación, fórmulas legales que faciliten los desplazamientos de familiares, trabajadores, estudiantes y pacientes, dentro del respeto a las normas de seguridad y a los controles aduaneros.

Es fundamental distinguir entre la movilidad legítima de las personas y las actividades de las redes criminales que aprovechan las fronteras para el tráfico de drogas o de seres humanos. La lucha contra estas organizaciones no debería traducirse en dificultades indiscriminadas para familias y trabajadores ajenos a esas actividades.

Una frontera segura no tiene por qué convertirse en una frontera humanamente insensible.

La sociedad civil como garante de la continuidad cultural

Las asociaciones culturales, religiosas y sociales de Sebta y Melilia pueden desempeñar un papel decisivo en la preservación y renovación de estos vínculos.

La enseñanza del árabe y del amazigh, las actividades juveniles, la divulgación del patrimonio marroquí y los encuentros entre familias constituyen ámbitos de actuación concretos que merecen apoyo y continuidad.

Sin embargo, cualquier cooperación con estas entidades debe respetar escrupulosamente su autonomía y la diversidad de posiciones existentes entre sus miembros. La relación cultural con Marruecos no debe convertirse en un mecanismo para clasificar a los habitantes de ambas ciudades ni para examinar sus lealtades políticas.

El programa gubernamental que aquí se propone necesitaría un calendario, un presupuesto y responsabilidades institucionales bien definidas. En su ejecución deberían participar los departamentos encargados de los asuntos religiosos, las relaciones exteriores, la administración territorial, el empleo, la inversión y las colectividades locales.

Y sus resultados deberían medirse por los servicios que realmente llegan a las personas, las oportunidades laborales que genera y los proyectos que consigue poner en marcha, no por el número de reuniones celebradas ni por la extensión de los comunicados publicados.

El cordón umbilical necesita algo más que memoria

La visita de Felipe VI y Letizia terminará. Las cámaras abandonarán Sebta y Melilia y la actualidad informativa se desplazará hacia otros asuntos. Pero las comunidades musulmanas de ambas ciudades seguirán viviendo una realidad en la que se entrecruzan la ciudadanía española, las raíces marroquíes y unas tradiciones religiosas transmitidas de generación en generación.

Ningún análisis riguroso puede ignorar alguna de estas dimensiones ni pretender que todos los habitantes las experimentan de la misma manera.

El mensaje dirigido al nuevo Gobierno marroquí es, por tanto, sencillo: la preservación de esos vínculos no puede descansar exclusivamente en la evocación del pasado. Exige atención a las personas, servicios administrativos eficaces, oportunidades de empleo e inversión, facilidades para mantener el contacto familiar y espacios donde quienes lo deseen puedan cultivar libremente su patrimonio cultural y espiritual marroquí.

El cordón umbilical que une a una persona con la tierra de sus antepasados no permanece vivo por el mero hecho de hablar de él. Necesita relaciones que se renueven, intereses legítimos que lo sostengan y una confianza capaz de resistir el paso de las generaciones.

Si Marruecos no transforma esa memoria compartida en una política de proximidad, servicios y oportunidades, corre el riesgo de que, para algunos descendientes de familias marroquíes de Sebta y Melilia, sus raíces dejen de constituir una experiencia vivida y se conviertan únicamente en una historia que escucharon contar a sus padres y abuelos.

 

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