Marruecos, ese vecino al que España todavía no ha aprendido a mirar

28 septembre 2026 - 12:21

España y Marruecos: dos orillas, una historia y una mirada de frente.

La cercanía geográfica entre España y Marruecos no siempre se traduce en conocimiento mutuo. Cada crisis fronteriza reactiva prejuicios arraigados a ambos lados del Estrecho. Del «moro» del imaginario español al bu-rqa’a, el español de los remiendos de la memoria colonial marroquí, un recorrido histórico y antropológico por nuestras miradas cruzadas invita a superar las caricaturas sin eludir los desacuerdos ni las responsabilidades políticas.

Soy marroquí —y rifeño, para más señas— y llevo media vida estudiando la historia de España. Tiempo suficiente para haber aprendido a quererla, también en sus contradicciones, y para permitirme hablar de ella con el afecto que merece y la franqueza que exige. Quizá por eso me sorprende la facilidad con que, cada vez que estalla una crisis entre nuestros países, reaparecen prejuicios que creía definitivamente superados.

La entrada masiva de más de 72.000 personas en Ceuta, los días 30 y 31 de julio, dejó una tragedia humana que, según el balance difundido por la Organización Internacional para las Migraciones en septiembre, se cobró al menos 97 vidas. También desencadenó una emergencia cuyas consecuencias siguen afectando a la ciudad y a miles de personas migrantes. Junto a las legítimas preocupaciones de sus habitantes, determinados discursos recuperaron viejas imágenes sobre Marruecos que parecían esperar pacientemente la próxima crisis para volver a escena.

Ceuta: las responsabilidades y los prejuicios

La magnitud de lo ocurrido exige esclarecer las responsabilidades institucionales. Un informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras de la Policía Nacional, elaborado a petición de la jueza María Tardón, de la Audiencia Nacional, describe la entrada masiva como una operación planificada y apunta a la participación de agentes marroquíes, algunos uniformados y otros de paisano. El documento, basado en el análisis de imágenes, comunicaciones y testimonios, no ha permitido identificar individualmente a los responsables. La investigación judicial continúa abierta.

Como marroquí, me interesa que esas preguntas encuentren respuestas documentadas. También que se examinen la actuación de las autoridades españolas, la preparación de la respuesta y las condiciones de acogida. Una tragedia humana de estas dimensiones merece algo más que un intercambio de acusaciones entre gobiernos.

Precisamente aquí comienza la reflexión que me interesa: una cosa son las decisiones de un Estado y otra la sociedad a la que representa. Confundirlas sería tan absurdo como juzgar a todos los españoles por cada decisión de la Moncloa. Sospecho que mis amigos españoles tampoco encontrarían especialmente brillante ese método.

Los viejos personajes de nuestra historia

Los prejuicios tienen una historia considerablemente más larga que nuestras últimas disputas fronterizas. El historiador Eloy Martín Corrales ha documentado las representaciones del magrebí en España a lo largo de varios siglos. En ellas aparece un repertorio de figuras que van del enemigo temible al indígena pintoresco, con numerosas variantes adaptadas a las circunstancias de cada época.

La investigadora Daniela Flesler estudió, por su parte, cómo determinados discursos sobre la inmigración marroquí recuperaron el antiguo lenguaje de la invasión musulmana. Los ataques racistas de El Ejido en 2000 ofrecieron un ejemplo dramático: el delito atribuido a un individuo terminó desencadenando agresiones contra toda una comunidad.

La Guerra Civil añadió nuevas contradicciones a este imaginario. La propaganda franquista exaltaba la hermandad hispano-marroquí, mientras determinados discursos republicanos representaban a los soldados marroquíes del ejército sublevado como herederos de los invasores medievales. El marroquí real, con sus circunstancias y motivaciones, tenía pocas posibilidades de intervenir en aquella discusión sobre su propia identidad.

Sería injusto, sin embargo, describir a la España actual como prisionera de semejante pasado. Numerosos investigadores, escritores y ciudadanos llevan décadas contribuyendo a conocer mejor Marruecos. Gonzalo Fernández Parrilla ofrece un ejemplo en Al sur de Tánger, publicado originalmente en 2022 y reeditado en 2026: un recorrido por las culturas marroquíes que combina viajes, literatura, memoria y observación personal. El problema surge cuando ese conocimiento pierde protagonismo frente a las interpretaciones apresuradas de una nueva crisis.

El Marruecos que desaparece detrás de la frontera

El número 148 de la revista marroquí Zamane, publicado en febrero de 2026, dedica su dosier a la formación y evolución de la personalidad marroquí. Sus contribuciones exploran las raíces históricas, geográficas, políticas y religiosas de nuestra identidad. El sociólogo Mohamed Sghir Janjar recuerda, en una entrevista, que las controversias sobre sus características seguirán abiertas.

Basta observar la pluralidad amazigh, árabe, africana, andalusí y judía que ha contribuido a formar Marruecos. Tampoco nuestra relación histórica con el poder responde a un supuesto carácter nacional inmutable: ha conocido pactos, negociaciones, rivalidades regionales y resistencias.

El Rif ofrece un ejemplo particularmente significativo. A la memoria de Abdelkrim El Jatabi y de la resistencia al colonialismo español se suma la del Hirak, iniciado en Alhucemas en 2016. Sus movilizaciones expresaron reivindicaciones sociales y denunciaron la marginación territorial. La respuesta de las autoridades incluyó centenares de detenciones y procesos judiciales cuestionados por organizaciones de derechos humanos.

Difícil encajar semejante trayectoria en la imagen de una sociedad naturalmente sumisa. También sería ingenuo sustituir esa caricatura por la postal de un país armonioso y sin contradicciones.

Y nosotros, ¿cómo miramos a España?

Llegados a este punto, conviene girar el espejo. Porque los marroquíes también hemos fabricado nuestro español imaginario.

El antropólogo Josep Lluís Mateo Dieste reconstruye una sorprendente variedad de percepciones en su artículo De los «remendados» al Hâjj Franco: los españoles en el imaginario colonial marroquí, publicado en 2004. Una de ellas cabe en una sola palabra: bu-rqa’a, literalmente, «el de los remiendos». El apelativo se aplicó, según algunos testimonios, a inmigrantes españoles pobres y terminó extendiéndose a los españoles en general. En el Rif tuvo incluso su equivalente rifeño.

La imagen tenía una base material. Muchos españoles llegados a Marruecos eran obreros, campesinos y pequeños comerciantes. Un relato del siglo XIX describía a soldados españoles cuyos uniformes, desgastados por el uso, acumulaban remiendos. Un antiguo cabo marroquí recordaba incluso haber ganado un premio por remendar pantalones españoles.

La ironía histórica resulta deliciosa: mientras el imaginario colonial español representaba al marroquí como un ser atrasado, algunos marroquíes contemplaban al colonizador y veían a un pobre con los pantalones remendados.

Pero aquella imagen convivía con muchas otras. El español podía ser el cristiano invasor, el vecino accesible, el empleador o el aliado circunstancial. Algunos marroquíes lo consideraban más cercano en el trato cotidiano que al francés. Otros conservaban recuerdos de violencia, humillación y dominación.

La división colonial dejó incluso sus propias categorías de pertenencia: los habitantes de la antigua zona española llegaron a ser conocidos como Awlad Isbaniya, «los hijos de España», frente a los Awlad Fransa, «los hijos de Francia», de la zona francesa. Tales denominaciones sobrevivieron al Protectorado y reflejaban diferencias lingüísticas, culturales y políticas que continuaron pesando después de la independencia.

Las contradicciones alcanzaron otra dimensión durante la Guerra Civil. Mateo Dieste recoge testimonios de antiguos combatientes marroquíes que recordaban a Franco con sentimientos ambivalentes, entre la admiración militar y el resentimiento por las promesas incumplidas. Las canciones populares rifeñas conservaban, entretanto, otra memoria: la del hambre, las ausencias y el sufrimiento de las madres cuyos hijos fueron enviados a combatir.

Toda esa diversidad debería vacunarnos contra la tentación de reducir nuestra propia mirada a una oposición sencilla entre colonizadores y colonizados. Y, sin embargo, seguimos cayendo en simplificaciones parecidas. Todavía hay quien interpreta cualquier desacuerdo diplomático con Madrid como demostración de una hostilidad española permanente. Una declaración desafortunada de un político puede convertirse en expresión del pensamiento de toda España. Algunas críticas periodísticas a nuestras instituciones reciben como respuesta automática una excursión por el pasado colonial, aunque sus argumentos merezcan examinarse por sí mismos.

La memoria histórica ayuda a comprender el presente. Convertida en explicación universal, termina ocultándolo.

Catorce kilómetros

España y Marruecos seguirán teniendo intereses distintos, interpretaciones históricas divergentes y desacuerdos políticos. La proximidad geográfica nunca ha garantizado el entendimiento; basta observar a ciertas familias que llevan generaciones viviendo en el mismo edificio.

Pero catorce kilómetros de mar deberían permitirnos algo más que intercambiar sospechas desde cada orilla. Llevamos siglos cruzando el Estrecho para comerciar, guerrear, emigrar, estudiar y enamorarnos.

Quizá haya llegado el momento de conocernos con la misma curiosidad con la que nuestros antepasados aprendieron a desconfiar unos de otros.

 

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