De la guerra de Tetuán a la crisis de Ceuta: cuando el «moro» vuelve a convertirse en el adversario

24 septembre 2026 - 13:29

Las recientes tensiones en torno a Ceuta han reavivado, en determinados sectores políticos y mediáticos españoles, una retórica que recuerda en algunos aspectos a la que precedió a la guerra de Tetuán de 1859. Más de siglo y medio separa ambos episodios, cuyas circunstancias son profundamente diferentes. Sin embargo, ciertos mecanismos de movilización política merecen ser comparados: la exaltación patriótica, la identificación de un adversario exterior y la búsqueda de cohesión nacional frente al vecino marroquí.

La crisis actual no puede equipararse a una guerra colonial del siglo XIX. Pero invita a reflexionar sobre la persistencia de determinadas representaciones históricas que resurgen cuando las relaciones entre Madrid y Rabat atraviesan momentos de tensión.

Cuando la guerra se convierte en instrumento de cohesión nacional

En 1859, el Gobierno del general Leopoldo O’Donnell llevó a España a una guerra contra Marruecos. La campaña militar despertó una importante movilización patriótica, alimentada por la prensa y respaldada por buena parte de las fuerzas políticas españolas.

Benito Pérez Galdós recreó aquel ambiente en Aita Tettauen, publicada en 1905. A través de sus personajes, el novelista retrató el entusiasmo bélico, pero también las profundas afinidades históricas y culturales entre ambos pueblos. Uno de ellos, Jerónimo Ansúrez, llegó a presentar el conflicto como una especie de guerra civil entre poblaciones cuyas costumbres y tradiciones conservaban la huella de varios siglos de historia compartida.

Esta intuición literaria contrasta con el lenguaje de algunos intelectuales de la época. En Jornadas de gloria o los españoles en África, publicada en 1860, Víctor Balaguer describió a los marroquíes como enemigos por razones raciales. Emilio Castelar, pese a su vinculación con la tradición democrática española, también defendió la campaña militar apelando al patriotismo y a una supuesta misión civilizadora.

Estos testimonios muestran cómo la representación de un adversario exterior podía trascender las divisiones políticas y contribuir a la movilización nacional. Las consideraciones de política interior también desempeñaron un papel importante en la decisión de O’Donnell de emprender la guerra.

Ceuta: entre el incidente fronterizo y las ambiciones territoriales

La guerra tuvo su desencadenante inmediato en los incidentes ocurridos en agosto de 1859 en los alrededores de Ceuta. Miembros de la tribu de Anyera se opusieron a los trabajos de fortificación emprendidos por las autoridades españolas en las inmediaciones de la ciudad.

El historiador marroquí Germain Ayache propuso una interpretación geoestratégica de aquellos acontecimientos en su estudio sobre Beliounech y el destino de Ceuta. Según su lectura, lo que estaba en juego iba mucho más allá del incidente fronterizo: se trataba del control de las alturas que dominaban la ciudad y, especialmente, de las posiciones estratégicas situadas en el entorno del monte Musa.

Esta interpretación pone el acento en las ambiciones territoriales españolas, mientras que la historiografía militar española destaca los ataques contra sus posiciones y las necesidades de seguridad invocadas entonces.

Las consecuencias territoriales del conflicto, en cambio, están documentadas. El Tratado de Wad-Ras, firmado el 26 de abril de 1860, impuso a Marruecos importantes concesiones, entre ellas la ampliación del territorio de Ceuta y el pago de una cuantiosa indemnización de guerra.

La guerra respondió, por tanto, a distintas lógicas: intereses militares y territoriales, pero también consideraciones de prestigio y política interior.

El regreso de las representaciones heredadas del pasado

Las tensiones de septiembre de 2026 en torno a Ceuta y Melilla han devuelto las relaciones hispano-marroquíes al centro del debate público español. La cuestión migratoria y las controversias territoriales han suscitado declaraciones especialmente firmes, particularmente entre los responsables políticos de ambas ciudades.

En una tribuna publicada el 22 de septiembre, sus presidentes reafirmaron que Ceuta y Melilla forman parte integrante de España y rechazaron cualquier cuestionamiento de su soberanía española.

Defender una posición territorial no constituye, por sí mismo, una manifestación de hostilidad hacia los marroquíes. El problema surge cuando el debate político deriva hacia generalizaciones culturales, religiosas o identitarias que transforman un desacuerdo entre Estados en una confrontación entre pueblos.

Es precisamente en ese desplazamiento donde determinadas representaciones heredadas del siglo XIX pueden recuperar actualidad. El término «moro», cuando se utiliza para presentar indistintamente a los marroquíes como una amenaza colectiva, reactiva un imaginario históricamente cargado de prejuicios.

Sería inexacto, sin embargo, considerar a la sociedad española como un bloque homogéneo. Los debates actuales también revelan posiciones divergentes sobre las relaciones con Marruecos, la inmigración y las posibles vías para resolver las crisis bilaterales.

Una reivindicación marroquí que viene de lejos

Desde la perspectiva marroquí, la cuestión de Ceuta y Melilla no nace de las tensiones recientes. Se inscribe en una larga historia de reivindicaciones territoriales e iniciativas diplomáticas.

En enero de 1987, Hasán II propuso a las autoridades españolas la creación de una comisión bilateral encargada de examinar una posible solución al contencioso. Aquella iniciativa encontró la negativa del Gobierno español a abrir negociaciones sobre la soberanía de ambas ciudades.

Las posiciones siguen enfrentadas: Marruecos reivindica ambas ciudades, mientras que España considera que su soberanía no es negociable. Esta divergencia histórica constituye uno de los elementos persistentes de sus relaciones.

Sin embargo, el desacuerdo no debería impedir que ambos países mantengan el diálogo sobre sus intereses comunes: los intercambios económicos, la seguridad, la movilidad humana y su vecindad mediterránea.

Salir del enfrentamiento de los imaginarios

La historia demuestra que la representación del vecino como adversario puede servir a determinados objetivos de política interior. También muestra las consecuencias de una movilización nacional que acaba transformando los contenciosos territoriales en antagonismos entre pueblos.

La proximidad geográfica entre Marruecos y España hace que sus relaciones sean inseparables. Los intercambios humanos, los vínculos económicos y las herencias culturales compartidas dan testimonio de una interdependencia que las crisis políticas no pueden borrar.

Para superar las tensiones actuales es necesario reconocer la profundidad de los desacuerdos sin encerrarlos en las categorías del pasado. Ello exige, por ambas partes, distinguir las reivindicaciones políticas de los juicios sobre las poblaciones.

Quizá ahí resida la verdadera cuestión: impedir que el «moro» de las antiguas representaciones bélicas vuelva a sustituir al marroquí de hoy, ese vecino con el que España comparte mucho más que una frontera.

 

Pr.Mustapha ELOUIZI es investigador y universitario marroquí.

 

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