La entrada masiva de decenas de miles de marroquíes en Ceuta ha provocado en España una conmoción comprensible. La dimensión del acontecimiento, las vidas perdidas, la presencia de miles de menores, la saturación de los servicios públicos y las dudas sobre la actuación de las autoridades marroquíes exigían una respuesta firme, coordinada y transparente.
Pero una crisis real también puede ser interpretada mediante imágenes falsas. Y eso es precisamente lo que ha sucedido cuando una parte del discurso político y mediático español ha dejado de hablar de migrantes, responsabilidades y cooperación fronteriza para recuperar palabras como «invasión», «asalto», «reconquista» y «acto de guerra».
Esas palabras no son inocentes. Proceden de un antiguo imaginario español en el que el «moro» aparece, una y otra vez, como una amenaza que llega desde el sur. El problema no es solamente que ese vocabulario pueda alimentar el racismo contra los marroquíes. El problema es que impide a España comprender el país que tiene enfrente.
Porque Marruecos ha cambiado. Y quien siga mirando al Marruecos de 2026 con los ojos de 711, de Annual o del Protectorado español terminará equivocándose tanto sobre los marroquíes como sobre los intereses de la propia España.
Una historia común, no una guerra de trece siglos
La relación entre Marruecos y España no comenzó con la inmigración, con la Marcha Verde ni con las últimas crisis diplomáticas. Es una relación construida durante siglos por la proximidad geográfica, los conflictos, los intercambios, las migraciones y las influencias recíprocas.
La llegada de Tariq ibn Ziyad a la Península en 711 ocupa un lugar central en la memoria histórica española. Pero presentarla como la primera invasión marroquí de España constituye un anacronismo: ni Marruecos ni España existían entonces como Estados nacionales. El ejército de Tariq estaba integrado mayoritariamente por amaziges y actuaba dentro de la expansión del Califato omeya.
Al-Ándalus tampoco puede reducirse a ocho siglos de ocupación extranjera. Fue una realidad política peninsular, con guerras y desigualdades, pero también con alianzas entre musulmanes y cristianos, circulación de conocimientos, mestizajes, rivalidades internas y contribuciones decisivas a la cultura europea.
La llamada Reconquista se convirtió después en uno de los grandes relatos fundacionales de España: una patria cristiana perdida en 711 habría recuperado progresivamente su territorio hasta la caída de Granada en 1492. Ese relato posee una enorme fuerza simbólica, pero simplifica una Edad Media mucho más compleja.
Y hay un dato que el imaginario español suele recordar menos: cinco años después de la caída de Granada, España ocupó Melilla. Tras expulsar al musulmán de la Península, las monarquías ibéricas llevaron su expansión militar a la otra orilla del Estrecho.
Desde entonces, la historia no siguió una sola dirección. Hubo incursiones y corsarios magrebíes, pero también ocupaciones españolas. Hubo temores españoles ante el sur, pero también poblaciones marroquíes sometidas al colonialismo europeo. Hubo Annual, que permanece como una herida española, pero hubo asimismo una guerra devastadora para los habitantes del Rif, incluido el empleo de armas químicas cuyas consecuencias continúan presentes en la memoria rifeña.
España recuerda a los soldados muertos en Annual. Marruecos recuerda las montañas bombardeadas y la resistencia de Abdelkrim El Jatabi. Ambas memorias forman parte de la misma historia, aunque durante demasiado tiempo cada país haya enseñado únicamente su propio dolor.
El «moro» que España inventó
La palabra «moro» no ha designado siempre a la misma persona. En diferentes épocas ha servido para nombrar al musulmán medieval, al morisco, al norteafricano, al rifeño que resistía la ocupación, al soldado de los Regulares que combatió junto a Franco y, más recientemente, al inmigrante marroquí.
Cambió el sujeto, pero sobrevivieron algunos atributos: fanático, violento, atrasado, sexualmente amenazador, desleal e invasor.
La Guerra Civil reforzó esa representación de una manera paradójica. Franco se presentó como defensor de la España católica mientras utilizaba decenas de miles de soldados marroquíes contra otros españoles. La propaganda republicana recuperó entonces la imagen aterradora del «moro» para denunciar las atrocidades del ejército sublevado. El marroquí volvió a ser representado como el bárbaro que atravesaba el Estrecho, aunque esta vez había sido reclutado, transportado y dirigido por militares españoles.
El estereotipo sobrevivió al final del Protectorado. Reapareció durante la Marcha Verde, la disputa sobre Ceuta y Melilla, el conflicto del islote de Perejil y las sucesivas crisis migratorias. Y ha vuelto a aparecer ahora.
Pero los imaginarios no son enfermedades hereditarias. Los españoles actuales no sienten miedo a Marruecos porque conserven biológicamente el recuerdo de 711. Son determinados discursos políticos, educativos y mediáticos los que seleccionan fragmentos del pasado y los emplean para interpretar el presente.
Por eso resulta legítimo hablar de una crisis migratoria, de una frontera desbordada o de responsabilidades marroquíes. Lo que resulta peligroso es convertir a decenas de miles de personas —entre ellas numerosos menores— en un ejército y atribuir a todo un pueblo una voluntad de conquista.
Marruecos ya no es el país del Protectorado
Una parte de España continúa mirando a Marruecos con una mezcla de paternalismo, temor y superioridad. Lo imagina como un vecino pobre cuya única función consiste en impedir la llegada de migrantes, comprar productos españoles y aceptar las decisiones adoptadas al norte del Estrecho.
Ese Marruecos ya no existe.
El Marruecos actual es un Estado que ha diversificado sus relaciones internacionales, reforzado su presencia africana y desarrollado alianzas estratégicas con Estados Unidos, China, la Unión Europea, los países del Golfo y numerosos Estados del continente africano. Ha invertido en infraestructuras portuarias, industria automovilística, aeronáutica, energías renovables, transporte ferroviario y proyección financiera.
El puerto de Tánger Med, la industria del automóvil, el tren de alta velocidad, los proyectos energéticos y la creciente presencia empresarial marroquí en África no son elementos propagandísticos: expresan una transformación económica y geopolítica que España no debería subestimar.
Marruecos tampoco acepta ya con la misma docilidad las jerarquías heredadas de la época colonial. Defiende sus intereses, diversifica sus alianzas y aspira a ser reconocido como una potencia regional. Puede gustar o no, pero ignorarlo no hará que desaparezca.
Esto no significa idealizar Marruecos.
El país continúa padeciendo graves desigualdades territoriales y sociales. Muchos jóvenes no encuentran oportunidades acordes con su formación. Persisten el desempleo, la corrupción, las deficiencias en los servicios públicos, las limitaciones de la participación política y una distribución muy desigual de los beneficios del crecimiento. Regiones como el Rif siguen sintiéndose alejadas de los centros de decisión.
La salida desesperada de tantos jóvenes hacia Ceuta no es una demostración del éxito del modelo marroquí. Es una acusación contra sus insuficiencias.
Un país no puede celebrar sus autopistas, puertos y grandes proyectos mientras una parte de su juventud considera que arriesgar la vida en el mar es más razonable que permanecer en él. La modernización de las infraestructuras no sustituye a la justicia social, la confianza institucional ni la esperanza.
Pero reconocer esos problemas no autoriza a reducir Marruecos a ellos. España también sufre desigualdades, desempleo juvenil, polarización y crisis de confianza, y nadie aceptaría que se definiera toda su realidad a partir de sus fracasos.
Ni enemigo eterno ni simple gendarme
España tiene derecho a exigir a Marruecos explicaciones claras sobre lo sucedido en Ceuta. La cooperación entre vecinos no puede consistir en abrir y cerrar la frontera según las tensiones diplomáticas. Los seres humanos no pueden convertirse en instrumentos de presión, y mucho menos los menores.
Marruecos, por su parte, tiene derecho a exigir que sus ciudadanos sean tratados conforme a la ley y a la dignidad humana. Una entrada irregular no elimina los derechos fundamentales ni convierte automáticamente a quien cruza en delincuente, invasor o enemigo.
La relación entre ambos países necesita abandonar dos ficciones igualmente perjudiciales.
La primera es la ficción romántica de la amistad ejemplar. Marruecos y España no son amigos en el sentido sentimental de la palabra. Son Estados vecinos con intereses comunes, desacuerdos importantes y una interdependencia que obliga a negociar continuamente.
La segunda es la ficción de la enemistad inevitable. La geografía no condena a ambos países a repetir sus guerras. El Estrecho puede ser una frontera, pero también constituye un espacio compartido por el comercio, la energía, la seguridad, la cultura, las familias y las migraciones.
España necesita a Marruecos, pero Marruecos también necesita a España. La relación será estable únicamente cuando esa interdependencia se reconozca sin paternalismo por una parte ni instrumentalización por la otra.
Mirar al vecino tal como es
La entrada masiva en Ceuta debería impulsar una reflexión seria en los dos países.
Marruecos debe preguntarse por qué tantos jóvenes han perdido la confianza en su futuro. No basta con acusar a las redes sociales, a las mafias o a provocadores desconocidos. Las convocatorias digitales triunfan cuando encuentran una desesperación social dispuesta a escucharlas.
España debe preguntarse por qué una crisis fronteriza reactiva con tanta facilidad la figura del «moro» invasor. No basta con condenar los insultos más evidentes. Hay que examinar el vocabulario político, la memoria colonial y la facilidad con la que se confunden Marruecos, islam, inmigración, delincuencia y amenaza territorial.
Conocer la historia común no significa pedir perdón indefinidamente ni negar los conflictos. Significa comprender que las heridas existen en las dos orillas y que ninguna de ellas posee el monopolio del sufrimiento o de la verdad.
A los españoles que todavía contemplan Marruecos como una prolongación del pasado colonial convendría recordarles algo elemental: al otro lado del Estrecho ya no se encuentra un territorio sometido, aislado y condenado a obedecer. Se encuentra un país joven, ambicioso, contradictorio y en plena transformación, orgulloso de sus avances e inquieto por sus desigualdades.
No es el Marruecos ideal que describe cierta propaganda oficial. Tampoco es el Marruecos atrasado y amenazador que imagina una parte del discurso español.
Es un país real.
Y España tendrá que aprender a relacionarse con él no desde el miedo al «moro», ni desde la nostalgia de una superioridad perdida, sino desde el respeto, la exigencia recíproca y el conocimiento de una historia que pertenece a las dos orillas.
Saad SAHLI es abogado y analista político marroquí