Gustavo Petro gobierna como un hombre sitiado por su propia forma de ejercer el poder. Sus aliados caen, sus proyectos se traban y el presidente colombiano parece pelear más contra sus fantasmas que contra la oposición real.
Gustavo Petro gobierna Colombia como quien carga un fardo demasiado grande para su espalda. Cada día amanece con nuevos enemigos, a veces dentro de su propia casa, y los enfrenta con el aire de quien se sabe traicionado antes de empezar la conversación. Es como un personaje de García Márquez, un Aureliano Buendía sin guerras civiles pero con la misma soledad épica, decidido a cambiar la historia mientras ve cómo su mundo se deshace antes de concretarse.
No se trata de un mártir ni de un héroe incomprendido, aunque a ratos le guste creerse en esos papeles. Tampoco es el guerrillero puro de sus años mozos ni el reformista pragmático que prometió en campaña. Hoy Petro es un presidente que parece vivir en guerra consigo mismo.
Sus ministros y asesores cuentan que deben entrar a su despacho con preguntas cerradas, fáciles de responder. Así evitan la dispersión que lo caracteriza cuando se suelta a hablar de sus visiones históricas. Es un hombre que piensa en términos de largo plazo pero gobierna en la urgencia, sin construir los puentes mínimos para sostener sus proyectos.
Ha perdido a casi todos sus aliados cercanos. Su mano derecha, Laura Sarabia, se fue por la puerta chica y él se despidió con una frase digna de un sermón revolucionario, pero sin atisbo de humanidad. Sus ministros caen como fichas de dominó. Su vicepresidenta es, para él, una enemiga silenciosa. Hasta su viejo amigo Álvaro Leyva parece conspirar para derribarlo.
Petro gobierna desde la resistencia y dialoga como quien predica su verdad. Su gabinete ya no se arma con los nombres que ilusionaban a la izquierda universitaria o a los movimientos sociales. Ahora confía en operadores curtidos en la política tradicional, como Armando Benedetti, un viejo zorro que conoce el Congreso como sus bolsillos. A su manera, Benedetti le asegura resultados en reformas clave como la laboral, pero al precio de vaciar de sentido su idea original de un gobierno de cambio.
Quiere hacer una consulta popular para empujar sus reformas, como si el país entero debiera plegarse a sus planes por puro mandato plebiscitario. No parece importarle el rechazo de amplios sectores, ni siquiera de su base. Sabe que la maquinaria estatal podría jugar a su favor, pero ignora algo más profundo: la fatiga de los colombianos frente a un gobierno que prometió paz total y terminó generando caos total.
Petro es hoy un presidente que se mira al espejo y no reconoce a nadie. Ni a sus ministros, ni a sus aliados, ni a su propio proyecto. Vive rodeado de fantasmas en la Casa de Nariño, un edificio que desprecia por su grandilocuencia. Y al mismo tiempo, no puede salir de él porque afuera la calle también le es hostil.
Algunos analistas creen que está acabado. Otros advierten que todavía tiene fuerza para imponer un sucesor y condicionar el próximo ciclo político. Yo creo que Petro no acabará su mandato como un pato cojo, sino como un hombre solo, convencido de su razón, pero derrotado por su propio laberinto.
En el fondo, Petro no perdió el poder por los enemigos externos, ni por la corrupción que corroe su gobierno. Perdió el poder en el momento en que se convenció de que la historia estaba de su lado y dejó de escuchar al país real que lo eligió. Esa es la tragedia de los presidentes que confunden su destino personal con el destino de la patria. Como el Trujillo de Vargas Llosa, Petro no carga con la crueldad del dictador, pero sí con esa soledad absoluta de quien ya no distingue entre obediencia y miedo.