Cuatro años al frente del PP: Feijóo en su laberinto

02 avril 2026 - 19:45

 

Hay líderes que fracasan porque no comprenden su situación. Alberto Núñez Feijóo no pertenece a esa categoría. En la extensa entrevista que concedió a La Vanguardia el pasado 29 de marzo, con motivo de su cuarto aniversario al frente del Partido Popular (PP), el político ourensano formuló con una precisión inhabitual la contradicción que lo define: «cuanto más crezca Vox, más límites tendrá el PP». Es un diagnóstico impecable. El problema es que quien lo enuncia lleva cuatro años aplicando exactamente las políticas que alimentan ese crecimiento, sin mostrar disposición alguna a reorientar el rumbo. Feijóo ve el laberinto con claridad, pero sigue caminando hacia el ojo del huracán.

Los números del cuatrienio, presentados por el propio Feijóo, son objetivamente sólidos: diez victorias en doce comicios, mayorías absolutas en Galicia y en la Comunidad de Madrid, dominio sostenido del espacio autonómico. El PP ganó las elecciones municipales, las europeas y quince de las veintiún autonómicas celebradas desde su llegada a Génova. Ese palmarés no puede pasarse por alto. Pero el propio Feijóo reconoce que no le ha proporcionado lo que más quería, a saber, una mayoría suficiente en el Congreso para gobernar sin depender de nadie. La distancia entre ganar y poder gobernar —persistente, estructural— es el espacio en que habita toda su contradicción y la medida más honesta de lo que estos cuatro años han dado de sí.

La cita electoral del 17 de mayo en Andalucía proyecta sobre el aniversario una luz incómoda. Feijóo necesita que Juanma Moreno conserve la mayoría absoluta sin necesidad de Vox, porque ese resultado sería el único capaz de sostener la narrativa de la existencia de un centroderecha autónomo y moderado. Pero el modelo andaluz de 2022 no se ha reproducido en ningún otro territorio desde entonces. En Extremadura, Aragón y Castilla y León, el PP ha gobernado con el apoyo explícito de la formación de Santiago Abascal, en ocasiones con ministros de Vox integrados en el ejecutivo autonómico. Que los votantes de Vox «quieren el pacto con el PP» y que «lo dicen todas las encuestas», como el propio Feijóo afirma, no es una constatación inocente. Es la descripción de una dependencia estructural que él mismo ha contribuido a consolidar.

Más allá de la aritmética, el problema de fondo es de orientación. Feijóo ha convertido la crispación en su principal herramienta de movilización. En su testimonio en La Vanguardia llega a admitir que «no estoy muy satisfecho cuando contesto de forma desabrida a Sánchez». La frase suena a autocrítica, pero es en realidad el retrato de una táctica deliberada cuyos costes empieza a intuir. De los seis pactos de Estado que puso sobre la mesa durante la legislatura, solo uno prosperó: la renovación del Consejo General del Poder Judicial, que llegó tarde y en condiciones que su propio partido había bloqueado durante años. El balance habla de un líder que ha elegido el bloqueo como método sin haber logrado convertirlo en rentabilidad electoral suficiente para alcanzar la Moncloa.

Hay una dimensión del liderazgo de Feijóo que sus cuatro años han dejado al descubierto con particular nitidez. Su política no contribuye a la normalidad institucional que el país necesita, sino que opera como vector de polarización. España había mantenido durante décadas un consenso transversal en materia de política exterior, defensa y pertenencia a instituciones multilaterales, incluida la Alianza Atlántica. Ese acuerdo tácito entre los dos grandes partidos fue uno de los activos más valiosos de la democracia española. Feijóo lo ha erosionado al convertir la respuesta del Gobierno a la guerra de Irán en munición de partido, sin ofrecer una alternativa articulada. Cuando se le pregunta qué haría un gobierno del PP con las bases de Rota y Morón, responde con una distinción retórica —«una cosa es hacer seguidismo a Trump y otra enfrentarse a Estados Unidos»— que no se traduce en ninguna propuesta concreta. El resultado es que España afronta el debate geopolítico más exigente de las últimas décadas sin una oposición capaz de fijar posición.

«No conozco ninguna época de España de peor clima institucional o de bienestar», afirma Feijóo. Es la frase que mejor condensa el relato de la oposición, y también la que choca con más evidencias incómodas. La economía española creció un 2,8% en 2025, los indicadores de desigualdad han mejorado de forma sostenida desde 2017 según el Instituto de Estudios Fiscales y la inflación, pese al repunte de marzo, responde a un choque energético externo que afecta a toda Europa. Feijóo puede argumentar que ese crecimiento convive con problemas reales —vivienda, presión fiscal, deterioro del poder adquisitivo en las clases medias— y tendría razón. Pero la hipérbole constante le impide construir una crítica precisa, que es la única que muerde electoralmente en el centro. La gente que supuestamente le dice en la calle que es «demasiado blando» no es la misma que necesita convencer para llegar a la Moncloa.

Así las cosas, cuatro años después de su llegada a Génova, Feijóo ha logrado todo lo que un líder de la oposición puede lograr sin gobernar. Ha derrotado a Sánchez en las urnas con una regularidad que ningún adversario anterior del presidente había conseguido. Y, sin embargo, Sánchez sigue en La Moncloa, el PP sigue dependiendo de Vox en los territorios donde gobierna y los consensos que durante décadas dieron estabilidad a la democracia española —en política exterior, en dinámicas institucionales, en el trato correcto entre los grandes partidos— se han deteriorado sin que Feijóo haya aportado nada para preservarlos. El problema no es que no entienda el laberinto. Es que lo entiende, lo describe con exactitud y lleva cuatro años sin encontrar —o sin querer encontrar— la salida.

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