Estados Unidos y China vuelven a sentarse este domingo y lunes en París, en la sede de la OCDE, para una nueva ronda de consultas comerciales. Más que una simple cita técnica, el encuentro mide el verdadero estado de una relación atravesada por la desconfianza, la rivalidad tecnológica y la batalla por el control de los minerales estratégicos.
París no será este fin de semana una capital diplomática cualquiera. Será, más bien, el decorado sobrio de una relación que intenta no romperse del todo. Washington y Pekín celebrarán allí una nueva ronda de consultas económicas y comerciales, la sexta desde la activación de su mecanismo de diálogo en 2025. La parte estadounidense estará representada por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y por el representante comercial, Jamieson Greer; China, por su hombre fuerte en la interlocución económica con Estados Unidos, el viceprimer ministro He Lifeng. Tanto el Tesoro como la USTR han confirmado oficialmente el desplazamiento a París para los días 15 y 16 de marzo.
No se trata de un gesto menor ni de una foto protocolaria. La reunión llega en un momento en que ambas potencias parecen aceptar una evidencia incómoda: no pueden permitirse ni una ruptura total ni una reconciliación plena. El comercio bilateral sigue siendo demasiado grande para dinamitarlo, pero la competencia estratégica es demasiado profunda para disimularla. Por eso, estas conversaciones no anuncian un deshielo; anuncian, en todo caso, una administración más cuidadosa del conflicto.
El menú de la negociación resume bien la naturaleza del choque. Sobre la mesa estarán los aranceles, los controles tecnológicos y el comercio de materias primas críticas, en particular las tierras raras. Es decir: industria, soberanía tecnológica y seguridad económica. Ya no se discute únicamente cuánto vende uno al otro, sino quién controla los eslabones decisivos de la cadena global. En esa disputa, China sigue siendo un actor central en minerales estratégicos, mientras Washington insiste en blindar sectores considerados sensibles para su seguridad nacional e industrial.
La paradoja es que este nuevo contacto se produce mientras la tensión vuelve a subir. El 11 de marzo, la USTR lanzó una nueva hornada de investigaciones bajo la Sección 301 sobre exceso estructural de capacidad y prácticas manufactureras, en una ofensiva que Pekín denunció de inmediato antes incluso de que arrancara la cita parisina. Reuters informó el viernes de que China criticó con dureza esa iniciativa y se reservó el derecho a responder. Dicho de otro modo: ambos se sientan a hablar mientras siguen afilando sus instrumentos de presión.
A eso se suma un elemento nada menor: el revés judicial sufrido por la Casa Blanca en febrero. El Tribunal Supremo de Estados Unidos dictaminó el 20 de febrero que la IEEPA no autoriza al presidente a imponer aranceles de la manera en que lo había hecho Donald Trump, al considerar que esa potestad no había sido delegada de forma suficiente por el Congreso. El fallo no elimina la pulsión proteccionista de Washington, pero sí le obliga a recalibrar su arquitectura legal. Y eso cambia el contexto de las conversaciones con China: negociar ya no es solo una opción diplomática, sino también una necesidad práctica para una administración cuyo margen unilateral ha sido parcialmente recortado.
París, además, funciona como antesala de algo mayor. Reuters y otros medios internacionales sitúan a finales de marzo el viaje previsto de Donald Trump a China, del 31 de marzo al 2 de abril, aunque Pekín sigue moviéndose con prudencia en la confirmación política del desplazamiento. Estas consultas, por tanto, no son solo una ronda técnica: son una operación de despeje. Se trata de reducir fricciones, ordenar desacuerdos y preparar una agenda mínimamente presentable para una eventual cumbre entre Trump y Xi Jinping.
La OCDE presta el edificio, pero no el contenido. Y eso también tiene su simbolismo. En una Europa que asiste con inquietud al endurecimiento de la pugna sino-estadounidense, París se convierte en terreno neutral para una conversación que afecta al resto del mundo más de lo que a veces admiten sus protagonistas. Cada pulseada sobre chips, subsidios industriales, exportaciones o tierras raras repercute sobre precios, inversión, cadenas logísticas y estabilidad energética global. Mucho más en un contexto internacional crispado por la guerra contra Irán y por la volatilidad que esta ha añadido a los mercados.
Conviene, por tanto, desconfiar tanto del alarmismo como del optimismo fácil. No estamos ante el fin de la guerra comercial, pero tampoco ante su fase más virulenta. Lo que se juega en París es algo más sobrio y más decisivo: la capacidad de las dos mayores potencias del planeta para impedir que su rivalidad económica se convierta en un mecanismo automático de escalada. En ese terreno, hasta una tregua precaria ya sería una noticia.