La detención del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero tiene ramificaciones que se extienden más allá del continente americano. Para el Frente Polisario y su principal valedor, Argelia, la operación representa la desaparición del último gran bastión latinoamericano que sostenía las reivindicaciones separatistas en el Sáhara Occidental, cerrando un ciclo de cuatro décadas de apoyo ideológico y financiero desde Caracas.
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en la madrugada del 3 de enero constituye un punto de inflexión que trasciende las fronteras latinoamericanas. Para Argelia y el Frente Polisario, la operación militar en Caracas representa la desaparición del último gran aliado latinoamericano en un momento crítico para las aspiraciones separatistas en el Sáhara Occidental. Venezuela se había convertido durante cuatro décadas en lo que fuentes diplomáticas califican como un «marcador ideológico» de la política exterior chavista, proporcionando no solo respaldo político sino también apoyo financiero directo al movimiento separatista saharaui. La pérdida de este respaldo llega en un momento particularmente delicado, cuando el Polisario enfrenta un aislamiento creciente en el escenario internacional y cuando Argelia se ve sometida a presiones económicas y geopolíticas de una intensidad sin precedentes en décadas.
El compromiso venezolano con la causa saharaui arranca formalmente en 1982, cuando Caracas reconoció oficialmente la República Árabe Saharaui Democrática. Sin embargo, fue con la llegada de Hugo Chávez al poder cuando esta posición se transformó en un auténtico pilar de la política exterior venezolana. Chávez integró el Sáhara en su narrativa antiimperialista y de solidaridad tercermundista, presentando el conflicto como expresión de su lucha contra la hegemonía occidental. Nicolás Maduro heredó y profundizó este compromiso tras la muerte de Chávez en marzo de 2013. En marzo de 2023, Maduro recibió al secretario general del Polisario, Brahim Ghali, en una visita oficial de alto perfil. El embajador venezolano acreditado en Argel asumía simultáneamente funciones de representante ante la RASD, una configuración administrativa que reflejaba la importancia concedida por Caracas a este dossier. Esta implicación venezolana generó una hostilidad creciente con Marruecos, que cerró su embajada en Caracas en 2009 y condicionó cualquier normalización a un cambio de postura sobre el Sáhara.

La reacción oficial de Argelia ante la captura de Maduro fue tardía y, por extensión, reveladora. Ni el Ministerio de Asuntos Exteriores ni la Presidencia argelina emitieron declaraciones inmediatas sobre la operación estadounidense, un silencio que según fuentes diplomáticas revelaba un «nerviosismo palpable en la cumbre del poder». Este mutismo resultaba llamativo dado el nivel de las relaciones que Argel había cultivado con Caracas durante años. Maduro había efectuado dos visitas oficiales a Argelia, en junio de 2022 y octubre de 2024, siendo recibido en ambas ocasiones con honores de Estado. Cuando finalmente llegó la explicación oficial del ministro de Asuntos Exteriores argelino Ahmed Attaf casi dos días después, el 5 de enero, esta se centró casi exclusivamente en justificar la posición argelina durante el voto de la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad sobre el Sáhara Occidental, adoptada el 31 de octubre de 2025. Esta explicación, centrada en un voto de octubre de 2025, era presentada como justificación del silencio sobre Venezuela, revelando la dificultad del régimen argelino para articular una posición coherente que no irritara ni a Washington ni a su propia opinión pública.
La captura de Maduro se inscribe en una secuencia de acontecimientos que evidencian el desmantelamiento progresivo de la red de alianzas que había sostenido durante décadas las reivindicaciones del Polisario. En apenas catorce meses, entre diciembre de 2024 y enero de 2026, el movimiento separatista ha perdido a tres de sus aliados estratégicos más importantes. La primera pieza en caer fue Siria, en diciembre de 2024, cuando el régimen de Assad colapsó privando a Argelia de un interlocutor afín en una región crucial. La segunda fue Irán, que se ve sacudido desde el pasado 28 de diciembre por protestas masivas desencadenadas por el hundimiento del rial y una inflación galopante, con la administración Trump amenazando con intervenir militarmente si el régimen reprime violentamente a manifestantes. La tercera pieza es Venezuela, cuyo derrumbe configura un escenario de aislamiento progresivo que algunas fuentes describen como el más grave para el Polisario desde su fundación en 1973. Este desmantelamiento sucesivo no responde a desarrollos aislados sino al colapso de la red de alianzas alternativas al sistema occidental que había emergido en los años 2000.
El golpe diplomático más significativo para las aspiraciones del Polisario provino, sin embargo, de la propia Resolución 2797 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Este texto, elaborado por Estados Unidos, introduce una evolución fundamental en el tratamiento onusiano del conflicto. La resolución reafirma formalmente el principio de autodeterminación como base jurídica del proceso, pero simultáneamente describe el plan de autonomía marroquí como la solución que «podría representar la más plausible». Durante el voto resultó revelador el comportamiento de Rusia, socio estratégico histórico de Argelia, que se abstuvo en lugar de ejercer su derecho de veto. China también se abstuvo, evidenciando una postura cada vez más pragmática: Pekín mantiene relaciones comerciales más intensas con Marruecos que con Argelia. Esta doble abstención ruso-china privó a Argelia del escudo que tradicionalmente la protegía de resoluciones desfavorables. El resultado del voto —11 votos a favor, tres abstenciones y la ausencia de Argelia— marcaba un punto de inflexión sin precedentes en el tratamiento del conflicto.
En contraste con el nerviosismo argelino, Marruecos adoptó una postura de silencio absoluto ante la captura de Maduro. Ni el Ministerio de Asuntos Exteriores ni la Jefatura del Gobierno emitieron comunicado alguno sobre la operación estadounidense, una abstención que reflejaba una lectura estratégica muy calibrada. Rabat no necesitaba pronunciarse porque los hechos trabajaban a su favor sin coste diplomático alguno para el reino. Esta ausencia de comentarios contrastaba con el apoyo explícito que Marruecos había expresado en 2019 a Juan Guaidó cuando este se autoproclamó presidente interino de Venezuela. Cinco años después, con Maduro capturado y el régimen chavista desmantelado por la fuerza, Marruecos no necesitaba reivindicar ninguna victoria. El silencio oficial no impidió que en el interior de Marruecos varias formaciones de izquierda condenaran la detención de Maduro, reproduciendo argumentos similares a los empleados por sus homólogos latinoamericanos, lo que suscitó encendidas críticas en redes sociales de quienes priorizaban los intereses estratégicos del país.
La convergencia de estos factores sitúa al Frente Polisario quizás en la posición más precaria desde su fundación, con un margen de maniobra que se estrecha aceleradamente. Para Argelia, la situación configura una doble vulnerabilidad económica y geopolítica que reduce dramáticamente su capacidad de acción. La caída de los precios del petróleo, combinada con el aumento del consumo interno, que depende sobremanera de las importaciones, amenaza los fundamentos del modelo rentista sobre el que se ha construido el Estado argelino independiente. Simultáneamente, las presiones geopolíticas estadounidenses, articuladas a través de declaraciones políticas explícitas y activismo diplomático intenso, indican que Washington no considera cerrado el dossier saharaui. Para Marruecos, la situación representa una consolidación estratégica que no requiere acciones adicionales ni declaraciones triunfalistas. La tendencia que se desprende de este análisis apunta hacia una resolución del contencioso del Sáhara Occidental orientada hacia la autonomía bajo soberanía marroquí, aunque el momento exacto y las modalidades de esta evolución dependerán de la capacidad de Argel para gestionar al mismo tiempo presiones económicas severas y demandas de cambio en su política exterior.