El papa y el patriarca ortodoxo piden frenar el uso religioso de la guerra

29 novembre 2025 - 14:57

La imagen de León XIV junto al patriarca ortodoxo Bartolomé I en Iznik —la antigua Nicea— trasciende el gesto ceremonial. A 1.700 años del concilio que marcó la arquitectura doctrinal del cristianismo, el mensaje lanzado desde Turquía se inscribe en una urgencia contemporánea: separar la fe del uso político que la convierte en combustible para el conflicto.

Durante el acto celebrado a orillas del lago Iznik, frente a los restos de una basílica redescubierta bajo las aguas, el papa condenó el uso de la religión para justificar la violencia. La frase resultó tan llana como contundente: cualquier invocación de lo sagrado para legitimar guerra, fanatismo o exclusión constituye una traición a su sentido profundo. En su lugar, propuso el horizonte del encuentro, el diálogo y la cooperación.

El escenario añade densidad simbólica. Nicea fue el espacio donde la Iglesia buscó unidad doctrinal cuando el cristianismo dejaba de ser perseguido y empezaba a organizarse como estructura pública. Allí se selló el Credo Niceno, texto que fijó la comprensión trinitaria de la fe cristiana y estableció un lenguaje común para comunidades entonces divididas. Ese acuerdo doctrinal, nacido en el siglo IV, sigue siendo uno de los pocos patrimonios compartidos por católicos, ortodoxos y numerosas confesiones protestantes.

Que ese aniversario se conmemorara en clave ecuménica dota al mensaje de un peso político innegable. La presencia conjunta del papa y del patriarca tiene un valor que desborda el ámbito religioso. Habla de una voluntad de acortar distancias históricas y, sobre todo, de ofrecer una respuesta ética frente a un tiempo saturado de fracturas identitarias.

La visita de León XIV ocurre además en su primer viaje internacional y bajo el paraguas de una agenda que incluyó un encuentro con el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, antes de proseguir rumbo al Líbano. La secuencia de destinos no es casual. Oriente Próximo representa hoy un laboratorio donde religión, política y conflicto se entrelazan con especial crudeza. El mensaje pronunciado en Iznik, por tanto, se formula desde un cruce de caminos real, no retórico.

El trasfondo teológico también importa. Nicea resolvió una disputa central sobre la naturaleza de Jesús —si era criatura o consustancial al Padre— y, al hacerlo, fijó un eje de unidad que evitó que la pluralidad de interpretaciones derivara en un cisma precoz. La historia recuerda que los desacuerdos religiosos adquieren dimensión política cuando desbordan el debate doctrinal y se traducen en poder, territorios o identidades cerradas.

En el contexto actual, donde distintas tradiciones religiosas se ven instrumentalizadas por agendas nacionales o ideológicas, la advertencia del papa llega como una llamada de atención. La religión —dijo— deja de ser refugio espiritual cuando se usa como coartada del odio. Se vuelve entonces frontera mental y no puente.

La escena de Iznik sugiere otra lectura posible. La fe, lejos de blindar identidades, puede contribuir a desarmarlas. El gesto de los dos líderes cristianos, más allá del protocolo, propone una pedagogía pública: reconstruir desde lo común en tiempos de repliegue.

Nicea vuelve a hablar diecisiete siglos después. Esta vez, no para definir dogmas, sino para recordar algo más elemental. Cada vez que una creencia se convierte en arma, pierde su razón de ser.

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