¿Somos pescetarianos o queremos serlo y no lo sabíamos?

06 septembre 2025 - 12:00


Harry Styles, Olivia Wilde, Victoria Beckham o la infanta Cristina han adoptado una dieta pescetariana desde hace varios años. Pero, me animo a decirlo: no hay que ser una celebridad para optar por esta vía. De hecho, es posible que muchos la sigan o quieran seguirla sin saber que tiene un nombre. Expertos en nutrición coinciden al subrayar que este tipo de alimentación, acompañado de hábitos saludables y ejercicio, contempla diferentes beneficios, aunque siempre requiere la planificación de un experto en nutrición para lograr la ingesta adecuada de nutrientes esenciales.

Somos seres vivos, dinámicos y con inquietudes, humanos en constante transformación. De niña, adolescente y joven adulta nada podía resultarme más repulsivo que el pescado o los mariscos. Comía carne casi a diario o, al menos, deseaba comerla todos los días. Más tarde, amé fervorosamente el asado argentino y la carne de res en término medium rare. Ahora me conformo con disfrutar el olor cuando paso frente a algún restaurante. Pero lo cierto es que, desde hace años, son el pescado y los mariscos casi lo único que me apetece comer y lo que mejor digiero.

En términos generales, van tomando fuerza los estilos de vida saludables que incluyen la supresión de azúcares añadidos, bebidas azucaradas, harinas refinadas, alimentos procesados y también las carnes rojas. Esta revolución silenciosa o, a veces, no tanto, ha ido modificando hábitos de consumo, pero también tradiciones familiares y ha facilitado la transición pacífica respecto de algunas prácticas heredadas. Hoy asumimos una alimentación más consciente, comparamos, analizamos y decidimos qué es lo que damos a nuestro cuerpo. Todo ello también nos permite gozar de mejor salud que nuestros padres, tíos e incluso abuelos.

Recuerdo que, siendo niña, varios familiares sufrían por asuntos de colesterol, reumatismo, gota, azúcar alto o triglicéridos y que estos se agravaban si consumían ciertos alimentos. Por suerte, no he sufrido ninguno de estos problemas o patologías y empiezo a pensar que ello tiene que ver con los cambios que incorporé hace unos 15 años cuando, gradualmente, abandoné la vida sedentaria e incorporé la dieta mediterránea como estilo de vida. Esta ha ido mutando, con licencias ocasionales, pero, en general, ahora me siento más próxima a la dieta pescetariana.

Cuando converso con algunos amigos de mi generación sobre las implicaciones de adoptar otro estilo de vida y cambiar hábitos de alimentación, descubro que usualmente este cambio tuvo lugar al salir de casa. Porque sí, generaba cierto malestar o resistencia familiar y hasta se tomaba como un acto de rebeldía pretender que a los 20 años un hijo impusiera sus reglas y modificara los hábitos alimenticios y gastronómicos que han mantenido un hogar y una familia por décadas.

Me ha sorprendido en tiempos recientes encontrar que algunos amigos mayores, de la edad de mis padres o incluso a familiares, también han cambiado drásticamente sus hábitos y, al igual que yo, hoy se inclinan cada vez más por la dieta pescetariana, incluso sin saber que esta forma de alimentación por la que han optado tiene un nombre y que sus beneficios ya ocupan a los investigadores en las universidades más prestigiosas del mundo.

Mi percepción es que hoy buscamos y apostamos por una alimentación más consciente, tratamos de evitar o en algunos casos de reducir los índices de azúcar en sangre, el colesterol, los triglicéridos, la presión arterial, la grasa abdominal o las enfermedades cardiovasculares y la obesidad, siendo estas algunas de las mayores preocupaciones y problemáticas de las sociedades modernas.

Diferentes estudios constatan que seguir una dieta basada en el consumo de verduras, cereales integrales, grasas saludables, frutas y proteínas vegetales tiene incidencia positiva tanto en el cuerpo como en la mente de personas mayores de 50 años. El cambio de hábitos alimenticios, la actividad física y el ejercicio regular se han ido incorporando como parte de nuestra rutina cotidiana. La apariencia física importa, pero el cambio de hábitos la excede y es una apuesta más grande: buscamos equilibrio, fuerza, fortaleza, sostenibilidad. Y estamos trabajando para obtener algunos beneficios de largo plazo en términos de salud longeva.

Y es que a medida que los años pasan, ocupa y preocupa envejecer mejor, con menos dolencias y patologías. De ahí que las dietas mediterránea y pescetariana sean algunas de las corrientes que han tomado más fuerza y suman adeptos que buscan prevenir patologías, enfermedades cardiovasculares, así como mejorar la salud cerebral y, también, mantener el control del peso.

La dieta pescetariana es atractiva por su flexibilidad frente al vegetarianismo o veganismo, plantea el consumo de pescado y mariscos, entre dos y cuatro veces a la semana, además de lácteos, verduras, legumbres, proteínas vegetales, frutos secos, carbohidratos complejos, frutas y huevos, y aceite de oliva. Suprime el consumo de carnes de animales terrestres. Este es el principal punto de diferencia con la dieta mediterránea. Aunque en ambas importan los procesos de cocción de los alimentos y se apuesta mucho a las frutas y verduras frescas de temporada.

Los expertos precisan que la dieta pescetariana suele asociarse con la dieta mediterránea, pero la gran diferencia entre ambas es que la ingesta moderada de carne roja y otros mamíferos y aves sí está permitida en la dieta mediterránea, mientras que en la pescetariana estas especies se sustraen por completo. Pero, en el resto, ambas son muy similares: mariscos, frutas, verduras frescas y proteínas vegetales.

En la dieta pescetariana el pescado azul es valorado por su alto contenido en omega-3 y vitamina D y el pescado blanco porque se digiere mejor y tiene un bajo contenido graso. Además, se recomienda elegir pescados pequeños que presentan bajos índices de mercurio, en comparación con pescados grandes. Advierten del mercurio en el atún y el pez espada, entre otros. El pescado con vegetales, ensaladas, legumbres, además del consumo de huevos, cereales integrales, algunos lácteos, frutas y frutos secos y, algunas veces, suplementos que contienen hierro y vitaminas D y B12, según el historial y perfil, permiten una dieta equilibrada, en consonancia con el gasto calórico y los objetivos individuales.

Pero, como en toda dieta, la valoración médica y nutricional de un experto es necesaria para sugerir a su paciente lo que le resultará más beneficioso de acuerdo con sus objetivos, necesidades, alergias y carencias nutricionales.

 

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