La escritora argentina Samanta Schweblin recibió anoche en Barcelona el premio Aena de narrativa hispanoamericana por su libro de relatos El buen mal, publicado por Seix Barral, que se convierte así en la primera obra del género cuentístico en alzarse con un galardón dotado con un millón de euros. La ceremonia, celebrada en el Museu Marítim de la capital catalana, reunió a un jurado presidido por Rosa Montero y a los presidentes de la Generalitat de Catalunya y del Gobierno de Aena.
Samanta Schweblin llegó a la gala del premio Aena sin saber que se marcharía con el galardón. La escritora argentina, nacida en Buenos Aires en 1978 y residente en Berlín desde hace años, se enteró de su victoria pocas horas antes de la ceremonia y compareció ante el público del Museu Marítim con una mezcla de aturdimiento y gratitud que ella misma describió con precisión: «Estoy en shock. Hay tanta gente para agradecer sin la cual esto no podría haber pasado». Entre los primeros nombres que citó estaban sus editoras en España y Argentina, Elena Ramírez y Ana Laura Pérez, su agente literaria Johanna Castillo y su familia, a quien atribuyó haberle contagiado desde pequeña «unas ganas tremendas de leer».
El premio Aena de narrativa hispanoamericana, dotado con un millón de euros —la misma cantidad que el veterano premio Planeta—, reconoce con El buen mal a una autora que lleva más de dos décadas construyendo una obra en la que el terror y lo fantástico actúan como herramientas para indagar en los pliegues más incómodos de la experiencia humana. Schweblin debutó en 2002 con El núcleo del disturbio y desde entonces ha desarrollado una carrera que combina el relato breve con la novela corta, con títulos como Distancia de rescate o Kentukis, traducidos a decenas de idiomas y finalistas o ganadores de premios internacionales que incluyen el Man Booker International. Con El buen mal, ese recorrido alcanza su reconocimiento económico más rotundo en el ámbito hispanohablante.
Una escritora en shock
En la conversación que mantuvo con la prensa pocas horas antes de conocerse su victoria, Schweblin confesó que uno de los sueños recurrentes que cruzan su mente es el de tener un sueldo fijo: algo que le permitiera escribir con paz y estabilidad. El millón de euros del Aena convierte ese deseo en una realidad que la autora asimiló con dificultad durante la velada. En su discurso de agradecimiento, no olvidó a la «muy olvidada» universidad pública de Buenos Aires, que describió como «toda una declaración de intenciones», ni a las escritoras de su generación que, a su juicio, forman parte de la misma tradición a la que ella pertenece.
La lista de finalistas reflejaba la amplitud del espacio literario que el premio aspira a representar. Junto a Schweblin compitieron Enrique Vila-Matas, Nona Fernández, Héctor Abad Faciolince y Karla Suárez, cinco nombres que recorren distintas tradiciones del español literario contemporáneo. Rosa Montero, presidenta del jurado y escritora, resumió la jornada con una frase que igualó simbólicamente a todos los candidatos: «Los cinco habéis ganado ya». El resto del jurado estuvo compuesto por Pilar Adón, Luis Alberto de Cuenca, Jorge Fernández Díaz, Lelia Guerriero, José Carlos Llop y Élmer Mendoza.
El buen mal y el arte del relato
El buen mal es un libro de relatos, y esa circunstancia tiene un peso específico en el contexto de un galardón que, en sus ediciones anteriores, había premiado novelas. El género cuentístico ocupa en el mercado editorial un lugar históricamente secundario respecto a la novela: se publica menos, se distribuye con más dificultad y raramente protagoniza las apuestas comerciales de las grandes editoriales. Que el Aena lo elija obra ganadora envía una señal que varios asistentes a la ceremonia leyeron como una reivindicación del cuento como forma mayor de la narrativa en español.
La propia Schweblin situó los relatos de El buen mal en un territorio que define su mirada sobre la literatura: el de los personajes que se encuentran «en un punto de no retorno». «Todos andamos en un momento de cambio», reconoció la autora, «y quizás porque es algo que busco para mí misma». La apuesta por lo fantástico y lo perturbador no es, en su obra, un ejercicio de estilo sino un método de exploración: usa la extrañeza para acercar al lector a verdades que el realismo convencional deja fuera de plano. El jurado valoró, según su presidenta, tanto la calidad intrínseca de los relatos como su capacidad para sostener una voz reconocible a lo largo de un conjunto de piezas diversas.
Barcelona como capital editorial hispanoamericana
La ceremonia tuvo lugar en el Museu Marítim de Barcelona, escenario elegido por Aena para una velada que reunió, además del jurado y los finalistas, al president de la Generalitat de Catalunya, Salvador Illa, y al alcalde de la ciudad, Jaume Collboni. Maurici Lucena, presidente de Aena, subrayó la vocación del galardón como puente cultural: el premio celebra cada año en Barcelona su convocatoria porque, a su entender, «la capital catalana es la capital editorial de Hispanoamérica». Lucena fue más allá en su lectura del galardón: «Queremos ir hacia una renovada fraternidad entre Catalunya, España y Latinoamérica», afirmó.
La noche incluyó actuaciones que conectaron las novelas finalistas con la escena: Alex Gassent interpretó una composición musical que evocaba la figura de la madre y la abuela de Schweblin, presencias que la propia autora reconoce como su «fundación literaria emocional», junto a los referentes literarios de Kafka, Ray Bradbury y Julio Cortázar. La dramaturga Alda Lozano escribió un monólogo que dio voz a Josefina, la abuela de Marcos Giralt Torrente. Schweblin cerró la noche con una reflexión sobre el sentido de celebrar la literatura en un momento de incertidumbre global: «No es un momento cualquiera. Parece que el mundo se cae a pedazos», dijo, «pero peor que ponerse a escribir en un momento como este sería no ponerse a escribir».