En América Latina, el futuro tiene arrugas. Según José Manuel Salazar-Xirinachs, secretario ejecutivo de la CEPAL, dentro de 25 años uno de cada cuatro latinoamericanos será mayor de 60 años. Hoy, representan el 15 % de la población. En 2050 serán el 25 %, cerca de 183 millones de personas, y el grupo de mayores de 80 se triplicará. Una transición silenciosa pero determinante.
Esto no es solo un dato demográfico. Es una alerta estructural. El envejecimiento supondrá una presión sin precedentes sobre los sistemas de salud, de pensiones y de cuidado. Y el problema no es el envejecimiento en sí. El problema es que nos toma mal preparados. La región todavía arrastra desigualdades, informalidad laboral, sistemas de protección frágiles y una débil inversión pública en cuidados.
Los países ricos envejecieron cuando ya eran ricos. América Latina está envejeciendo antes de resolver su pobreza estructural. No hay Estado del bienestar suficiente ni sistemas públicos de largo aliento. La mayoría de las personas mayores dependerán de familiares mujeres, sin ingresos ni respaldo estatal. Y eso también tiene rostro de género.
La próxima Conferencia Regional sobre la Mujer, convocada por la CEPAL en agosto, abordará esta cuestión. No solo como un tema social, sino como una cuestión económica y de justicia. Porque el cuidado no puede seguir siendo invisible ni gratuito.
Si América Latina no se anticipa, el envejecimiento no será solo una transición natural. Será una crisis lenta, de muchas soledades y pocas respuestas.