Informes recientes sobre la juventud española coinciden en un diagnóstico de polarización creciente, con una brecha ideológica entre hombres y mujeres jóvenes que ha alcanzado su máxima distancia histórica. Dos de cada tres varones de entre 15 y 19 años reniegan del feminismo, mientras casi cuatro de cada diez chicas de la misma edad tampoco se identifican con el movimiento. Los expertos apuntan a las redes sociales y a la precariedad material como los principales factores explicativos.
La generación Z —los nacidos entre 1997 y 2012— es la más formada de la historia de España, la que menos alcohol consume, la que más cuida su alimentación y la que mayor conciencia tiene sobre la salud mental. También es la que presenta la mayor brecha ideológica entre hombres y mujeres de la que se tiene registro, la que más desconfía de las instituciones democráticas y la que muestra niveles de apoyo al feminismo en mínimos de la última década. El retrato que ofrecen el Barómetro Juventud y Género de Fad Juventud, el informe sobre juventud de la Fundación SM y el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025 del Ministerio de Juventud es el de una generación que reúne avances sin precedentes en algunos indicadores y retrocesos preocupantes en otros.
Para José Francisco Durán, profesor de sociología en la Universidad de Vigo, la complejidad de ese retrato exige precisión: «Bajo ese paraguas se agrupan múltiples realidades. Es cierto que existe una identidad juvenil común, pero dentro de un mismo grupo conviven distintas clases sociales, sensibilidades y orientaciones ideológicas». El denominador común que identifica Durán es la orientación hacia la autenticidad y la autonomía, la búsqueda constante de nuevas experiencias y una concepción de la vida alejada de las trayectorias lineales —estudios, trabajo estable, familia— que definieron a las generaciones anteriores.
Ellas menos sexistas, ellos más reaccionarios
El dato más llamativo que recogen los informes consultados es la divergencia ideológica entre hombres y mujeres jóvenes en materia de igualdad. Según el Barómetro Juventud y Género de Fad Juventud, hasta dos de cada tres varones de entre 15 y 19 años reniegan del movimiento feminista, y casi cuatro de cada diez chicas de la misma franja de edad tampoco se identifican con él. El 66% de los jóvenes cree que algunas mujeres buscan privilegios en nombre de la igualdad, según el informe de la Fundación SM. El apoyo juvenil al feminismo se encuentra en sus niveles más bajos en una década.
Álvaro Calvo, investigador en la Universidad de A Coruña (UDC), describe esa divergencia como el resultado de dos procesos que se refuerzan mutuamente. El primero es una socialización diferenciada: «Por primera vez, hombres y mujeres están socializando de manera muy distinta a través de las redes sociales. Las diferencias de consumo de contenidos según el género son enormes. Esa separación siempre existió, pero antes, con medios como la televisión, había menos capacidad de elección». El segundo factor es la canalización de la frustración: «Piensan que ya no tiene sentido continuar con la lucha feminista porque les acabará discriminando a ellos. Es un discurso muy fácil de digerir y de consumir», señala Calvo, que prefiere hablar de expresión de frustración antes que de giro conservador propiamente dicho.
Las redes como amplificador de la radicalización
Jorge García Marín, sociólogo y coordinador del Máster en Igualdad de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), identifica en las plataformas digitales el mecanismo principal de esa polarización. Plataformas como TikTok o YouTube amplifican los discursos de la llamada manosfera —el ecosistema de contenidos que promueve ideologías masculinistas— a través de algoritmos que refuerzan las cámaras de eco: «Lo que hace, es reafirmar lo tuyo. Vas construyendo la realidad de una forma completamente monolítica», explica el profesor, que advierte del riesgo de concluir que la juventud actual es más extremista que las anteriores en términos absolutos.
García Marín pide perspectiva: en otras dimensiones —diversidad sexual, identidades de género, ecologismo— la generación actual es más abierta y tolerante que las precedentes. «El machismo estaba tan normalizado en otras épocas que ni siquiera se cuestionaba», recuerda. Lo que ha cambiado es la capacidad de las plataformas digitales para hacer visible y amplificar posiciones minoritarias, generando la sensación de que son más mayoritarias de lo que realmente son. «O estás ahí o no estás, o estás conmigo o contra mí. No sirven las medias tintas», resume el sociólogo, describiendo la lógica binaria que imponen los algoritmos.
Frustración, salud mental y desconfianza en la democracia
La brecha ideológica no puede entenderse sin el contexto material en que se produce. El Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025 del Ministerio de Juventud señala que el aparente bienestar de esta generación —mayor formación, mejores hábitos de salud— esconde una realidad más frágil. La salud mental se ha convertido en uno de sus principales puntos débiles, con tasas crecientes de ansiedad, depresión y problemas de autoestima que García Marín vincula directamente con las dificultades de emancipación y la precariedad laboral: «Son una serie de contextos que hacen a la generación muy vulnerable».
El informe sobre juventud de la Fundación SM advierte de que casi la mitad de los jóvenes encuestados cree que, en ocasiones, se necesita más «mano dura» en la gestión política, y que un sistema autoritario puede mantener mejor la paz social aunque sacrifique libertades. Calvo matiza la lectura de ese dato: más que un giro conservador consolidado, lo que expresan esas respuestas es «una expresión de la frustración a través del voto y de determinadas actitudes sociales». La lógica de fondo es la de una generación que siente que el sistema no ha respondido a sus expectativas ni económicas ni afectivas. «Sienten que la sociedad les ha traicionado, que no les ha permitido cumplir con sus expectativas», concluye el investigador.