Días después de la avalancha, decenas de familias marroquíes siguen sin saber qué fue de sus hijos. La Guardia Civil ha abierto una oficina de denuncias en El Tarajal que ha recibido cerca de medio centenar de reclamaciones, pero son solo las que alguien ha podido formalizar. Al otro lado de la frontera, redes sociales y medios locales se han convertido en el único canal de búsqueda real.
Hay una foto de Mohamed Afasi con bañador y una toalla al cuello. Tenía nueve años cuando desapareció en el mar el pasado jueves mientras intentaba bordear a nado el espigón de El Tarajal junto a su madre. Hay otra de la adolescente Nada AlShiba, cuyo rastro se perdió durante la madrugada del cruce. Y otra de Mariam, de 15 años, a quien testigos aseguran haber visto cerca del hospital militar de Ceuta, pero cuyo teléfono lleva cinco días apagado. Son los desaparecidos de Ceuta: los que nadie menciona en el debate político.
«Cualquier información, sin importar cuánto pequeña sea, puede ser la razón de ser, ahora, para su familia, que está pasando por los momentos más difíciles», escribieron en Facebook los padres de Zakaria al Radwani, joven de la provincia de Ouezzane, a más de tres horas en coche de Fnideq. Esta es la tragedia más silenciosa de la crisis. Mientras el debate en España y en Europa gira en torno a cuántos cruzaron, cuántos regresaron y qué hizo mal el Gobierno, decenas de familias siguen inundando las redes con fotografías y súplicas en árabe.
Las denuncias no reflejan la magnitud real
La Guardia Civil habilitó el martes una oficina especial en las dependencias de aduanas de El Tarajal para canalizar de forma ordenada las comunicaciones de familiares de desaparecidos. A los denunciantes se les pide la mayor cantidad de datos posibles: descripción física detallada, cicatrices, operaciones médicas, tatuajes, objetos personales. Fuentes policiales cifran en medio centenar el número de personas en paradero desconocido reclamadas hasta ahora. Pero esa cifra refleja únicamente a quienes han podido contactar con las autoridades españolas, no la magnitud real del problema.
Muchas de las familias que buscan a los suyos ni siquiera saben que existe esa oficina. Las que viven en Marruecos no tienen acceso directo a los cuerpos de seguridad españoles, y las que tienen allegados con teléfono español se ven desbordadas por los trámites. El Gobierno de Ceuta ha elevado la cifra de menores no acompañados registrados al millar, aunque cree que muchos permanecen escondidos por miedo a ser expulsados. Cada vez que ese número sube, crece también la esperanza de las familias que no tienen noticias: quizás su hijo sea uno de ellos.
Los menores piden teléfono antes que comida
En el polígono de El Tarajal, donde el martes por la mañana permanecían más de un centenar de niñas antes de que el Ministerio de Juventud e Infancia anunciase la habilitación de dos escuelas como centros de acogida, los jóvenes tienen una petición constante: cuando alguien se les acerca para hablar, lo primero que piden es un teléfono. No para llamar a emergencias ni a una institución. Para entrar en sus redes sociales y mandar un mensaje a sus familias. Son ellos también los que buscan, desde dentro de Ceuta, la misma señal de vida que sus padres buscan desde el otro lado.
Los amigos de Arefa Khalifa llenan sus perfiles de fotos con distinta ropa, porque no recuerdan bien cuál vestía el jueves pasado cuando entró en España durante, según el mensaje que circula en el grupo, «la última campaña». Los padres de otros jóvenes se aferran a una explicación: el teléfono se pudo perder en el mar, o quedarse sin batería. La organización no gubernamental (ONG) Luna Blanca, que ha repartido más de doce mil comidas en los últimos días, señala que la demanda de conexión es tan acuciante como la de alimento.
Las redes locales localizan a quienes la policía no ha encontrado
Ante la insuficiencia de los canales oficiales, la búsqueda se ha trasladado a las redes con una eficacia imprevista. La red Tetuán Tube y El Faro de Fnideq, medios locales muy seguidos a ambos lados de la frontera, han informado de que «un gran número de jóvenes» han sido localizados gracias a la publicación de sus fotografías. El Faro de Fnideq recopila también análisis en los que se pregunta quién les dijo que la frontera estaba abierta, y recoge el caso de una joven que compartió en su cuenta una noticia titulada «España prohíbe la devolución de aquellos que nadan».
El presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea, Mariano Crociata, advirtió ayer que «la vida de las personas debe ser protegida» y pidió que no haya «instrumentalización» política con lo sucedido. Son palabras que los padres que esperan frente a la verja de la frontera no necesitan que nadie les explique. Para ellos, los análisis geopolíticos, las cartas de los veintidós países y las ruedas de prensa son el ruido de fondo de una espera que ya lleva más de cien horas.